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Opinión

  • | 1985/09/02 00:00

    NUESTRO HOMBRE EN VERSALLES

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Pastores en las Malvinas, bacteriólogos en Estocolmo, taxistas en Nueva York: nuestro país da para encontrar un colombiano "enchanfainado" en cada uno de los rincones de la extensa viña del Señor. En este sentido tenemos tan amaestrada nuestra capacidad de asombro que confieso, sin verguenza alguna, haber tomado con calma el descubrir en cierta oportunidad a un colombiano que vendía caramelos zipaquireños en la puerta de una de las pirámides de Egipto.
Sin embargo, la noticia de que un colombiano había comprado el Trianón de Versalles -no el monumento, claro, sino el hotel-, me dejo estupefacta. No por el hecho de que estuviera involucrado en tan sofisticadas inversiones, sino porque ese colombiano era, ni más ni menos, que José Maria Chaves. El único compatriota, y nada tiene de raro que el único ser humano, de quien resulta cierta cualquier cosa que se cuente.
Chaves y la condesa Nubia Braschi -una pereirana casada con un noble arruinado de San Marino- tienen una cosa en común: la aristocracia y la farándula colombianas se ríen de ambos en privado, pero lo primero que hacen al llegar a Nueva York, es buscarlos y dejarse relacionar a través de ellos con la aristocracia y la farándula neoyorquinas.
Quizás el principal mérito de Chaves consista en haber hecho una brillante carrera diplomática -gracias a la cual lo apodan en los circulos internacionales "the ambassador Chaves" -por cuenta de los gobiernos de otros países distintos a su patria.
Su carrera diplomática comenzó cuando Mario Laserna era director de La Republica, y nombró a Chaves corresponsal del periódico en los EE.UU. Nuestro hombre, ni corto ni perezoso, mandó a timbrar unas tarjetas que se convertirían en una de las llaves de su éxito: "José María Chaves, representative of the Republic of Colombia". ("J.M.Ch., representante de la República de Colombia").
En realidad, el trampolín definitivo de Chaves lo constituyó su cargo como jefe de prensa de Eduardo Zuleta, en la época en que este se desempeñaba en las Naciones Unidas como "presidente del mundo". Pero cuentan que Richard Nixon, de quien Chaves se había vuelto íntimo amigo cuando dictaba un seminario en la Universidad de Columbia, saludaba primero a Chaves que a Zuleta, en las oportunidades en que se topaba con ambos en los pasillos de la ONU. Esta amistad había quedado sellada cuando, derrotado por Kennedy en las elecciones presidenciales, nadie daba un peso por Nixon, salvo, claro está, José María Chaves, quien desde ese momento obtuvo el exclusivísimo derecho de llamarlo simplemente "Dick".
El siguiente gran salto diplomático de Chaves consistió en su nombramiento como representante de Granada ante la ONU. Fue, prácticamente, su verdadero embajador, pues el titular... Bueno. Había sido escogido de la banca de los suplentes. Vino entonces el golpe de Estado en la isla, y con él el despido fulminante de Chaves. Gracias a eso los colombianos pudimos enterarnos de que la representación diplomática de Granada venía desempeñándola, a mucha honra, un colombiano.
Pero Chaves ya tenía muy definida su vocación por la vida diplomática. Logró entonces "palanquearse" el nombramiento de embajador de la Orden de Malta ante la ONU. Y un tiempo después, el de representante de la Oficina de Educación Iberoamericana, con derecho a cubículo en las Naciones Unidas. No importa qué diablos sea esta oficina. Lo que importa es que en calidad de su representante Chaves condecoró en cierta oportunidad a monseñor Cassaroli, el secretario de Estado del Vaticano, en una ceremonia a la que asistieron los principales embajadores del mundo y su buena amiga, Jackeline Kennedy. Desde entonces las relaciones de Chaves con el Vaticano son insuperables, aunque su parecido físico con el Papa Alejandro VI, el padre de Lucrecia Borgia, es apenas una simple casualidad.
Retirado de la vida diplomática, supo entrar por la puerta que tocaba al mundo de los grandes negocios internacionales. Ha representado intereses comerciales de árabes e israelíes. Socio de los principales clubes sociales de Nueva York, conoció allí también al ex presidente francés Giscard D'Estaing, quien desde aquel entonces ingresó a la distinguida lista de amistades de Chaves.
Nadie sabe muy bien como llegó a relacionarse con el famoso reverendo Moon. Lo único cierto es que últimamente se convirtió en el representante comercial del coreano, a quien acusan de operar una gigantesca "lavandería cerebral" con detergente religioso, por cuenta de la cual ha recaudado sumas absolutamente millonarias Nada distinto, dicen algunos insolentes, del modus vivendi de los jesuitas.
Moon, a quien muchos quisieran ver crucificado, acaba de salir de una carcel norteamericana, donde purgó 6 meses de prisión por haber evadido 35 mil dólares en impuestos. Una suma tan ridícula, comparada con las cifras que sí tributó, ha llevado a pensar a muchos norteamericanos que Moon fue perseguido por razones típicamente religiosas.
Cierto o no, las inversiones de Moon están regadas por todo el mundo: posee periódicos (el Washington Times), hoteles (el Victoria Plaza, en Montevideo). Y ahora ha puesto sus ojos en el "Trianon" de Versalles, aunque las córneas según parece, las ha puesto prestadas nuestro buen amigo, el embajador Chaves.
El hermano de Giscard D'Estaing casualmente administrador del hotel ha negado enfáticamente la posibilidad de que Chaves sea un testaferro de Moon. Pues bien, hasta que no se demuestre lo contrario, José María Chaves, un colombiano, ha comprado el Trianón de Versalles. Y esa sí que no la supera ni la hazaña de toparse a un egipcio vendiendo reproducciones de las pirámides de Egipto en la puerta de la Catedral de Sal de Zipaquirá.
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