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Opinión

  • | 2018/09/15 13:10

    Sin pudor

    Sin sonrojarse, Montoya quiere convencernos de que los responsables de los falsos positivos fueron unos cuantos soldados rasos, que actuaron como una rueda suelta y que asesinaron a miles de colombianos sin que sus comandantes se hubiesen dado cuenta.

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El general retirado Mario Montoya acudió el jueves a la JEP y sin ningún pudor les notificó a las víctimas y al país que no va a aceptar ninguna responsabilidad por los falsos positivos que se produjeron durante el gobierno Uribe. Para la fecha, el general Montoya era comandante del Ejército y esos hechos ocurrieron en unidades tácticas (Batallón de Contraguerrilla n.° 35 y Batallón Santander) con las cuales el general Montoya no tenía la tarea de subordinación, ya que esta solo la tienen los comandantes de las divisiones, explicó su abogado Andrés Garzón.

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Así de fácil, el general Montoya, el de los “litros de sangre”, se desmontó de su responsabilidad de los falsos positivos, una práctica macabra que según la justicia produjo la muerte de cerca de 5.000 personas, una cifra que podría ir aumentando. Omar Eduardo Rojas, un teniente coronel retirado de la Policía, publicó una investigación a comienzos de este año en la que asegura que los muertos podrían ser más de 10.000.  

Sin sonrojarse, Montoya quiere convencernos de que los responsables de los falsos positivos fueron unos cuantos soldados rasos, que actuaron como una rueda suelta y que asesinaron a miles de colombianos sin que sus comandantes se hubiesen dado cuenta. Esa tesis no solo es un irrespeto para con las víctimas, sino una mentira insostenible a la luz de lo que ya se sabe de este horror. Los falsos positivos fueron el modus operandi que se utilizó para cumplir las metas de éxito que la política de seguridad democrática de Uribe le impuso al Ejército y que consistió en medir los éxitos en el combate contra las Farc por el número de bajas obtenidas. Para ello se creó un sistema de condecoraciones, que tasó los premios de acuerdo con el número de bajas. Si usted era comandante de división y quería ser merecedor a la medalla de orden público, tenía que conseguir 300 bajas; un comandante de brigada, 150 bajas; y si era comandante de batallón, 50. “Las bajas no es lo más importante, es lo único” decía una de tantas directivas que han sido denunciadas por Human Rights Watch.

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Para ser justos, el gran impulsor de esta política del “body counting” no fue el general Montoya, sino su jefe, el expresidente Uribe. Cada semana se desplazaba a los diferentes batallones con el propósito de verificar personalmente el número de bajas reportadas en las operaciones militares, y con lista en mano felicitaba  a los que las incrementaban y reconvenía duramente a los que no.  

Durante los dos años que Montoya estuvo al frente del comando del Ejército los falsos positivos aumentaron dramáticamente. La Fiscalía calcula que en el año 2006 se registraron 274 falsos positivos y que en 2007 la cifra se trepó a 505. Desde su llegada al comando del Ejército, Montoya se caracterizó por la manera desabrochada de exigirles bajas a las tropas. El coronel González del Río, condenado por falsos positivos, asegura que escuchó al general Montoya pronunciar esta frase: “No quiero regueros de sangre… ¡quiero ríos de sangre!”.

En la reportería que hice para el libro que recién publiqué, Santos, paradojas de la paz y del poder, entrevisté a varios exoficiales que recuerdan hasta hoy con gran indignidad los reclamos que les hacía el general Montoya a quienes no reportaban bajas. “Cuando los comandantes respondíamos que no las reportamos porque en la región no había problemas de orden público, Montoya nos recordaba que la manera de medir el éxito era mostrando bajas”, me confesó uno de ellos.

Otro exoficial me contó cómo el general Óscar González, también investigado por los falsos positivos, siendo jefe del Comando Conjunto del Caribe cuando Montoya era comandante del Ejército, les dijo en una oportunidad en actitud exultante a sus hombres que “Él quería ver el estadio de fútbol Atanasio Girardot de Medellín lleno a reventar de bajas”.

Es cierto que ni Montoya, ni González, ni Uribe dieron la orden de que asesinaran a civiles, pero ninguno de ellos se preocupó por saber cómo era que se producían esas “bajas”, ni le dieron credibilidad a las denuncias que ya empezaban a revelar lo que sucedía. Hasta hoy Uribe ha dado a entender que estos colombianos asesinados por los militares durante su gobierno son buenos muertos porque eran unos temibles ladrones de espejos de carro y unos peligrosos marihuaneros. Y él mismo nombró a Montoya embajador, cuando reventó el escándalo.

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Los falsos positivos no fueron un asunto de unas cuantas unidades, como dice Montoya: se produjeron en 27 de los 32 departamentos del país y en más de 180 unidades tácticas adscritas a casi la totalidad de las brigadas que integraban las siete divisiones existentes en ese momento. Hubo un modus operandi que comprometió la cadena de mando porque tuvieron que falsificar órdenes de operaciones que nunca se dieron, armas que se utilizaron en combates ficticios y dineros que se dieron a informantes que nunca existieron. Y para que el modus operandi pudiera funcionar, era necesario el visto bueno de los comandantes de las brigadas. Así de monstruosa fue la guerra.

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