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Opinión

  • | 2018/01/05 08:49

    Rincón del Mar, entre manglares y mar Caribe

    De tanta riqueza ilegal y tanta politiquería local, quedan pueblos sin acueducto, sin vías sombreadas, sin internet, sin sistema de tratamiento de aguas residuales y sin incentivos para mejorar viviendas de pescadores y campesinos. Muchos jóvenes ganan monedas tapando huecos en la carretera que va de San Onofre al Rincón del Mar.

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Durante las noches de luna llena que iluminaron el Año Nuevo en el Rincón del Mar, escuchábamos estruendosos sonidos musicales esparcidos por el viento hacia las playas vecinas. La cultura rural costeña de instalar amplificadores de sonido a todo volumen, persiste desde mucho antes en que Rodrigo Cadena, matarife de oficio, ordenara a sus secuaces paramilitares aplicar la ley de terror y limpieza social en los pueblos del Municipio de San Onofre, Sucre. Hoy se respira otro aire y se camina con mayor tranquilidad por las calles arenosas de los pueblos que se expanden entre manglares y el mar, con gente amable y contenta de recibir visitantes.

Hasta hace pocos años, en los corregimientos costeros del municipio, Cadena mandaba reunir a la gente y había que salir o salir, so pena inmediata de desplazamiento forzado. Este campesino criminal arengaba para acabar con drogadictos, mientras él mismo protegía el paso de lanchas cargadas de droga. En las playas del Rincón del Mar, Chichiman, Alto de Julio y Berrugas, los paramilitares obligaban a los pescadores a cargar paquetes, sin chistar. En este corredor marítimo de la droga, los botes pasaban en la ruta hacia islas del Caribe, Panamá y norte del continente. Hoy, dicen por ahí, el narcotráfico ha bajado, aunque aún pasan lanchas cargadas pero con mayor discreción y menos carga.

De tanta riqueza ilegal y tanta politiquería local, quedan pueblos sin acueducto, sin vías sombreadas, sin internet, sin sistema de tratamiento de aguas residuales y sin incentivos para mejorar viviendas de pescadores y campesinos. Muchos jóvenes ganan monedas tapando huecos en la carretera que va de San Onofre al Rincón del Mar. Algunos hoteles recientes ya aprovechan el agua lluvia con cisternas para sus huéspedes, en el Islote, una de las islas frente al continente, una ONG apoyó la instalación de energía solar, pero falta mucho para construir la prosperidad rural costera del post-acuerdo. Esa tarea es parte del desarrollo rural integral que quisiéramos que se evidenciara en las campañas políticas costeñas.

Ya la polítiquería local arrecia colocando vayas, carteles en muros, culatas, puentes y hasta escritos en piedras visibles en la vía pública. En este periodo de campañas, las autoridades ambientales deberían ser más exigentes con las sanciones a la contaminación visual en sitios públicos y educar a la Policía para no dejarse comprar por candidatos corruptos. En los corregimientos costeros y rurales de San Onofre ya empezaron a hacer ruido las campañas. Sin embargo, puesto que aún está fresco en la memoria el dolor de la muerte violenta, el silencio es obligado. No se denuncian delitos por miedo al escarmiento que sufrieron con los paramilitares que controlaban cada movimiento en la región. Persevera la compra de votos a cambio de una botella de ron, unas tejas de zinc, un bulto de cemento o un billete nuevo de 50.000 pesos. Esta práctica coincide con la ausencia de educación cívica, con el miedo a denunciar y con la falta de información para ejercer el derecho al voto libre.

