opinión

María Jimena Duzán
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Uribe adiós

¿Podrán el uribismo y Álvaro Uribe sobrevivir en un país que ya no les come cuento y que les perdió el miedo? ¿Permitirán que lleguen al poder nuevas expresiones políticas o seguirán pretendiendo elegir incluso desde la prisión al próximo presidente?


Por: María Jimena Duzán

Ni el pueblo salió enardecido a protestar en las calles por la detención del expresidente Uribe, ni el país se incendió. Tampoco hubo inmolaciones ni actos de delirio. Por el contrario, según una encuesta de Datexco cerca del 64 por ciento de los colombianos está de acuerdo con la decisión adoptada por la Corte Suprema de Justicia. Sería de ciegos no reconocer estas señales como evidencias de que este país cambió y de que ya afortunadamente no somos la sociedad manipulable de antes. El gran cambio, entre muchos que se han dado, es que el uribismo perdió sus mayorías.

Así, como lo oyen: ya no las tiene y no solo por lo que reflejan las encuestas en las que la popularidad de Uribe se viene desplomando mucho antes de su detención. Se nota también en el poco impacto que tuvo en la psiquis nacional su captura y sus intentos por deslegitimar a los magistrados que tomaron la decisión señalándolos de ser títeres de un nuevo complot que esta vez dictaminó estaba fraguado por “las nuevas Farc y sus aliados”. Hoy los colombianos están tan preocupados por capotear los fracasos de Duque en el manejo de la pandemia –estamos ya en el top del ranking de muertes en el mundo– y por ver cómo le salen al paso a su mezquina política de ayudas económicas, que no tienen tiempo para salir a defender a Álvaro Uribe de un complot que nadie entiende ni ve.

Es decir, el uribismo que durante los últimos 19 años nos quiso imponer el estado de opinión, que no era otra cosa que la dictadura de las mayorías, se ha quedado sin ellas. Y no solo eso, también perdió su habilidad para convertir mentiras en verdades, como lo hizo cuando ganó el plebiscito por la paz por cuenta de la farsa de que este acuerdo iba a convertirnos a todos en homosexuales, como si eso fuera una enfermedad que había que extirpar de nuestra vida.

Uribe tampoco nos asusta ya con el coco de las nuevas Farc y sus aliados, porque para infortunio del uribismo las Farc que conocimos ya no van a volver. Lo que hay son bandas criminales que se dedican al narcotráfico. Uribe las quisiera de nuevo armadas, matando y asesinando colombianos, pero le va a tocar conseguirse otro sambenito para manipularnos a través del miedo. Repito, este país cambió, así el uribismo no lo haya hecho y siga intentando devolvernos al pasado.

Sin mayorías, el uribismo se ha quedado sin su gasolina y sin la fuerza para poner a andar el estado de opinión, ese que Uribe siempre antepuso al Estado de derecho con el argumento de que las leyes, la Justicia, la Constitución y todo su engranaje deberían ir al vaivén de la voluntad popular que él siempre supo manipular con más mentiras que verdades. Por eso al uribismo le parece una herejía que la Justicia lo haya puesto bajo su foco.

¿Podrán el uribismo y Álvaro Uribe sobrevivir en un país que ya no les come cuento y que les perdió el miedo? ¿Permitirán que lleguen al poder nuevas expresiones políticas o seguirán pretendiendo elegir incluso desde la prisión al próximo presidente?

Después de haber impuesto a dedo a tres presidentes, es hora de que el uribismo salga del poder y se le derrote en las urnas en franca lid. Eso es lo mínimo que debería suceder en una democracia que necesita tantos cambios como la colombiana. Es hora de que salgamos por fin de ese estado de opinión en que nos montó el uribismo desde 2002, cuyo objetivo es acabar con el Estado de derecho vía referéndum para montar una justicia y una institucionalidad a la medida de su impunidad. Para lograrlo necesitaban las mayorías para manipularnos y para que votáramos por ellos exacerbados por el odio y la pasión. Perdieron todo eso. Uribe, bye, bye.

Coda. Más que acertado el revolcón que hizo el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, en la junta de EPM por cuenta del desastre de Hidrotuango. Lo que hubo allí fue una sucesión de errores que en realidad fueron actos de corrupción porque se le entregó la construcción de la hidroeléctrica a una serie de empresas, algunas de las cuales financiaron el proyecto y prestaron el servicio de seguros, las cuales forman parte del Sindicato Antioqueño. Cuando el proyecto se desplomó y quedaron en evidencia muchas irregularidades, no quisieron pagar el seguro, por lo que les iba a corresponder a los contribuyentes de Medellín asumir ese costo, lo cual es absurdo. Ahora bien, a la nueva junta, integrada también por la gerente de SEMANA, Sandra Suárez, hay que decirle que la escrutaremos con todo el rigor periodístico y vigilaremos sus acciones.