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Opinión

  • | 2002/11/16 00:00

    Los hijos de Lindbergh

    Los grupos armados se han dedicado, para financiarse, a una actividad abominable y, después de años, esta arma se está volviendo contra ellos

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Lo nuevo en el proceso penal que ha abierto Estados Unidos en contra del 'Mono Jojoy' y otros guerrilleros, es que el pleito se emprende ya no sólo por narcotráfico, como siempre hasta ahora, sino por una acusación inédita en nuestras relaciones internacionales: secuestro. Era hora, pues en el escalafón de la maldad es mucho más abominable secuestrar que exportar cocaína. Ya no es sólo la droga, también es el terror. El terrorismo adquiere distintas formas según el país donde actúe, y en Colombia ha asumido una forma específica: el secuestro. Si algo caracteriza el caso colombiano es esta infame arma de lucha; este es el terror que nos mantiene encerrados en las casas y sitiados en las ciudades: la pesca milagrosa. Colombia se ha vuelto, cada vez más, un país secuestrado, y los más sanguinarios y brutales grupos contrairsurgentes que han surgido en el país tuvieron su origen también en secuestros: el MAS (Muerte a Secuestradores) y su heredera, las AUC.

Este es el único país del mundo donde existe una emisora radial dedicada exclusivamente a enviarles mensajes a los secuestrados: La Voz del Secuestro, dirigida por el 'reportero de guerra' Herbin Hoyos. Así de grande es la dimensión del problema. Oírla es al mismo tiempo una experiencia desgarradora y repetitiva: la angustia en la voz de familiares que intentan darles ánimos a sus seres queridos mientras consiguen el dinero del rescate.

Este es el único país del mundo en el que el padre del Presidente de la República fue asesinado durante un secuestro. En el que el actual Vicepresidente estuvo secuestrado. En el que el padre del Ministro del Interior fue secuestrado. En el que la madre de la Ministra de Educación fue secuestrada, torturada y asesinada. En el que la tía de la Ministra de Cultura fue también secuestrada y asesinada. Es evidente que este gobierno está marcado por la experiencia traumática de muchos de sus integrantes. De ahí que cada semana asomen síntomas de lo que podríamos llamar la "tentación autoritaria". Esto, en buena medida, es el fruto de un resentimiento personal que se ha vuelto colectivo. Por lamentable e ilegal que sea, es bastante natural y muy humano que ante una acción brutal y despiadada del contrincante se responda con una reacción radical e inmisericorde. Y también es explicable el apoyo que recibe el gobierno de millones de ciudadanos, pues más de 17.000 secuestros, sólo en los últimos cinco años, producen una masa de personas indignadas que se multiplica cada día. Creo que la rabia es mala consejera en los asuntos de gobierno, pero esto es lo que nos tocó, por culpa de los secuestradores.

Este es el único país del mundo en el que están secuestrados al mismo tiempo el gobernador de un departamento, el de Antioquia; el ex ministro de Defensa más carismático y menos derechista de toda la historia del Ministerio de Defensa, Gilberto Echeverri; la ex candidata presidencial más apreciada en Europa, Ingrid Betancourt; el ex ministro de Desarrollo, Fernandín Araújo; 12 diputados, varios ex senadores, 42 oficiales y suboficiales que viven en inhumanos campos de concentración en medio de la selva. Ahora también es Colombia el único país que tiene un arzobispo católico secuestrado, y además presidente de la Conferencia de Obispos de América Latina. La estrategia de la guerrilla es subir la apuesta, aumentar aún más el prestigio de sus escudos humanos, pero estas condiciones de chantaje, en vez de llevarnos a un canje de los secuestrados ilustres por los secuestradores presos, a lo que está llevando es al total desprestigio internacional de la guerrilla.

Porque los secuestros ilustres, cada vez más ilustres, lo que han conseguido es recordarnos que en los últimos cinco años ha habido más de 17.000 secuestros anónimos, desgarradores y desconocidos. Nos recuerdan que en el año 2002 ha habido 2.253 nuevos secuestros (el 60 por ciento cometidos por los grupos armados y el 35 por ciento por la delincuencia común, según la Fundación País Libre). A civiles inermes, a médicos y profesionales intachables como Javier Correa, a periodistas sin culpa alguna. Ya los ciudadanos corrientes no aceptarían el chantaje de intercambiar 20 ó 30 personas famosas, dejando por fuera a los miles de ciudadanos anónimos y buenos que padecen el mismo dolor y la misma ignominia. Los grupos armados colombianos (guerrillas, autodefensas, delincuentes) se han dedicado, para financiarse, a una actividad criminal abominable, y después de años de aplicarla, esta arma se está volviendo contra ellos mismos. Al hacer del secuestro una práctica cotidiana y general, una estrategia política suicida, están motivando una reacción furiosa y resentida. Esta práctica atroz que se ha usado como medio de lucha es la primera causa de la reacción que todo el país padecerá bajo forma de guerra sin cuartel.

Hace 70 años, en el invierno de 1932, el mundo entero se conmovió con el secuestro y posterior asesinato del hijo de un héroe americano: el aviador Lindbergh. Quizá ninguno de los 2.253 colombianos secuestrados en este momento (entre los que hay, no se les olvide, 302 menores de edad) conmuevan a nadie, fuera de sus familiares. Pero ya la magnitud de este crimen ha rebasado las fronteras, y el arma más rentable que ha tenido la guerrilla se está volviendo contra ella. El intercambio humanitario (de todos los secuestrados, no sólo de los ilustres) sólo podría darse si la guerrilla, al hacerlo, acepta que nunca más volverá a secuestrar a nadie como forma de lucha. Puede que esta sea una condición utópica, pero son los únicos términos en que se podría negociar. Si no se hace así, sería ceder a un chantaje inaceptable.
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