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Opinión

  • | 1985/08/26 00:00

    MANNESMANN: UN VASO DE AGUA SUCIA

    "No conviene sumarse a los coros que buscan convertir a la compañía en un chivo expiatorio"

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Al escándalo de la compañía alemana Mannesmann en relación con ciertos pagos de dinero efectuados a la guerrilla, le sucede lo mismo que a un vaso de agua sucia: que a simple vista parece sólo un vaso de agua sucia. Pero observado con los aparatos apropiados revela un enjambre de vida microscópica, que por lo menos impide beberlo con tranquilidad.
Lo anterior significa que ni un vaso de agua sucia es un simple vaso de agua sucia, ni el escándalo de la Mannesmann es un simple escándalo. Por el contrario, constituye una atrevida radiografía del balance de fuerzas ejército-guerrilla que gobierna en la actualidad ciertas zonas del país.
El escándalo explotó con la noticia de que la compañía petrolera le habla pagado al Ejército de Liberación Nacional, ELN, 600 millones de pesos en calidad de "impuesto de guerra". Tan peligrosa suma de dinero entregada a tan peligroso grupo guerrillero hizo que la actitud de la Mannesmann fuera tachada de intolerable, y que se pidiera de inmediato el relevo de sus principales ejecutivos. Sin embargo, salvo por la magnitud de la cifra, la actitud asumida por la compañía no resultaba muy distinta a la de muchos ganaderos colombianos, que vienen pagando hace rato la famosa "vacuna" como condición para que determinados grupos guerrilleros les respeten la vida y el derecho a ejercer una actividad económica.
Así, la compañía petrolera se convirtió en el chivo expiatorio de una falsa tesis: la de que la "vacuna" que pagan los ganaderos es de mejor familia que la que pagan las compañías petroleras.
En el fondo, sin embargo, el hecho es el mismo. Se trata de un impuesto a la indefensión. Cuando un ganadero paga lo hace por la misma razón por la que paga una compañía petrolera: porque nadie le ofrece garantías distintas a esa para subsistir.
Se trata, ni más ni menos, que del ejercicio de una legítima defensa personal. Y determina que el Estado no puede prohibirle a un ganadero o a una compañía petrolera que pague, si al mismo tiempo no puede garantizarles protección contra las consecuencias que podría acarrearles la negativa de pagar.
Lo más grave del caso no son, pues, los 600 millones de pesos que supuestamente ha pagado la Mannesmann al ELN. Esta cifra es, por el contrario, apenas una consecuencia de lo que verdaderamente es lo más grave, o sea, que la compañía no haya encontrado camino distinto al de "comprar la protección" de la guerrilla. Para adelantar la construcción del oleoducto del Arauca. Porque eso sólo significa que existen zonas en el país que el Estado está perdiendo para su soberanía, y que el ejército y la policía carecen, por lo pronto, de los más elementales recursos para recuperarlas.
La "vacuna" de la Mannesmann y de otras compañías petroleras es, desde hace meses, un secreto a voces. Lo que pasa es que se venía tolerando por parte de las autoridades, no tanto por falta de pruebas como de posibilidades para ofrecer una alternativa distinta de seguridad. Pero tal parece que ciertas fricciones entre la compañía alemana y el ejercito precipitaron la publicidad de los acontecimientos. Y una vez que el ejército se da públicamente por aludido acerca del conocimiento de dichos pagos, la etiqueta política y jurídica del país coloca al gobierno en la obligación de censurar los métodos "clandestinos" de la compañía.
No es conveniente, sin embargo, sumarse a los coros que pretenden convertir a la Mannesmann en un chivo expiatorio lo suficientemente escandaloso como para desviar el tema de sus cauces verdaderos.
La primera vez que la Mannesmann hizo noticia fue cuando un ex militar español, que manejaba la seguridad de la compañía, intentó sobornar a un general de la República con el objeto de asegurar la vigilancia militar del oleoducto. Este incidente no contenía nada distinto de una desesperada necesidad de protección, a la que un manejo torpe le otorgó empaque de delito. La desprotección de la compañía habría de quedar confirmada con el secuestro de cinco de sus funcionarios, varios atentados contra el campamento y robos de la nómina, que en la actualidad contabilizan 10 millones de dólares en pérdidas y un retraso de dos meses en el plan inicial del oleoducto.
Lo que puede concluirse de las revelaciones hechas acerca de los métodos de la Mannesmann no es, pues, su vocación de ilegalidad, sino su infinita indefensión. Si una compañía petrolera o un ganadero caen en tan abominable compra de su seguridad, es porque se han visto abocados a ello. ¿O es que alguien insistiría en pagar para conservar la vida, si vislumbrara la posibilidad de conservarla gratis?--
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