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Opinión

  • | 1984/04/23 00:00

    POBRES NOSOTROS, LOS TERCEROS

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Julio Cortázar, siempre fascinado con la idea de retar la lógica y escapar a las convenciones de este mundo prosaico, se vio envuelto en un juego loco y peligroso que se le salió de las manos y cuyo remate fue posiblemente -aunque él mismo no haya alcanzado a saberlo- su propia muerte.
La aventura tuvo origen en su convicción de que, a pesar de las apariencias, hay vías más sutiles y eficaces de comunicación entre dos personas -aunque no se conozcan o se encuentren a kilómetros de distancia-, que las cartas de entrega inmediata o las llamadas de larga distancia. Es un invento que lo obsesiona desde Rayuela, donde dice "andábamos sin buscarnos sabiendo que andábamos para encontrarnos" como testimonio de su sumisión ante esa fatalidad que forzosamente, lleva a alguna suerte de encuentro o contacto entre determinadas personas.
Cortázar consideraba que esos intangibles vasos comunicantes lo unían, entre otros, a la actriz británica Glenda Jackson, a quien no conocía personalmente pero cuyo nombre e imagen -según su propia confesión-, despertaban en su vida "una resonancia nostálgica y enamorada".
Esta fue seguramente, la razón que lo llevó a enviarle a la actriz una de esas señales telepáticas libradas al azar de algún buen viento que las arrastre a su destino, o, como él mismo las llamara, una de esas "lentas botellas errando en lentos mares", para lo cual, hacia el final de 1980, escribió un relato sobre ella, titulado Amamos tanto a Glenda.
Al día siguiente de entregar por primera vez este cuento a la imprenta, Julio Cortázar supo que su botella había llegado a su meta mucho antes de lo previsto, e incluso mucho antes de lo posible, cuando entró a ver una película de la Jackson, y se encontró entre maravillado y horrorizado con que se trataba ni más ni me nos que de una respuesta para él. El paralelismo entre la película y el cuento era insólito (no había ni la menor posibilidad de que la actriz hubiera leído ya el primero), pero era absolutamente evidente: en el relato, una joven actriz llamada Glenda Garson es simbólicamente asesinada; en la película, un viejo escritor, autor de un libro que se titula Hopscotch (o sea Rayuela) también es simbólicamente asesinado.
Todo el mundo conoce hasta aquí esta historia porque el propio Cortázar la narró en un nuevo relato, llamado precisamente Botella al mar. Botella que, aunque acaba de ser publicada en su último libro, a los colombianos ya nos había llegado hace unos meses a través de un magazín dominical. Todo de acuerdo a lo previsto: fuimos miles los que leímos esa correspondencia cifrada para Glenda Jackson, cumpliendo con el papel que claramente nos había asignado el propio Cortázar: fuimos ni más ni menos que esos "terceros que van a leer mi relato y a ver su película, (esos) lectores y espectadores que serán los ingenuos puentes de nuestros mensajes".
Rebelde ante la idea de limitarme a cumplir tan pasivo papel de sapo en una relación ajena, ayer me dediqué a averiguar si había habido, o no, algún contacto posterior menos subjetivo entre Cortázar y la Jackson; si después de tanto coqueteo intelectual se habían conocido realmente alguna vez. Utilicé precisamente uno de los mecanismos más despreciados por Cortázar, las llamadas telefónicas, y me dediqué con celo profesional a contactar cuanto amigo, conocido o conocedor de los dos personajes podía existir en México, Londres o Buenaventura, para preguntarles.
Pero ellos dos, herméticos y excluyentes en sus vínculos metafísicos, no habían dejado cabos sueltos ni información accesible por donde nosotros, los "terceros", pudiéramos colarnos y aportar algo a su rollo mágico, así fuera un apéndice colateral o algún trivial dato nuevo. No hubo caso. Nadie me supo decir nada.
Ante tal fracaso, sin embargo, me cupo el consuelo -y de alguna manera la venganza- de imaginarme el encuentro real que eventualmente pudo haberse dado: Cortázar y Glenda Jackson, sentados en un café o parados en un mismo cocktail gracias a una cita previa acordada por algún editor o productor conocido por ambos. Incómodos y sin mucho qué decirse, finalmente tan prosaicos y tan sujetos a convenciones como cualquiera de nosotros, los terceros.
Pero no. Definitivamente hay oráculos demasiado altos para el vuelo de los comunes. Después empecé a sospechar que el verdadero final era infinitamente más complejo, y que Cortázar había vuelto a saltarnos largo. Era posible que se hubiera tomado tan a pecho el juego inventado por el mismo, que para perfeccionarlo hubiera optado por eliminar el detalle forzado de su muerte simbólica en una película,para reemplazarlo por el gesto mucho más contundente y poético de su muerte real. Fuera o no cierto, el hecho era que ahí quedábamos nosotros, el grande y torpe tropel de terceros, deshechos por la "resonancia nostálgica y enamorada" con que nos dejó plantados, y con el alma en vilo esperando que Glenda Jackson no sea tan consecuente como él.
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