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Opinión

  • | 1984/05/07 00:00

    LA VACA ES UNA MONTAÑA MAGICA

    El paisaje sereno y clásico de Mária Cristina Cortés se volvió mágico cuando en él se colocaron las vacas

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Una noche oscurísima, cuando tenía nueve años, iba caminando sola por un potrero cuando de repente me ví envuelta en la peor pesadilla de mi vida. Una mole inmensa y negra, inexplicablemente surgida del suelo, me levantó por el aire y segundos después me dejó caer. Cuando el terror me permitió recuperar los sentidos comprendí: me había ido de narices sobre una vaca dormida y ésta, asustada, se había parado, conmigo sobre el lomo. Fue mi primera irrupción en el extraño territorio de las vacas.
Ayer entré en él por segunda vez. Fue en la Galería Iriarte, en una exposición de María Cristina Cortés. Se trata de una serie de cuadros de vacas, de impasibles y parsimoniosas vacas lecheras ubicadas en el paisaje sabanero, que desde el primer instante arrancan al visitante del piso y lo arrastran hacia esa existencia sin tiempo y sin prisa, sospechosamente dócil y gregaria, que es el territorio de ellas, el de las vacas. Me volvió a ocurrir lo mismo que en esa noche oscura, pero esta vez sin pavor.
María Cristina Cortés empezó hace años pintando paisajes sabaneros. Eran buenos cuadros: serenos y clásicos. Pero su obra empezó a ser mágica cuando se le colaron las vacas. Ella cuenta que fue una mañana en su estudio hace años, mientras pintaba un potrero al atardecer, cuando apareció en una esquina del lienzo, sin que nadie la hubiera invitado, la primera vaca.
Al principio la artista pensó que se trataba de una casualidad afortunada desde el punto de vista técnico. Se podía sacar partido de la presencia contundente y escultórica de las vacas holstein, de sus manchas blancas y negras que permitían un buen juego de abstracciones en positivo y negativo. Pero la vaca, imperturbable ante la experimentación formal, se fue desplazando de la esquina de los cuadros hacia el centro. Más adelante ya no hubo una sola sino que fueron dos, luego varias, finalmente todas. De la misma manera que se le van acercando curiosas al hombre que entra al potrero para observarlo de cerca, para espiarlo, hasta que lo cercan completamente, así se habían inmiscuído poco a poco en los cuadros, con la misma terca y paciente constancia.
El resultado final fue mucho más que simple paisaje o pintura realista. No se trata tampoco de evocaciones bucólicas de apacibles pastoreos. Ni son rezagos del virgilianismo americano. Hay en esos cuadros una atmósfera estancada sobre la cual pesa sutilmente la sordidez y la angustia. Es en últimas un ámbito humano, quizá por las profundas connotaciones femeninas que tienen esas vacas, autistas y aisladas en su entorno doméstico, tan sumisas y resignadas a ser traídas, llevadas, ordeñadas, genéticamente manipuladas.
Pero a pesar de que los elementos son siempre vacas y paisaje, es un mundo lo que va de un cuadro al otro, y eso debido en gran parte al tercer componente, la luz. Una luz sabiamente manejada que capta --en la iluminación de una ubre, en las sombras de una colina, en los colores de un charco-- instantes precisos de los amaneceres y atardeceres sabaneros. Se puede decir exactamente qué hora era en el momento en que se pintó cada cuadro.
Inicialmente María Cristina Cortés necesito valor y constancia para mantenerse fiel año tras año a su idea de crear un mundo estético aferrándose a las vacas. A pesar de sus años de estudio en Nueva York, se mantuvo firme ante la tentación de los vanguardismos y las audacias técnicas, y si los utilizó fue para perfeccionar su propia y permanente obsesión. Hoy los resultados muestran que se justificó de sobra la obstinación. La obra de María Cristina Cortés se cuenta entre las más importantes de los jóvenes pintores colombianos. Y por su parte ellas, las vacas, entraron a rumiar en el arte invadiendo --sin quererlo, sin saberlo-- un nuevo territorio, de la misma manera que ocupan una franja fresca de potrero cada vez que el mayordomo les corre unos metros la cerca eléctrica.--
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