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Opinión

  • | 1983/09/05 00:00

    LA PAZ NEGOCIADA

    "La era post-malvinas ha inagurado una conciencia americana que vemos en pleno funcionamiento"

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Si el principal efecto negativo de la guerra de las Malvinas fue patentizar el derrumbe del orden político internacional y la desuetud suprema de las instituciones diplomáticas, su principal efecto positivo fue la fundación de una nueva solidaridad americana que ha servido, posteriormente para enfrentar en forma conjunta las desafíos y las crisis de nuestro hemisferio. En cierta forma, la era post-malvinas ha inaugurado una conciencia americana que vemos en pleno funcionamiento, fomentada por el bicentenario de Bolívar, en las audaces actuaciones del Grupo de Contadora que han logrado transformar el equilibrio de la ecuación centroamericana.
Hasta hace seis meses, Centroamérica era otro continente. La perpetuidad de la guerra la sometida un destino implacable en el que suponíamos que todo esfuerzo sería vano. Nuestra única preocupación era entonces, como la del duque de Angulema cuando cercó a España en 1823 para evitar el contagio de los principios republicanos" tratar de detener el derrumbe de los dominóes en el Tapón del Darién y que la catástrofe no alcanzara nuestro territorio, como si la cuarentena física lograra aislar en realidad la expansión de las ideas...
Beligerantes: Seis meses después, las cosas parecen haber cambiado, y aunque la guerra está ahora más cerca que antes, también lo está la perspectiva de una paz duradera y estable (!), transada sobre una negociación similar posiblemente a las de Yalta y Helsinki. Esperemos, tan sólo, que con mejor fortuna.
Por lo pronto, los signos promisorios de la nueva situación consisten en las transacciones mutuas hechas en semanas recientes por Washington y por La Habana. Sin abandonar la figidez de sus principios en torno a la sensibilidad política del área los Estados Unidos vienen de enviar un emisario especial Richard Stone, a entrevistarse oficialmente en el Palacio de Nariño con el representante de los grupos alzados en armas de El Salvador. Este acto diplomático-político le concede, en buena medida, a la guerrilla salvadoreña el status de Deligerantes y hace insostenible, en adelante, la posición norteamericana de no permitir una negociación directa entre gobierno legítimo y rebeldes en El Salvador.
La segunda concesión importante es la de Fidel Castro. Enigmático y pragmático el dictador cubano ha aceptado el principio de que se busque una paz en la región centroamericana y también ha aceptado dialogar sobre la posibilidad de retirar todos los asesores militares extranjeros del Istmo, la mayor parte de los cuales son cubanos y de Europa Oriental. Es posible entonces que una situación tan propicia a la negociación como esta no se vuelva a producir jamás.
Y aquí es donde entra en escena Henry Kissinger, Super Star. Presagirando el tournant que se ha verificado en la política exterior de los Estados Unidos, gracias a la presión del Grupo de Contadora, el antiguo Secretario de Estado acepta la misión imposible porque sabe que todo parece conducir hacia una paz negocida en el Istmo, y esa es su especiaUdad. Odiado por los latinoamericanos de izquierda por su papel en la caída de Allende, Kissinger tiene en su favor una gran experiencia diplomática y, sobre todo, una visión histórica de la política que se convierte rápidamente en una importante ventaja intelectual. Y su modelo, como todos sabemos, es el Príncipe de Metternich, archidiplomático inventor del Concierto de Europa y de la "Diplomacia por Conferencia", siendo también arquitecto del Nuevo Orden Europeo que surgió en 1815 tras la derrota de Bonaparte; y que le dio al Viejo Continente casi 100 años de paz general.
Legitimidad: "La diplomacia en el sentido clásico --nos dice Kissinger en su importante estudio sobre Mellernich --el ajuste de las diferencias a través de la negociación, sólo es posible en los órdenes internacionales "legitimos"." Es decir que el primer paso para la paz es el desmonte del ambiente revolucionario, que cuestiona todas las legitimidades de la relación internacional y el logro de un consenso sobre alganos principios generales de aplicación universal. Esto es, precisamente, lo que parece haberle logrado el Grupo de Contadora al señor Kissinger, con la anuencia de los Estados Unidos para hablar con los rebeldes, y la aceptación preliminar de Castro de trancar la exportación de la revolución por medio de asesores militares. Las dos partes en conflicto parecen encontrarse ya en el mismo terreno plano y la negociación, parecería, es sólo cuestión de habilidad y buen tino.
Si este resultado se produce, es indudable que América Latina le habrá dado una lección de civilización y de respeto del derecho internacional a las naciones más viejas del mundo y en mucho crecerá nuestra estimación así como nuestro porvenir. Ojalá estas reflexiones entusiastas no sean tan sólo el wishful thinking --pensar con el deseo-- de que hablan los anglosajones.--
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