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Opinión

  • | 2009/09/16 00:00

    Guerras inútiles

    Las Farc terminó siendo el peón conservador de una gran operación política para mantener una hegemonía de autoritarismo e inequidad.

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Con tan contundente título, Guerras inútiles, fue presentado en la más reciente Feria del Libro de Bogotá. Este trabajo del Observatorio para la Paz es el esfuerzo de un equipo liderado por Otty Patiño, del grupo fundador del M-19, ex constituyente del 91, una mente lúcida con una mirada especial frente a los temas y la interpretación de este largo conflicto armado.

Guerras inútiles cuenta con un prólogo sugestivo de Antanas Mockus, quien analiza el tema de las Farc desde las razones, las emociones y las lógicas del comportamiento, resumiendo un largo proceso histórico. Muestra cómo esta guerrilla ha devenido en una organización sin mayor conexión con una Colombia que no apostó por las salidas de fuerza. Es una rebeldía campesina que se quedó anclada en su historia de víctimas y sin mayores tapujos se convirtió en una máquina de crueldad y de victimización, que recibió el amplio rechazo de la sociedad.

Las Farc tiene más seis décadas de trasegar por la historia de Colombia, pues sus raíces están en la autodefensa campesina que se organizó luego del 9 de abril del 48. Es una organización derrotada en sus pretensiones de poder nacional, que no tiene respaldo político, fuerza social, ni patrimonio ético y moral para conducir a la sociedad colombiana. Eso nunca estuvo entre sus posibilidades reales, pero los guerrilleros se fabricaron la ilusión de que sí era realizable su pretensión de controlar la Nación, tan fragmentada y en busca de un rumbo compartido.

Las Farc han sufrido una derrota política que no es reciente, sino que viene de la promulgación de la Constitución del 91 (a la que tanto desprecian, y que la derecha en el poder ahora quiere desmontar), de la cual surgió un ordenamiento institucional para transformar a Colombia desde la competencia política pacífica y el Estado Social de Derecho, así como también desde una lógica de reformas incrementales y no de grandes rupturas históricas. Las promesas de revoluciones hoy son demagogias sin sustentos sociales concretos.

La guerra no fue inútil para los poderosos, que acumularon mayor poder, se atrincheraron en sus intereses y se opusieron a las reformas con el argumento de unas guerrillas que amenazaban el orden social.  A la vez, pudieron expandir y proyectar a lo largo y ancho del país a las élites tradicionales, y a las emergentes por la industria del narcotráfico. Las Farc fueron prácticamente funcionales a este proceso económico, social y político de las últimas tres décadas, . Los supuestos revolucionarios terminaron siendo el peón conservador de una gran operación política, de reordenamiento de fondo, para mantener una hegemonía de autoritarismo, inequidad y exclusiones. La dosis de irresponsabilidad política de las Farc en este sentido es altísima.  

Es cierto que las Farc ganaron el pulso militar entre el 94 y el 98, y crearon una imagen de triunfo que coincidió con un sentimiento ciudadano por la paz, que fue expresado en 1998, con la elección de Andrés Pastrana. Pero su desprecio por la ciudadanía las llevó a ser ciegas a esta realidad política, de modo que perdieron la oportunidad de lujo de construir un acuerdo para integrarse a la competencia política y construir un conjunto de reformas viables y pertinentes.

Las Farc de hoy son una organización derrotada militarmente, ya se dijo. No tienen la menor posibilidad de recomponer una iniciativa para la ofensiva, no son amenaza nacional. Son un aparato militar con alguna capacidad ofensiva regional en el sur y el oriente del país, sus zonas históricas fundacionales. Así podrían permanecer un par de décadas más, pero ya no como una organización de rebeldes en armas sino como unos señores de la guerra que controlan parcialmente porciones de territorios y poblaciones, donde el componente narco puede constituirse en su mayor razón de ser. Ya sin ilusión de triunfo y de poder nacional, sus medios se pueden tornar en fines, virando hacia la acumulación individual y grupal.

Alfonso Cano y el Secretariado de las Farc, junto con los 2.000 mandos orgánicos de este proyecto (al que hoy concurren muy pocos ‘marquetalianos’) tienen la responsabilidad de buscar una salida decorosa a una organización que representó a una rebeldía campesina, que buscó el poder por la vía de las armas y perdió, y se debate entre cerrar su ciclo como organización política en armas o como una mixtura de narcos y rebeldes, en una Colombia que busca su destino superando el narcotráfico y la violencia política.

Hay que leer Guerras inútiles, un texto serio y argumentado sobre un problema que aún Colombia no supera.  


*Luis Eduardo Celis es coordinador del programa de Política Pública de Paz de la Corporación Nuevo Arco Iris.


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