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Opinión

  • | 1982/06/07 00:00

    NUBARRONES CAFETEROS

    "Nuestra economía sigue siendo muy frágil y es mejor que las vacas flacas no nos lleguen de sorpresa".

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La famosa frase "Colombia es café o no es" sigue siendo infortunadamente cierta. A pesar del impresionante crecimiento económico de los ultimos veinte años, de los esfuerzos para diversificar la economía del país y de las varias tentativas para crear una infraestructura industrial que permita un desarrollo más balanceado, el café aún representa más de la mitad de nuestras exportaciones y determina, en buena medida, el comportamiento de los demás indicadores económicos. Es bien conocido el peligro que conlleva la demasiada dependencia de un producto tan vulnerable como el café, y por ello se ha querido disminuir su importancia en el conjunto de la economía.
El proceso de diversificación no ha sido tarea fácil. Aparte de la dificultad para desarrollar nuevos rubros de exportación en un mercado internacional cada día más competitivo, existe en Colombia una vieja y muy arraigada tradición cafetera, que sumada a una aceptación pasiva de que el café debe seguir mandando, explica que se mantenga vigente su excesiva preponderancia. Al fin y al cabo, a pesar de vivir bajo la constante amenaza de una crisis de precios, y supeditados a los caprichos del invierno brasilero, se podría decir que a la larga no nos ha ido tan mal con el café. No hay región más prospera en el país que la cafetera. Gracias al café, las arcas del Banco de la República están atestadas. El café es una gran fuente de empleo. Café es lo que sabemos producir y casi lo único que se puede sembrar en esas laderas.
Brasil ha sido el país líder en materia de café y lo seguirá siendo por mucho tiempo. Las autoridades colombianas siempre han buscado coordinar con los vecinos del sur el manejo de su política cafetera por razones obvias. Lo contrario no tendría sentido. El hecho de que el café sea importante para ambos países ha facilitado la concertación, pues los problemas son analizados a través de un mismo prisma. Pero las cosas están cambiando. La importancia del café en la economía brasilera ha disminuido drasticamente hasta el punto de que hoy representa menos del 13% de las exportaciones totales. La total coincidencia de intereses por consiguiente ha dejado de tener vigencia y ya no vemos los problemas con exactamente la misma óptica.
Otro factor preocupante para nosotros es lo que está sucediendo en materia de producción. Brasil no abandonó -como creyeron muchos- su producción de café. Por el contrario, decidio renovar sus cafetales en áreas menos expuestas a las heladas. Su cosecha este año superará los 33 millones de sacos, lo que confirma que el Brasil está muy lejos de sacrificar su posición de primer productor. Mientras resembraba su café, los altos precios estimularon la producción en otras áreas del mundo con el peligroso resultado de disminuir aún más el impacto de una posible helada brasileña y de reforzar el desequilibrio estructural entre producción y consumo en el mercado internacional.
Este sombrío panorama no encuentra -por desgracia- una situación compensadora en el lado del consumo. El potencial para aumentar el consumo de café en los países tradicionalmente importadores parece ser muy limitado. Cambios en los sistemas de vida, la propaganda sobre supuestos efectos nocivos de la cafeína, la competencia creciente de otras bebidas y en general una saturación de los mercados tradicionales, permitirá tan solo un lento crecimiento de la demanda. Es decir, la sobreproducción se irá acentuando sin que se vislumbre un correctivo que nos permita mirar tranquilamente el futuro.
El único correctivo que ha funcionado (aparte de las heladas) ha sido el Convenio Internacional del Café. Pero aquí también se han presentado cambios que van a dificultar sobremanera su continuación. Ya no existe el interés político de los países consumidores en los acuerdos de productos básicos. Por el contrario, parece haber una simpatía generalizada en el mundo desarrollado hacia este tipo de esquemas. Mientras subsista el desorden monetario, la recesión y los altísimos niveles de desempleo -ahora convertidos en constantes de la economía internacional- es ilusorio pensar que los gobiernos de los países industrializados serán particularmente generosos en sus negociaciones con el tercer mundo. Asimismo, la renovada popularidad de las tesis del libre comercio en los principales compradores de café tampoco permite un apoyo muy decidido al Convenio Cafetero. Y en el lado exportador, los cambios en la estructura de producción no facilita -ni mucho menos las delicadas negociaciones sobre la distribución de cuotas en el seno de la OIC.
Todos estos fenómenos deben ser motivo de preocupación y servir de alarma. El país y el gremio cafetero deben tomar conciencia sobre la difícil situación que se avecina. No se trata de hacer terrorismo económico ni de constribuir al negativismo generalizado que parece haber invadido al país entero, sino de llamar la atención sobre un problema real e inminente. Nuestra economía sigue siendo muy frágil y es mejor que las vacas flacas no nos lleguen de sorpresa.
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