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Opinión

  • | 2002/10/13 00:00

    In cultura tributaria

    Juan Martín Fierro, abogado y politólogo de la Universidad de los Andes, escribe sobre cómo con la nueva reforma tributaria se afectará el "derecho al ocio" de los colombianos, al referirse al aumento del IVA para las actividades culturales y deportivas.

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La urgencia de cobrar más impuestos es un mal necesario para esa Colombia pobre y mal gobernada que trata de salir a flote en un contexto de crisis regional. No lo dudo. Pero al margen de las medidas de conmoción interior, apretón fiscal y endeudamiento externo que se están tomando, el proyecto de reforma tributaria presentado por el gobierno al Congreso es, además, un atentado contra el derecho al ocio de los colombianos.

En efecto, allí se propone el cobro del 5 por ciento por concepto de IVA a "las boletas de entrada a cine, a los eventos deportivos, culturales, incluidos los musicales y de recreación familiar, y los espectáculos de toros, hípicos y caninos", es decir, se le mete diente a todas las formas posibles formas de entretenimiento de los ciudadanos. Aunque el gobierno defiende la ampliación de la base del IVA alegando que no toca los productos básicos de la canasta familiar como los alimentos o los servicios esenciales de salud, educación y transporte entre otros, nada se dice del derecho al ocio y por el contrario, parece que ir a cine o a un concierto se considera un lujo por el que hay que pagar más impuestos. ¿Realmente es así?, me pregunto. No sé por qué tengo la impresión de que cuando el país se prepara como nunca antes para hacerle frente a los violentos con leyes e impuestos de guerra, cuando vemos que habrá restricciones a la libertad de desplazamiento en varias zonas del país y se anuncian grandes operativos militares contra la guerrilla y los paramilitares, al ciudadano del común sólo le queda el ocio para escapar de esa cruda realidad.

Más inquietante es el hecho de que los criterios para salvar o gravar ciertos bienes o servicios no parecen muy definidos. Veamos: mientras se le mete IVA al cine y demás eventos de tipo cultural o recreativo, se deja por fuera en la relación de rentas exentas al impuesto de renta, el servicio de turismo ecológico en destinos calificados por el Ministerio del Medio Ambiente o autoridad competente. ¿Con qué criterio se dice que no se gravan los paseos ecológicos y sí se afecta la entrada a un espectáculo musical o deportivo? Bueno saberlo. Como bueno sería conocer por qué no le cobran IVA a los cuadernos y sí a los lápices, sabiendo que ambos son bienes de primer uso entre el grueso del estudiantado colombiano.

Repasando aquel mandato constitucional que obliga al Estado a promover y fomentar el acceso a la cultura de todos los colombianos en igualdad de oportunidades, vale preguntarse ¿cómo se materializa ese cometido público en una reforma tributaria que no deja a salvo ni uno solo de los bienes y servicios relacionados con el ocio y la cultura? Lo jarto de estas reformas es que son demasiado técnicas y se piensan como uno de los mecanismos de emergencia para resucitar las finanzas públicas. Pero si uno aterriza la aplicación de las normas a una familia de escasos recursos se da cuenta del impacto que tienen, no porque se prohíba el ocio ni mucho menos sino porque los padres lo pensarán dos veces antes de llevar a sus chiquitos al concierto de Melody o invitarles una película para premiar sus buena notas. Y si esos mismos padres viven en una zona de rehabilitación y consolidación no solamente dudarán si asistir o no al concierto sino que dudarán si deben salir o no a la calle con sus pequeños. El ejemplo es para mostrar como en mitad de una economía de guerra cualquier centavo que se le arranque a la gente en contra de su tiempo libre y su derecho al ocio, es una amenaza directa a su calidad de vida.

Extrañamente, en este país está in el discurso de la cultura tributaria como base para una sociedad más justa y un Estado más equitativo. Pero la tributación, por desgracia, no siempre se porta bien con la cultura. Mejor dicho, en Colombia manda la in cultura tributaria no solamente porque la gente es enemiga de pagar más impuestos sino porque esos impuestos no se traducen en más cultura. Otro ejemplo: en el proyecto de reforma se mantiene la exención para las cooperativas sobre el impuesto de renta siempre y cuando inviertan en salud y/o educación el 50 por ciento de su excedente. Nótese que no se habla por ningún lado de cooperativas que inviertan en cultura o deporte y sabiendo que Alvaro Uribe es amigo incondicional de estos esquemas asociativos no hay razón para que queden por fuera.

Al margen de esa discusión, lo que más me preocupa es que en un futuro no muy lejano la gente que ha tolerado y acatado todas las medidas drásticas en materia de orden público e impuestos, tolere también el encarecimiento de sus ratos de ocio. Nadie desconoce el difícil momento fiscal del Estado colombiano. Nadie duda que el barco de la economía puede convertirse en un Titanic si no se endereza el rumbo, pero que nadie se olvide de la importancia del tiempo libre en la vida de la gente. Y ese tiempo libre para ir a cine, a una exposición o al estadio, simplemente no tiene precio. No se negocia. Los bogotanos son otros desde que se abrieron los megaparques a los conciertos y los espectáculos culturales dejaron de ser privilegio de los teatros y las señoras dediparadas.

Mientras al ciudadano no le toquen sus bienes y servicios de ocio, tendrá más tiempo para compartir en familia, más posibilidades de inclinarse hacia la práctica de algún deporte y de acercarse al vasto universo cultural, pero sobre todo, más probabilidades de convertirse en un mejor ser humano. Porque si sabernos colombianos en virtud de nuestros problemas es casi una condena, sabernos colombianos a través de nuestra cultura es un verdadero orgullo.

*Abogado y politólogo, Universidad de los Andes.
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