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Opinión

  • | 2002/10/13 00:00

    Pico de Oro Junior

    A medida que le coge confianza a su papel en el gobierno, Londoño ha venido haciendo gala de un esnobismo intelectual innecesario

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Originalmente, este apodo se le aplicaba al padre del actual Ministro del Interior y de Justicia, para ensalzar la elocuencia más diáfana de la historia del pensamiento y expresión oratoria en Colombia.

Indudablemente, Fernando Londoño y Londoño fue un presidente que le quedó faltando al país. Un hombre respetado por amigos y enemigos por su dimensión moral y significación intelectual.

El hijo heredó su capacidad oratoria, adornada además con unas dotes histriónicas que convierten cada intervención suya en el Congreso en un espectáculo hipnotizador. Parecería que, de bebé, no lo hubieran paseado en coche sino en atril.

Pero a medida que le coge confianza a su papel en el gobierno, Londoño ha venido haciendo gala en sus intervenciones de un esnobismo intelectual que yo personalmente encuentro innecesario -sus calidades son inocultables-, pero que otros llegan a encontrar repelente e intolerable.

En esas circunstancias se produjo la semana pasada en el recinto parlamentario un duelo de titanes entre el ministro Londoño y el ex magistrado de la Corte Constitucional Carlos Gaviria. No hubo sangre, afortunadamente, pero eso sí, volaron nombres de filósofos griegos y romanos, de pensadores de quilates, de historiadores conocidos y desconocidos, de célebres jurisconsultos, ante el desconcierto de muchos parlamentarios que no entendían qué diablos tenía que ver el tema de la conmoción interior en Colombia con el filósofo alemán Tomasio o con su coterráneo Pufendorf, cuya influencia intelectual data de los siglos XVII y XVIII.

Como profesor que ha sido toda su vida, de los mejores, por cierto, el ministro Londoño confunde la cátedra con su actual responsabilidad de conseguir mayorías para los proyectos del gobierno. Por eso en la intervención de marras no pudo evitar la tentación de citar la mayor cantidad posible de nombres de la historia filosófica y política de la humanidad, actitud que en lugar de erudición, exudaba petulancia, frente a un auditorio que por culto que fuera -y sería una mentira asegurar que el Congreso lo es- distaba mucho de ser un auditorio especializado en filosofía o historia del derecho.

Las eruditas citas del Ministro incluyeron a autores como Carlos Cossio -el filósofo argentino: ningún parentesco con Valencia Cossio- y su teoría de las "endonormas y perinormas", que para los pocos que la entienden resultaba una noción muy poco pertinente en el tema de la conmoción interior.

De la admiración por el entorno de la filosofía aristótico-tomista, de la que ensalza el jus-naturalismo, pasó a afirmar que "la fuerza es la garantía esencial de cualquier norma jurídica", como una justificación de la conmoción interior, pero a renglón seguido criticó duramente a Kelsen, "el más grande filósofo del siglo XX, director de la llamada Escuela de Viena", por extremista, "al limitar el derecho a la expresión de la fuerza".

Se paseó el Ministro por el pensamiento de Rousseau, de Santo Tomás, de Heinrich Henkel, de Hobbes. Alabó a Gallo, Ulpiano, Modestino y Papiniano. Ensalzó a César y a Pompeyo. Mentó exquisiteces académicas como al tratadista español Francisco Fernández Segado. Pero de lejos en el recinto, el único que podía saber si el ministro Londoño estaba profanando citas históricas, ocultando argumentos bajo la noción de retórica de Sócrates o mencionando de manera banal a autores que no deberían haber sido despertados por el motivo que esa noche convocaba al ministro Londoño al recinto parlamentario, era el ex magistrado Carlos Gaviria, de quien probablemente puede decirse que ha leído más que el Ministro y que podía, por lo tanto, recibirle el guante en ese duelo intelectual.

En sólo dos minutos, aunque desgraciadamente estaba más agitado de lo que le hubiera convenido a su brillantez, Gaviria denunció que la retórica utilizada por el Ministro daba para cualquier lado y que la forma como estaban citados varios de los pensadores era acomodaticia a las intenciones del Ministro en su intento de sacrificarlo todo en aras de la seguridad.

¿Qué pretendía Londoño con su show intelectual?

Se me ocurren tres cosas. Que está en campaña presidencial. Que quería descrestar al Congreso. Y que quería dejar boquiabiertos a los televidentes.

Lo tercero indudablemente lo logró. La mayoría absoluta de los televidentes quedó feliz de tener a un Ministro tan erudito.

Lo segundo no lo logró. El Congreso no es muy impresionable ante las citas de Cicerón.

Y lo tercero... sólo el tiempo dirá si es cierto o no que el Ministro del Interior y de Justicia, está en campaña.

ENTRETANTO? ¿Saben ustedes cuál es el secreto mejor guardado de Bogotá? (Los perros calientes de la bomba de la 69).

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