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Opinión

  • | 2018/01/04 09:42

    Transfeminidades

    Ya no solo confrontamos feminismos y machismos, en medio de la gigantesca asimetría que constituyen, sino el significado de sus luchas en la tecnología: tal vez sea lo más humano que logremos transcribir al interior de nuestras máquinas.

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Joana Russ compuso en 1970 una novela traducida al castellano como El hombre hembra (The feminine man) en la cual narra, a través de la experiencia de cuatro mujeres en universos paralelos, la forma en la que se construye feminidad en cada uno de ellos y sobre todo, sus consecuencias sociales. En la polémica reciente acerca de la convivencia constructiva entre “ismos” de género o del lenguaje incluyente, resulta interesante recordar que históricamente la asimetría entre hombres y mujeres ha sido tan marcada y poderosa que ha hecho que la discusión profunda del tema a menudo no prospere por la visceralidad con que intervenimos: al fin y al cabo nos jugamos en ella gran parte de nuestra identidad como personas, de nuestra puesta en escena como cuerpos biológicos y de nuestro posicionamiento en el concierto de las luchas de poder.

Ser hombre o mujer, sin embargo, hace rato dejó de significar lo que por cientos o miles de años: una señal orgánica. Ya no es la categoría veterinaria con la que pretendemos “ayudar” a clasificar los roles de las personas en la sociedad a partir de sus genitales o sus hormonas. Los humanos ya no somos más, si alguna vez lo fuimos, solo nuestra anatomía o fisiología sexual (además ya invadimos biológicamente la Tierra, tal vez más allá de nuestra propia conveniencia). Por ende, la distribución del deseo que construimos atada a esa condición fundante, tampoco funciona igual, pues en su estructuración histórica ejercimos niveles absurdos de violencia física y psicológica que apenas estamos haciendo visible hace un par de generaciones. Feminicidios como epidemia, violencia intrafamiliar, acoso laboral como práctica sistemática, demuestran que esa asimetría que vino de la guerra viril sigue viva y muchas masculinidades aún asimilan erotismo con depredación: un profundo problema educativo.

La adscripción mercantil o religiosa de las cualidades de seducción al cuerpo femenino, por ejemplo, ha llevado al desastroso consumismo de estereotipos estéticos y peor, a la imposibilidad de asumir un ejercicio autónomo del erotismo, pues todo viene marcado por esa asimetría que define la sexualidad placentera como lucha de poderes, en la cual el resto del mundo pretende meterse en la cama de los demás, no precisamente para disfrutar. De ahí la ambigüedad popular del término “joder” en muchas lenguas…

La perspectiva transfeminista emerge como un movimiento catalizador y a menudo doloroso del deseo a partir del cual se plantea redistribuir y resignificar los atributos gozosos de la feminidad, construidos por milenios para anclar el deseo al sexo reproductivo. Busca recuperar la infinita capacidad creativa de lo humano inscrita en el propio cuerpo, uno que ha cambiado sustancialmente desde que inventamos el lenguaje para interpretarlo y que ahora se transforma en el cambiante ecosistema global.

El siglo 21 nos trae, en medio de tantas transiciones producto del crecimiento y diversificación inevitable del ser, un reto adicional para resignificar esa voluntad del cuerpo. La marea de erotismo que circula por la red, el advenimiento de robots y de realidad virtual sexualizados nos obligan a reflexionar una vez más acerca del poder esclavizante o liberador del deseo, pues no hay humanidad viable en una inteligencia artificial degenerada. Ya no solo confrontamos feminismos y machismos, en medio de la gigantesca asimetría que constituyen, sino el significado de sus luchas en la tecnología: tal vez sea lo más humano que logremos transcribir al interior de nuestras máquinas.

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