María me decía que no podía dormir bien porque le preocupaba quedarse sin empleo, pues había recibido varios llamados de atención. Aparentemente, tenía demasiado trabajo y no iban a contratar las dos personas que debían ayudarla a cubrir su sobrecarga laboral. Sin embargo, no podía decir nada porque en realidad necesitaba su sueldo.
A veces no sabemos convivir con las emociones. Parece que tenemos miedo a todo últimamente, pero nos cuesta reconocerlo. Buscamos afuera muchas cosas que realmente están adentro y muchas veces no está bien visto admitir el miedo. María tenía todo el derecho, y las razones, para estar asustada, pero lo negaba.
El miedo es una realidad.
Marco, por su parte, le tiene mucho temor a que su hija pequeña salga del colegio. Cree que el mundo universitario la va a poner en peligro y parece que tampoco tiene mucho de qué hablar con su esposa, así que está aterrado de lo que se viene.
Ni María ni Marco aceptan de manera explícita que tienen miedo. De hecho, me lo contaron ante la confidencialidad de un proceso, me dijeron que si quería escribir sobre ellos solo cambiara sus nombres, pero que estaban dispuestos a leer su historia desde otra mirada.
El miedo es una emoción natural y adaptativa que nos alerta ante situaciones peligrosas o desconocidas. Aunque a veces puede ser incómodo, también cumple una función importante, pero socialmente no nos gusta reconocerlo. Sentir miedo parece un pecado capital, nos vuelve débiles ante los ojos de otros.
Quise hacer una reflexión sobre el miedo para generar un espacio de autoconocimiento y una ventana de identificación con otros seres que, como Marco y María, existen.
Investigando un poco, encontré que hay varios tipos de miedo. El realista, que surge ante amenazas reales, como un incendio, un animal salvaje o un peligro inminente. También está el irracional, que es desproporcionado o no tiene una base lógica, por ejemplo, algunas fobias (aunque hay que entender que quien tiene una fobia realmente puede llegar al pánico ante la exposición a la situación que genera la reacción).
Hay también una respuesta fisiológica, no es una creación exclusiva de la mente. El miedo activa la respuesta de “lucha o huida”. Nuestro cuerpo libera adrenalina y aumenta la frecuencia cardíaca. Los síntomas pueden incluir sudoración, temblores y tensión muscular, entre otros.
Entendiendo que nuestra salud mental debe ser prioridad, quiero sugerir que lo primero que debe hacerse es reconocer el miedo, negarlo no va a servir para gestionarlo. Si se sienten cambios fisiológicos como taquicardia o sudoración, lo mejor es tomar aire, relajarse, escuchar música suave, llamar a alguien que nos dé paz o abrazar al perro si se tiene cerca.
Nunca se debe olvidar respirar bien porque está comprobado que la respiración consciente ayuda a calmar la ansiedad.
Después de reconocerlo, hay que enfrentarlo de manera gradual, esto puede ayudar a superar una fobia, por ejemplo. Creo que es vital buscar ayuda cuando la sensación está llevando a crisis de ansiedad o cuando los pensamientos no son controlables.
Jamás se debe subestimar la emoción de nadie y mucho menos la propia. No se debe opinar sobre los demás cuando nunca se sabe lo que otro puede estar sintiendo.
En las organizaciones hay que observar bien los cambios de comportamiento y la irritabilidad o aislamiento repentino de cualquiera de los miembros del equipo. Cuidemos la salud mental, cuidemos a la gente y respetemos sin menospreciar las emociones de otros que, como el miedo de María y Marco, pueden llevar a problemas mayores.
“De nuestras vulnerabilidades vienen nuestras fortalezas”, Sigmund Freud.
