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Opinión

  • | 2019/04/18 09:21

    Problemas reales, malas recetas

    Los ataques recientes de Trump al presidente Duque y visita del secretario de Estado americano a Cúcuta para hablar de Venezuela dejan al desnudo los riesgos de la política exterior colombiana.

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Desde cuando estaba en campaña el presidente Trump ha demostrado que su política exterior está basada en la teoría de la inconsistencia y los bandazos. Le apuesta a que ser impredecible, alternar ataques y muestras de acercamiento con gobiernos adversos le da una ventaja a la hora de negociar. Con el único con quien es consistentemente cercano y cuidadoso es con Putin. Ha vapuleado la OTAN, la Unión Europea, le declaró amistad eterna a Macron para insultarlo después. En América Latina, solo ha visto la oportunidad de hacer política electoral populista con el fantasma de la inmigración y la promesa de proteger a los estadounidenses de la amenaza mortal que viene del sur.

Con Colombia su interés se limita a reducir el narcotráfico y sacar a Maduro del poder. A Colombia le convienen ambos objetivos. El narcotráfico ha sido desde los años 80 una fuente de violencia y corrupción por el que hemos pagado un altísimo costo en vidas humanas. La dictadura venezolana, los padecimientos que sufren nuestros vecinos, el uso del territorio venezolano para que grupos ilegales se resguarden son todas razones válidas para que Colombia apoye una transición democrática en Venezuela. Pero coincidir en el objetivo no significa aceptar la imposición de los medios para conseguirlos. Y ahí la diplomacia colombiana está fallando.

En los últimos años la entonces oposición del Centro Democrático se dedicó a envenenar a los republicanos y a la administración Trump contra Colombia. Todos recordamos con algo de humor la supuesta reunión de Pastrana y Uribe con Trump para “hablar de los desafíos regionales”. Pasada la tomadera de pelo, quedó claro que los dos expresidentes estaban dispuestos a sacrificar los intereses nacionales en aras de sus agendas electorales locales.

Promovieron la idea de que había que alinearse con Trump, sin cuestionar nada. Desempolvaron la vieja teoría de Marco Fidel Suárez, quien hace cien años definió lo que sería el derrotero de la política exterior colombiana por décadas. El “Respice Polum” o mirar hacia el norte, o sea alinearnos con los Estados Unidos podía parecer una estrategia inteligente para subirse al carro de una potencia que empezaba a surgir como alternativa a la hegemonía del viejo continente y la mejor opción frente al imposible sueño de una integración regional. Hoy, en un mundo globalizado eso no es estratégico. Hoy, con un presidente como Trump, eso es peligroso.

Las consecuencias las estamos viviendo ahora. Colombia perdió interlocución en Europa y las Naciones Unidas (con el apoyo de Estados Unidos) reclama mayor celeridad y compromiso con la paz.

El problema del narcotráfico volvió a tener como único culpable a Colombia, borrando de un trazo lo alcanzado por el presidente Barco a finales de los años 80, cuando reclamó con razón la necesaria corresponsabilidad de los países consumidores, traficantes de precursores y lavadores de las grandes ganancias del negocio que claramente no se quedan en Colombia.

Frente a Venezuela, Colombia ya no es un jugador en la búsqueda de soluciones democráticas y pacíficas para la urgente y necesaria salida de Maduro del poder y la convocatoria a elecciones transparentes. Y Trump anunció que su nuevo “verdadero aliado” es Bolsonaro, el derechista presidente de Brasil.

Narcotizamos y venezolanizamos nuestra agenda con Estados Unidos y estamos perdiendo espacio con Europa. Mala receta para problemas reales.

P.D.: La agresión a una pareja homosexual en el centro comercial Andino de Bogotá la semana pasada es una nueva demostración de que en Colombia educamos en el prejuicio y la intolerancia. Pensar que la expresión de afecto es más peligrosa para nuestros hijos que legitimar la violencia física como modo de expresión es la definición de una sociedad que sigue enferma por décadas de conflicto.

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