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Opinión

  • | 2017/12/26 19:24

    Tierra buena

    Esta será la primera temporada de vacaciones decembrinas en la cual millones de colombianos tendrán la oportunidad de viajar por el país, no solo para ir a encerrarse en pequeños castillos feudales, sino para recorrer un territorio compartido disfrutando lo amplio del paisaje. Hay que salir a reconstruir de primera mano, así sea con impresiones breves y subjetivas, lo que nos está sucediendo tras un año de los acuerdos de La Habana. Porque el paisaje habla, tanto como la gente.

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Acostumbraba llevar a mis estudiantes de Ecología a trabajo de campo en tres rutas clásicas que nos ayudaban a leer el territorio con ciertas claves de diversas disciplinas: viajábamos entre 10 y 12 días sin parar, utilizando las ventanillas del bus o la banca de la lancha como macroscopio, las clásicas caminatas y las entrevistas locales para complementar las imágenes de satélite y los sistemas de estadística en itinerarios que nos llevaban entre otros, hasta Florencia y San Agustín al sur, a Orocué y Villanueva al oriente, a San Jacinto y Uribia al norte.

Pero el destino era lo de menos, moverse y entender los contrastes de la diversidad en el territorio, comer y beber local, dormir poco, lo importante. Una versión impresionista de Colombia al menos, con trazas de historia ambiental, modos de vida, sistemas de producción y, por supuesto, del conflicto armado que debíamos evitar estando atentos a los movimientos armados en las fronteras invisibles.

La impresión de mis viajes y reuniones recientes, comparada con los hechos a otros países y por supuesto, muy limitada, es que Colombia posee una capacidad de recuperación asombrosa, una resistencia al desánimo más que suficiente para enfrentar la mezquindad de los pocos que a veces quisieran dominar los discursos para enquistarse en la zozobra.

Y es que en todas partes el movimiento es constante, nada hay que se parezca a la molicie de la desesperanza y si bien la indignación persiste contra la injusticia social y las limitaciones estructurales que mantienen la inequidad, en todas partes se siembra y cada vez se protege más el suelo y el agua, en todas partes la prioridad es que niños y niñas vayan a la escuela, en todas partes hay funcionarios que supieron hacerle el quite a los muchos campos minados y construyen una cultura ingeniosa para proteger los recursos públicos y multiplicar sus efectos.

Recorro Colombia y a la vez que escucho discursos prefabricados instalados en muchas partes para torpedear la democracia, veo un vigor impresionante de gente haciendo cosas, organizándose para sacar adelante sus comunidades,  sus ideas, su tierra. Hay emprendimiento e innovación, inversiones. En cada parada por los caminos aparece el verde que la bondad del clima nos provee y jóvenes entusiastas preguntando qué hay que hacer para protegerlo, disfrutarlo y vivir bien con él.

En medio del desasosiego de la deforestación y la contaminación, creo que emerge en toda Colombia una clase, a menudo liderada por mujeres jóvenes y cada vez más ilustradas (aunque andan de a cuatro en moto por los caminos veredales) reclamando un país que ya no quiere relatos épicos sino cotidianidades satisfactorias, celebraciones de vida y no de ideologías patriarcales, maneras de construir un buen vivir.

No hay nada más ilustrativo y placentero que entrenar la vista y los demás sentidos en las riquezas de nuestro territorio, volver a salir por los caminos de Colombia y tratar de entender directamente lo que nos ha sucedido en estos cincuenta años, dónde están las esperanzas para apuntalar un modelo de civilización ambiental para un país sorprendentemente rico.

En Colombia aún la tierra es buena. ¡Feliz año!

Brigitte Baptiste
Directora General Instituto Humboldt

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