Hoy 9 de marzo, después de una faena agitada y agotada de lucha y resistencia por los derechos de todas las mujeres sin excepción, he reflexionado profundamente sobre el ejercicio de la Marcha de las Putas en Colombia este año. Algunos medios de comunicación hablaron de decenas de personas y otras de centenas. Al final fuimos tentativamente 600 personas diciendo de diversas maneras que no aceptábamos que la palabra puta explicara o argumentara la violencia hacia las mujeres, y mucho menos el feminicidio.
Había gente que nos observaba extrañada, y personas nos daban su mirada cómplice. Yo tenía temor, como todos los años, de que esta convocatoria no fuera significativa debido al rechazo de índole moralista. Cuando vi al colectivo Hombres y Masculinidades -mis compañeros de lucha desde el inicio de esta osada manifestación en el 2012- a líderes evangélicos, y a tantas expresiones diversas sobre las formas de ser mujer, mis temores se empezaron a disipar. Cuando me abracé a Alejandro Lanz, el director de una de las organizaciones con las que más me siento conectada, pues trabajan de cara con las personas que devengan de la prostitución, fui muy feliz.
Nuestras arengas escandalizaron a muchas personas. Le esgrimimos a la sociedad las mismas palabras que han usado desde siempre en contra de nuestra libertad y le gritamos a voz en cuello: “Sobre mi vida”, “sobre mi cuerpo”, “sobre mi culo”, “sobre mis tetas”, “sobre mi ropa”, “sobre mi cabeza", “yo decido”. Era una letanía que salía desde lo más profundo de las entrañas de cientos de mujeres con el respaldo de los hombres anti patriarcales. Médicas, abogadas, sociólogas, periodistas, prostitutas de todos los niveles: las de las calles y las secretas. Las llamadas prepago, amas de casa universitarias, madres, mujeres de la tercera edad, mujeres transexuales, todas en compañía de ellos, los hombres nuevos enemigos del machismo, cantábamos: “soy una puta, yo lo que quiero es luchar para alcanzar mi libertad “ .
Estábamos todas las que nos caemos mal generalmente y las que queremos tirarnos agua fría muchas veces, aquellas con quienes poco nos vemos, las compinches, las cyber seguidoras y las desconocidas, invitadas todas como hermanas. Todas dándole la cara al feminicidio, todas riéndonos de la doble moral. Todas gritábamos “mi vagina es mía”, “vaginas libres”, “no nos maten“. Fue sorprendente cuando pudimos parar un momento para decirle a la ciudadanía: no es la marcha de las putas el escándalo, lo escandaloso es la indiferencia de ustedes. Todas, putas y santas, tomadas de la mano, en la diferencia gritábamos a todo pulmón: ¡somos putamente libres! ¡Reivindicamos todas las formas de ser mujer! Y ¡si digo no, es no!
Yo no vi ningún rótulo, rol o clase social. No vi mujeres afro, ni pobres, ni ricas, ni profesionales ni obreras. Yo solo vi mujeres: mujeres desahogándose en las calles, mujeres auto liberándose, mujeres luchando por una vida libre de violencia. Las santas y las putas, como una sola; ojalá todo el año fuéramos así, ojalá todas las mujeres nos despojáramos de todas nuestras contradicciones y rivalidades todos los días y nos uniéramos en la diferencia. Decíamos: tenemos derecho a vivir sin miedo. Tenemos derecho a vivir putamente libres de violencia estatal, policial y social.
Recordé que en la mañana, en una entrevista para radio me endilgaban de estar perpetuando el rótulo o la violencia a las mujeres por usar la palabra puta. Debo reafirmar: no es mi culpa que las personas no lean el diccionario y no sepan que la palabra puta es la contracción de la palabra prostituta y tampoco es mi culpa que no entiendan que no es una agresión o una mala palabra; que insistan en pensar que la peor mujer del mundo es una puta y consideren que toda puta merece ser violentada. No es mi culpa, señores y señoras, que no comprendan que la palabra ha sido esgrimida sobre todas las formas de ser mujeres cada vez que decidimos sobre todos los aspectos de nuestra vida y sexualidad y no es mi culpa que las mujeres creamos que nuestra dignidad y valor como personas habita en lo que hacemos o dejamos de hacer con nuestra vagina. Comprendo la indignación de muchas pero yo seguiré marchando por mí y por todas las que estén de acuerdo conmigo, hasta que la palabra puta ya no sea algún tipo de explicación al acoso, violencia, violación y asesinato de mujeres.
Yo marcharé mientras sea necesario porque soy putamente libre y porque creo que todas las mujeres somos putamente libres, marcharé con la puta y con la santa, aun cuando no seamos amigas. Lo haré con ellos, los nuevos hombres que la lucha feminista ha engendrado a través de años de resistencia. Marcharé si es necesario -como lo hizo doña Carmelita, de la tercera edad-, con su bastón, porque estoy convencida que no soy más digna por no cobrar por sexo o por ser célibe; porque estoy convencida que mi cuerpo es mío y yo decido, porque estoy convencida que todas somos una aún en la diferencia y que no importa quién sea, nadie tiene derecho a violentarme, violarme y asesinarme por “el tipo de mujer que soy”
Ayer en la marcha una periodista me preguntó: ¿cuál es tu mayor reto con esto? Hacer que tú marches de la mano con una prostituta como iguales.
Fue un día de conmemoración de los derechos de las mujeres obreras, que hoy día nos incluye a todo tipo de trabajadoras y lo conmemoramos exigiendo nuestro legítimo derecho a vivir sin miedo a ser putamete libres. La invitación para el país es que no eduquemos machos ni sumisas: que hagamos una revolución de amor y empecemos a entender que las mujeres no somos ni del estado, ni de la iglesia, ni del marido: somos de nosotras mismas.
*Ideóloga feminismo Artesanal - Vocera Marcha de las putas en Colombia.
