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Opinión

  • | 2018/09/27 22:25

    La nocturna

    Una de las labores que más me gustan en la vida es ser profesora universitaria. Es un espacio de aprendizaje y reflexión personal maravilloso. A riesgo de sonar decrépita, repito lo que muchos dicen: el contacto con los jóvenes resulta invaluable y, si las cosas salen bien –si los logro enganchar y les gusta la materia- las horas de cátedra se convierten en un sabrosísimo debate que nos beneficia a todos.

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Creo que la mejor etapa educativa de la vida es la universidad y seguramente por eso siempre quiero volver.

Esta es la primera vez que enseño en la nocturna. Todos llegamos a clase después de trabajar y a seguir trabajando. Muchos dirán que no es mérito, que así se han formado miles de colombianos y que, si de verdad quieren progresar, superarán las dificultades, se conseguirán la plata y la lograrán. Algo así como la letra con sangre entra, pero ya a nivel superior y a salir debiendo.  

Mi primer semestre en la nocturna ha avanzado en paralelo a los debates encarnizados en redes y medios en torno al programa Ser Pilo Paga; a la pregunta por el presupuesto nacional dedicado a la universidad pública y a la promesa de que el próximo 10 de octubre habrá una gran marcha de docentes para demandar más presupuesto y también para tapar los 18 billones de pesos de déficit actual; y en torno a la discusión de si es serio hablar de educación superior gratuita para los estratos 1 y 2 cuando a lo que se reduce es a dar cursos virtuales, como propone el gobierno.  También he vuelto a oír las palabras de Rodolfo Llinás sobre la calidad y el futuro de la educación colombiana.

Pero todos estos temas, que seguirán dando para tesis, desde mi pupitre e ignorancia se ven distintos. Para empezar, el alumno de la nocturna no tiene casi tiempo para informarse de este debate fundamental. Asumo que en parte responde a una cuestión generacional de cierto desinterés y falta de hábito (a pesar de estudiar periodismo), pero en otra buena parte a que  trabajan de siete de la mañana a cinco o seis de la tarde, en sus lugares de trabajo –call centers, empresas, ventas por catálogo, reparaciones varias, oficinas cerradas- no les permiten “distraerse”, además de retenerlos a veces para otros oficios de la última hora. Si pierden el trabajo… pierden el semestre.

Encontrar información sobre el perfil y situación real de los estudiantes de horario nocturno no es fácil; creo que tampoco nadie se ha metido mucho en el tema ni cuánto les cuesta en realidad, a pesar de ser un asunto crítico para miles de jóvenes que solo en ese formato pueden obtener una educación con la cual avanzar sus proyectos de vida. En mis clases, todos estos jóvenes estudian periodismo porque les gusta y quieren escribir, ser reporteros de radio o televisión y sacar provecho a las herramientas y lenguajes digitales; porque conocen las microempresas y saben que tienen necesidades de comunicación y ven un potencial laboral.  

Pero la realidad es que viven en un mundo esquizofrénico donde ni las prácticas laborales ni los trabajos que consiguen tienen nada que ver con el oficio que realmente quieren. ¿A qué horas hacen un reportaje o un par de crónicas, leen teoría y a los buenos periodistas; graban una entrevista para radio o editan un video? Seguramente en otras disciplinas pasa lo mismo. Tal vez en las universidades no se enteran, pero la realidad es que estos alumnos tienen que rendir más que el doble.  

El estudiante que asiste de noche a la universidad tiene muchos factores en contra para aprender, cumplir con la carga académica y finalmente graduarse: doble jornada de trabajo, que en el caso de periodismo significa atarse a empleos que nada tienen que ver con la carrera; horarios y riesgos de seguridad a la salida de clase; y conseguir cada semestre un crédito, que los hay y con alternativas para que se animen a entrar, pero igual cuestan. Todo eso suma para que la deserción sea alta, se pierda el esfuerzo y formación, queden endeudados y claudiquen por el camino.

Esto no es exclusivo de Colombia, aunque aquí pareciera que los de la nocturna no se ven o son transparentes en ese gran debate mediatizado y politizado. La Universidad de Georgetown, en Estados Unidos, realizó un estudio  para entender el tema y buscar soluciones, porque afecta a un porcentaje de sus estudiantes. Entre las conclusiones: estos estudiantes tienden a tener calificaciones más bajas, tienen poco tiempo disponible para estudiar pues su jornada laboral puede superar las ocho horas diarias; en promedio, les toma seis años terminar la carrera, casi dos más que a sus pares que no trabajan; la mayoría se emplea en oficios de baja remuneración que, además, poco aporta a su formación y no les da una ventaja competitiva al buscar empleo más adelante: experiencia vacía.

Y lo más significativo: con demasiada frecuencia, trabajar para pagar la universidad no contribuirá a que los estudiantes de bajos recursos económicos logren un diploma o puedan evitar endeudarse. Muchas universidades en Estados Unidos, como en Ecuador y otros países, están buscando alternativas reales y viables para ayudar a estos estudiantes. En Colombia podríamos aprender mucho de allí.

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