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Opinión

  • | 2002/11/16 00:00

    Las dos grietas

    La Constitución Bolivariana tiene perlas como el derecho a la insurgencia contra un gobierno que "contradiga los valores democráticos"

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Aquel país tenía tantos petrodolares, que le alcanzaban para engordar a los ricos, contentar a los pobres y aceitar las maquinarias que conseguían los votos. Pero hace ya 20 años se acabó la bonanza, y aún hoy Venezuela se resiste a aceptarlo: eso, a mi juicio, explica su inacabable vendaval político.

Primero trató de devolver el tiempo al reelegir a Pérez y a Caldera, los dos presidentes de la era dorada; y en vista de que ambos fracasaron dio ese salto al vacío que llamó "Revolución Bolivariana".

La cuestión fue gradual. Veinte años de estrechez fiscal fueron rompiendo el pacto social y ahondando la polarización. Pero no había una, sino dos, grietas. Una era la de todos contra los corruptos -la explicación más fácil de la destorcida-. Otra era de pobres contra ricos -la grieta por supuesto, más explosiva-.

Esos dos descontentos confluyeron en Chávez, pero uno era más fácil de tramitar que el otro. El primero, en efecto, pedía una revolución política, acabar los partidos y sus dirigencias. El segundo pedía una revolución social, mejorar los de abajo con plata de los de arriba.

Chávez hizo lo primero entre el 99 y el 2001: dos elecciones triunfales, nueva Constitución, tres referendos, mayoría en la Asamblea y grescas verbales con todos los "cogollos". Pero faltaban resultados sociales, y el coronel hizo el gesto -sólo el gesto- de las 49 "leyes habilitantes". Ahí fue Troya.

Chávez no logró resultados sociales por varias razones gordas. Una fue la cerrada oposición de los cogollos. Otra, la desconfianza de los mercados (es decir de Washington). Otra, el populismo ramplón del coronel. Y otra, el trabajo que les da a nuestros vecinos entender que, a falta de petróleo, salir de la pobreza significa trabajar y estudiar.

De modo que quedaron las 49 leyes como amenaza para los unos y esperanza para los otros. Y así tenía que volver la crisis política, con el agravante de que el sistema ya no tenía medios para procesarla.

En efecto: los partidos habían muerto. Víctima pues de su propio invento, la oposición es una montonera de gremios, sindicatos, minorías, obispos y periodistas. No existe un líder para medírsele a Chávez en las urnas o en las plazas, de manera que muchos se preguntan: "y si no es Chávez ¿quién?".

A falta de partidos, Venezuela fue llegando a la política de las calles y los happenings, de cacerolazos, multitudes, firmas, marchas y contramarchas. Peor: los medios renunciaron a su oficio para tomar partido descarado. Todavía peor: sin partidos no hay quién dialogue y concilie en representación legítima de la ciudadanía.

Pese al peso de los medios, Chávez conserva mucho apoyo popular: lo prueban la movilización que hizo abortar el golpe de Carmona, o el empate de cada hecho callejero con otro hecho callejero.

Pero también Chávez es víctima de su invento: la Constitución Bolivariana tiene perlas como el derecho a la insurgencia contra un gobierno que "contradiga los valores democráticos o limite los derechos humanos". ¿Cómo evitar que generales y almirantes lancen proclamas o se instalen en las plazas a exigir la renuncia del tirano?

El referendo consultivo y el revocatorio son otro enredo, más si se suma la composición politizada del Consejo Electoral y el Tribunal Supremo. Con el cuento sabido del "soberano", un presidente lo mismo puede durar 12 que durar tres años; pero no se sabe si el soberano puede opinar antes de agosto, si su opinión sería obligatoria, si el sucesor sería elegido ahí mismo, ni -vaya lío- qué pasaría si Chávez gana el referendo.

Nadie mejor que Gaviria y sus probados dedos de pianista para intentar un acuerdo en el que todas las cosas llevan al no acuerdo, menos una: el miedo a la violencia ¡Ejemplo admirable de un país y un Ejército divididos que sin embargo no se matan y buscan no matarse!

El resto es mal ejemplo -¿será que hay quién lo siga?-: negar la realidad, cambiar constituciones, acabar los partidos y esperar el milagro.
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