Según el analista político Gricerio Perdomo, “para las elecciones de 2018 que nos depara; si miramos por segmento poblacional, los jóvenes de 18 a 25 años, solo sale a votar el 10 por ciento, esto significa que su participación es bien poca y obedece fundamentalmente a que se eliminaron en la educación de Básica Primaria y Media las materias académicas en la formación cívica. El grueso de la votación la encontramos entre la población entre 25 y 50 años, esta franja poblacional está conectada con los temas que son megatendencias en el mundo, ejemplo el cambio climático, crecimiento económico con equidad entre otros, y su participación alcanza hasta el 38 por ciento. Y la población mayor de 50 sale a votar masivamente, porque tiene como referencia los años que ha tocado vivir de la violencia política y la lucha partidaria. Los mueve el arraigo a los partidos y a los liderazgos que le ofrezcan seguridad. En conclusión, en las elecciones 2018 no se esperan cambios en su comportamiento electoral.” Quisiera estar en desacuerdo con Gricerio Perdomo y esperar que el voto de opinión de jóvenes, sea laico e independiente, masivo y con nuevos liderazgos en las próximas elecciones. Las opciones educativas deberían llegar rápidamente al mundo rural de pescadores y campesinos, a los territorios colectivos y resguardos indígenas, muchos con una historia traumática de violencia, entre manglares, bosques, praderas ganaderas y el mar Caribe.

El ambiente de desconfianza en los políticos que reina entre pescadores que viven del mar evidencia un hecho histórico: la democracia local se aprovecha del analfabetismo y la ausencia de educación, repartiendo ron, música a todo volumen, una lámina de Eternit o un ventilador, a cambio del voto familiar. Esta situación tiene que cambiar con educación e información para evitar engaños y falsas promesas.

En medio de la algarabía de inicios del Año Nuevo, alegra observar extranjeros buscando lugares exóticos, gozando del Caribe sucreño, apreciando la biodiversidad de aves, los bosques de mangle y las aguas cálidas y transparentes del mar. Gracias al boca a boca, ya llegan turistas nacionales y extranjeros a pueblos como el Rincón del Mar, donde hostales y cabañas, construidos ilegalmente en zonas de bajamar, reciben huéspedes sin agua de acueducto y con cortes frecuentes de electricidad. La Dimar, entidad a la cual compete reglamentar las construcciones en playas y baldíos costeros de la Nación, está ausente. CAR Sucre, dominada por políticos regionales (los mismos que compran votos) peca por ausencia justo cuando más se le necesita para imponer orden y sanciones como Autoridad Ambiental Regional. Estas afirmaciones son vox populi y se mantendrán en el imaginario colectivo hasta que prueben lo contrario. Es en estos territorios multiétnicos, donde Consejos Comunitarios y Resguardos deberían ejercer mayor autoridad ambiental, pues son ellos los que viven de los servicios ambientales del mar y los manglares.

Este y otros temas están pendientes en la agenda política de zonas costeras. Están sin propuestas concretas por parte de partidos y candidatos regionales: la disminución de la pesca en las aguas cálidas del Golfo de Morrosquillo e Islas de San Bernando es una realidad que inquieta a sus pobladores. Desde que la empresa Vikingos arrasó con peces grandes y pequeños sin consideración de reproducción, (por utilizar trasmallos), acabó faenas en la zona y se fue a pescar a otro lado. La fuente diaria de proteína de cientos de familias es ahora escasa y nadie propone cómo compensar a los pescadores por el recurso vital que desapareció con el uso del trasmallo.

Ya no hay tortugas ni pargos, ni barracudas, y poca langosta. Hasta el tiburón está escaso pues no tiene qué comer. El tema político de la pesca en ríos y mares debe retomarse con seriedad, no en una oficinita de tercer nivel en el Ministerio de Agricultura sino en un nuevo Ministerio de Mares, Ríos y Humedales, que en extensión constituyen más de la mitad del país. Es hora de darle mérito a Colombia por tener el privilegio geográfico en América Latina de tener fronteras con dos potentes océanos, que tiene bastante desprotegidos, al igual que a sus poblaciones costeras, afectadas por la erosión costera, la deforestación del mangle y la vulnerabilidad climática global.

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