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Opinión

  • | 2003/02/23 00:00

    Juventud y resistencia civil vs terrorismo

    Nicolás Uribe Rueda, director del programa presidencial Colombia Joven, asegura que la juventud puede conmover, arrastrar y decidir situaciones favorablemente. Hace un análisis sobre la resistencia civil como herramienta eficaz para uso de los jóvenes colombianos.

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Hay artes marciales que no buscan atacar al agresor, sino por el contrario, aprovechar su impulso y fuerza para que conducido por su propia decisión y furia, tambalee y fracase en su intento de causar daño. El Aikido es ejemplo de ello. La Resistencia Civil es un ejercicio semejante, en donde quién soporta la fuerza agresora no está preparado para contrarrestarla por los mismos medios, sino para resistirla, de tal manera que con su respuesta inesperada, el agresor pierda el equilibrio moral que le induce a actuar violentamente.

La Resistencia Civil como puede verse no es una actitud pasiva que no toma partido. Lo hace y decididamente. Toma partido por la justicia, por la democracia, por la igualdad, por el respeto al otro, por el fundamental derecho a la vida. Quienes resisten invocan principios morales universales que sirven como marco normativo a las democracias, principios incorporados en el derecho interno ya sea en la constitución o en las leyes.

Sin embargo la decisión para enfrentar al adversario con mecanismos diferentes a la violencia con la que este intimida y causa dolor no es fácil. Es dura de soportar, implica altas dosis de sacrificio, voluntad y compromiso, especialmente cuando se enfrenta a amenazas tan devastadoras como las de los grupos armados ilegales en Colombia, que no reconocen los más simples logros de la humanidad para lograr la convivencia pacífica.

Y es aquí en donde surge un elemento indispensable para que una resistencia civil organizada en contra del terrorismo y la barbarie produzca resultados eficaces y no simplemente posea un valor testimonial que quede registrado por la prensa: La resistencia civil solo podrá tener éxito en la medida en que los grupos en contra de los cuales se dirige, tengan algún grado de conciencia moral, como por ejemplo lo tuvieron los británicos cuando Gandhi se les enfrentó de manera no violenta o cuando el general Rojas Pinilla en Colombia, sucumbió ante la resistencia efectiva durante las jornadas de mayo en el año 57.

Pocas esperanzas nos quedan ya a los colombianos de que los grupos armados ilegales conserven algo de ello. Sus actuaciones han desvirtuado no solamente su ideología política sino también su capacidad de comprensión como para que sean persuadidos únicamente por la fuerza de la razón. Ejemplos como el del joven indígena Jimmy Alberto Guauña, estudiante universitario asesinado por las Farc hace algunos años en Coconuco (Cauca) cuando intentó defender a su comunidad del ataque guerrillero portando una bandera blanca, sobran en nuestra historia reciente y hacen pesimistas a quienes creen aún que solamente la decisión organizada de la ciudadanía hará desistir a los violentos de sus actividades terroristas. Por ello la resistencia civil contra los violentos no puede concebirse sin el apoyo y acompañamiento permanente de la ciudadanía a las instituciones democráticas y con especial énfasis a nuestra Fuerza Pública.

Nuestra Fuerza Pública está integrada mayoritariamente por jóvenes colombianos que no entran al ejército por la paga ni por ningún estímulo pequeño. Sino porque van a servir, a vivir en una permanente perspectiva de muerte para que los demás vivan en paz, produzcan, estudien, se diviertan y duerman tranquilos. La mayor parte de su tiempo la dedican a precaver para que con su sola presencia no ocurra nada malo, y muchas veces sólo por ello mueren sin poder alcanzar siquiera a defenderse. Nuestra Fuerza Pública no es de mercenarios que venden su fuerza porque nada les ata a la comunidad que defienden como ocurría antiguamente en las ciudades italianas. Son jóvenes arrancados del pueblo que protegen a sus conciudadanos con el sólo ánimo de que sus hijos o las generaciones aún no nacidas puedan sentir que su patria es un sitio amable y bien guardado. La sociedad debe coadyuvar su esfuerzo, tomar partido por la democracia, por la justicia, por la dignidad de la persona humana y organizarse en resistencia civil que prevenga los ataques terroristas. Y dentro de ella, ningún otro grupo etéreo de la población como los jóvenes cuya existencia está guiada por las dimensiones simbólicas y no materiales de su existencia puede convertirse en un aglutinador de la sociedad en este apoyo colectivo que levante el ánimo de la Fuerza Pública y colabore con ella por medio de información que sirva para detectar y contrarrestar la inminencia de los ataques terroristas.

Ejemplos de respaldo a las instituciones también han ocurrido en nuestro suelo. El año pasado, cuando cerca de quinientos asaltantes de la guerrilla arremetieron fieramente contra 18 agentes de la Policía Nacional en Toribío (Cauca) y luego de 20 horas de ataques continuos, cuando ya se habían agotado las municiones que oponían resistencia, la población entera salió a evitar el asesinato o el secuestro de los servidores públicos que ya se encontraban desarmados.

La resistencia civil en el contexto colombiano debe ser anterior a la amenaza y no posterior a la barbarie, pues está demostrado que hacer entrar en razón a nuestros terroristas es imposible por la vía del argumento. La juventud, como tantas veces lo ha demostrado en nuestra historia, cuando se organiza es capaz de conmover, arrastrar y decidir situaciones favorablemente. En medio de tanta insolencia de los terroristas y tanta indignación nacional por su barbarie, no pude haber mejor espacio para que jóvenes colombianos empiecen a convocar y apoyar a las instituciones legítimas, lo que se convierte en una lucha pacífica por la vida y por la prosperidad de Colombia.

*Director Programa Presidencial Colombia Joven

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