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Opinión

  • | 2018/05/14 06:20

    Un señor en la calle me dijo

    Tal vez sea cierto y Humberto de la Calle no vaya a ser presidente de Colombia porque no lo van a permitir muchas variables que hoy se conjugan, pero también y sobre todo, porque los colombianos no sabemos lo que es dar un agradecimiento colectivo y mucho menos entregar un voto de confianza a quien bien nos ha servido.

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Se cumplen 50 años del histórico mayo de París cuando los jóvenes protestaron en contra del poder, las doctrinas, las normas impuestas. ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’ y ‘Prohibido prohibir’ gritaban en las calles y las paredes. Con los estudiantes del 68, la utopía encontró un lugar en la mente de las masas, y se tomó las consignas de las marchas y los aforismos grafiteros. Después del 68 la libertad es mucho más que no estar encarcelado, la política es mucho más que unos partidos y la democracia mucho más que unas elecciones periódicas.

En la Colombia de aquel entonces, frente nacionalista y goda aunque el presidente fuera Lleras, los liberales se repartían la burocracia miti miti con los conservadores y movían el aparato estatal únicamente en función de mantener el statu quo. Los ecos de las consignas libertarias de París eran censurados en las casas, las calles y las aulas escolares o universitarias, las mamás se santiguaban, la sociedad temía a la rebeldía de esos “mechudos” y las autoridades reprimían a los “anarquistas revoltosos”.

Una parte de los nuevos aires que recorrían el mundo en el 68 tomaron, en este país violento y represor, la forma del nadaismo y fue entonces cuando, desde el existencialismo y la poesía, le restregaron en la cara a la sociedad colombiana sus atrofias, pacaterías y miserias. Aquí en Colombia los estudiantes de las universidades públicas no tenían la fuerza política para levantar a las masas proletarias y sacarlas a la calle en huelga general, pero se manifestaban en revistas, recitales y mítines donde la palabra era el arma de otros rebeldes, los que no se fueron con un fusil a las montañas.

Humberto de la Calle era uno de esos rebeldes de pensamiento y de palabra. Casado desde los 20 años con la compañera de toda su vida, en 1968 era un aventajado estudiante de Derecho en la Universidad de Caldas, que repartía su vida entre las clases, las tertulias políticas y poéticas, y las noches con Rosalba. De esa época dijo en una entrevista a la revista Arcadia que "me queda el sustrato central: la mente abierta, el deseo de experimentar, el terror al dogma, la búsqueda incesante de la libertad, el derrumbe del mito. Ahí sigo". Un liberal completo, de talante, corazón y pensamiento.

Supongo que después de firmar el acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del mundo, pensó acertadamente que ya tenía completos los créditos para convertirse en presidente de Colombia. ¿Qué podía ser mejor para el país que garantizar el avance hacia la reconciliación, pasar en este momento histórico la página de una guerra de cinco décadas? Al momento de la firma del acuerdo de paz, todo cálculo político acerca de las opciones de De la Calle para la presidencia, pasaba por entender que la mitad de los colombianos, el Si, éramos sus votantes potenciales. Entonces se arropó en la bandera roja (¿dónde más iba a estar, él y su coherencia, sino en el Partido Liberal?) y se desgastó cumpliendo con los procedimientos de un partido tradicional y decadente, que le dio el trato de cualquier otro político que hace fila para sonar en las previas. Vino entonces esa consulta interna extemporánea, que al final resultó aún más costosa para la percepción y favorabilidad del candidato, que para el erario público. Y eso es mucho decir.  

Así, el nadaista libertario que desde Manizales ponía el alma en las marchas de París, el registrador nacional que modernizó la cedulación, el ministro de Gobierno que respetó la autonomía de la Constituyente, el vicepresidente que renunció a la escena turbia del 8mil, el negociador que desarmó a las Farc, comenzó a vivir la escena delirante de una candidatura inviable según las encuestas, a pesar de ser el más respetado de los candidatos presidenciales según dicen, en público y en privado, miles de personas al reconocer que no votarán por él. “Es un sofisma” dice él. “¿Cómo voy a ganar si no votan por mí?”.  

No había vivido antes un dilema electoral como este, ni había dudado tanto por quién votar. En estos días un señor en la calle me dijo “no hay uno mejor que De la Calle, ¿pero sabe qué mona? es que este país no se merece gente así”. Tal vez sea cierto y Humberto de la Calle no vaya a ser presidente de Colombia por que no lo van a permitir muchas variables que hoy se conjugan, pero también y sobre todo, porque los colombianos no sabemos lo que es dar un agradecimiento colectivo y mucho menos entregar un voto de confianza a quien bien nos ha servido.

@anaruizpe

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