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Opinión

  • | 2018/01/07 15:29

    Odio (10). La llanta rota

    Once años de colegios, luego cinco en una costosa universidad, algunos se especializan en el extranjero, viajan, conocen otras culturas y al final siguen creyendo que descendemos de Adán y Eva.

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El País, España, publica una investigación que busca entender por qué el 83% de los niños, a pesar de que son consumidores racionales y reflexivos de información, cree en Papá Noel. Un par de razones: “Porque los adultos hacen todo lo posible por mantener vivo el mito. (Así), el 84% de los padres lleva a sus hijos a ver a más de dos imitadores de Papá Noel durante las Navidades... (Y porque) el servicio de correos de EE. UU. promueve el programa "Cartas de Papá Noel", el cual envía respuestas personales a las misivas de los niños”. Ficción viene de fingir y en este caso los adultos fingen porque “los niños no se creen todo lo que les contamos y tenemos que inundarlos de pruebas como las campanillas en el tejado, los papás noeles vivientes en el centro comercial o la zanahoria a medio comer la mañana de Navidad”. Pruebas falsas para sustentar un hecho falso.

Si los padres hacen un gran esfuerzo por conservar viva esta ficción, los niños deben entonces ejercitar su capacidad de pensar científicamente. Pero tal parece que eso no conviene y por eso en Colombia muchos creen que la ciencia es una ficción. Según una reciente encuesta de Firmas y Conceptos, solo el 28 % cree que el Big Bang dio origen al universo y solo el 44 % cree en la evolución de las especies. Once años de colegio, luego cinco en una costosa universidad, algunos se especializan en el extranjero, viajan, conocen otras culturas y al final siguen creyendo que descendemos de Adán y Eva.

Desde que somos niños el sistema se empeña en convencernos bien de ficciones como de mentiras sabiendo que lo son. Ambas nos aglutinan como sociedad: la ficción de un dios, de una bandera, de un equipo de fútbol; o los miedos de mentira o conservados por razones de poder o dominación, como los que enquistan el odio y originan los prejuicios (el racismo, la homofobia, la misoginia, la xenofobia) con los que suelen sostenerse en el poder los políticos. Alguien dijo, por ejemplo, que algunos de quienes votaron por el No vivieron la guerra por televisión.

Muchos de ellos conservan vivo el miedo que nunca padecieron porque así lo repiten quienes necesitan conservar esta situación sabiendo que la gente “no se cree todo lo que les contamos y hay que inundarlas de pruebas”.

“La guerra no puede ser un proyecto de porvenir para nadie (...) O tienes el coraje de mirar hacia el porvenir, o sigues mirando hacia atrás”, dijo esta semana Mujica en Cartagena. Si vamos a alimentar ficciones inventemos al menos una en la que ganemos todos por igual. Para ello Colombia debe repensarse hasta demoler los miedos del pasado (aceptémoslo: ya se puede viajar por carretera, ya se puede “ir a la finca”, ya Julito no hace campaña radial por los soldados heridos) y desmontar la llanta rota del odio, impuesto y recordado constantemente por los políticos como “prueba” del conflicto con las Farc que ya acabó: acabó en el monte pero no en la mente.

PD: Me uno a Samper Ospina: “No pienso votar ni por ex guerrilleros ni por partidos con parapolíticos: las dos cosas me producen el mismo rechazo”.

@sanchezbaute

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