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Opinión

  • | 2004/10/30 00:00

    Las malas palabras

    Hay anticuados que sostenemos que aún existen las groserías inoportunas, el mal gusto literario y los modales asquerosos en la mesa

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Desde que García Márquez puso en el título de su última novela la palabra 'putas', todos los periodistas de prensa, radio y televisión parecen sentirse autorizados a la coprolalia. Esta, como ustedes saben, consiste en la tendencia a decir obscenidades a diestra y siniestra, vengan a cuento o no.

¿Qué son obscenidades, cuáles son las malas palabras?

Hay quienes niegan que haya palabras 'malas', y piensan que cualquier actividad, cosa, órgano u oficio puede mencionarse en la circunstancia que sea, sin ninguna limitación. Si yo me estoy comiendo una sopa de letras, por ejemplo, nada tendría de molesto que mi vecino empezara a escribir con la pasta, sobre el borde del plato, la ruidosa revolución digestiva que se designa con la sucesión de las letras uve, o, eme, i, te, o. Eso sin olvidarse de poner como tilde un pelo enroscado sobre la primera o.

Todavía pienso que hay sitios en los que ciertas cosas no se deben decir, y no por pacatería, sino por simple conveniencia mental: hablar de asuntos excrementicios en la mesa no se prohíbe porque la gente sea anticuada o melindrosa, sino porque los seres humanos tenemos una imaginación muy viva, propensa a estimularse con el lenguaje, y una palabra que habla de algo repugnante evoca algo repugnante como si estuviera ahí presente, y nos daña el almuerzo. Tampoco conviene desgastar los insultos en un uso cotidiano, pues dejarían de servir para decir la verdad.

Sí, hay anticuados que sostenemos que aún existen las groserías inoportunas, el mal gusto literario y los modales asquerosos en la mesa. Los que pensamos así cada vez estamos más solos en esta apreciación. Ahora, no estoy seguro de que el último título de García Márquez sea de mal gusto; habrá que leer la novela. Tal vez como título no sea excelente, pero si es malo, creo que no es tanto por la palabra 'putas', sino más bien por el ritmo de la frase, y por lo cansados que estamos todos ya (no es la caridad, sino la crítica lo que empieza por casa) con el adjetivo 'triste' aplicado a las mujeres. Al lado del sonoro octosílabo que era Cien años de soledad, o del maravilloso endecasílabo de El coronel no tiene quien le escriba, esta Memoria de mis putas tristes es, como todos los nonasílabos, un verso cojo en español.

Hasta hace algún tiempo, para quienes hablamos castellano en América, los malhablados eran los peninsulares y nosotros los púdicos al referirnos a ciertas partes del cuerpo, a los menesteres excrementicios y a los actos eróticos, encaminados o no a la reproducción. ¿Será que ahora estamos viviendo en unos tiempos horribles en los que predomina también aquí, para decirlo en términos de Almodóvar, la mala educación? No llego a decir tanto. Al fin y al cabo cuando vivíamos bajo el dominio de la vieja educación, aparentemente muy buena, en sus pliegues se escondían abismos mucho más sórdidos: curas que con muy buenas maneras, y mejores palabras, abusaban de sus alumnos.

A los latinoamericanos siempre nos inquietó que la palabra quizá más usada por los españoles (coño) no viniera definida en el célebre Diccionario de uso de doña María Moliner. Recientemente don Manuel Seco, en su Diccionario del español actual, ha remediado esa carencia con creces y le dedica a esa expresión más acepciones -con ejemplos ilustres- de las que los americanos pudiéramos siquiera imaginar.

Fuera de los títulos (donde las malas palabras funcionan como reclamo publicitario, o al menos como un estridente color llamativo), en las novelas y en las películas colombianas recientes el uso de la coprolalia es muy frecuente. Hay una coincidencia interesante de dos escritores que se detestan: El fuego secreto de Fernando Vallejo empieza con la misma palabra con la que termina El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, ambas arropadas en signos de exclamación: "¡Mierda!" Y en cuanto al cine, hace poco el director Víctor Gaviria participó en un festival en España y su película tuvo poca acogida. El motivo, explicaron en la Península, fue que de todo lo que los actores decían tan sólo se lograba entender una palabra, especie de muletilla perpetua que en España es tan solo una enfermedad venérea, pero que en Medellín es el peor insulto que hay: gonorrea.

Muchas palabrotas, al pasar la frontera, pierden su poder, se vuelven inofensivas. Puta, en cambio, que parecía ser un insulto universal, con el título de García Márquez ha adquirido un prestigio que casi la convierte en un apelativo cariñoso. Pero por mucho cariño que le haya puesto a la palabra el gran escritor costeño, yo no le aconsejaría a nadie que le dijera así a la vecina de arriba. Ni a la mamá de nadie.
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