OPINIÓN

Alfonso Cuellar

Uribe y Santos: juntos y revueltos

Las Farc nunca se imaginaron que un país político antireeleccionista en su esencia le daría el sí a Álvaro Uribe. La apuesta fariana, la que les había favorecido siempre, era que la seguridad democrática moriría el 7 de agosto de 2006.
24 de febrero de 2018 a las 10:21 p. m.

Hace ya más de 14 años, el 20 de enero de 2004, Noemí Sanín, en ese entonces embajadora de Colombia en España, al salir de una reunión en la Casa de Nariño, propuso la reelección del presidente Álvaro Uribe. Su planteamiento desembocaría en la reforma de “un articulito” de la Constitución, que le permitiría a Uribe presentarse nuevamente para la presidencia en mayo de 2006.

Como politólogo, siempre apoyé la idea de la reelección inmediata para Colombia. Cuatro años era muy poco para un buen gobierno. Y si era nefasto, el pueblo en su sabiduría lo rechazaría en las urnas. Así ocurría en otros países. No compartí, sin embargo, que esa reforma se aplicara al mismo gobernante que impulsara su restablecimiento. Por transparencia y legitimidad, Uribe debería haberse abstenido de utilizarla de inmediato. Que aplazara el “gustico” hasta 2010. Que semejante transformación de las costumbres políticas no podría ser en función de una persona.

Hoy la reelección está prohibida. El presidente Juan Manuel Santos impulsó su proscripción. El futuro inquilino de la Casa de Nariño no tendrá la opción de quedarse más allá del 7 de agosto de 2022. El experimento no cuajó. Se cumplieron las premoniciones de quienes advirtieron que esa figura no calaría en Colombia. Que chocaría irremediablemente contra nuestra tradición republicana y golpearía a las otras ramas del poder público. Sin ella, quizás nunca habríamos conocido de Yidis Medina, la congresista temporal (estaba haciendo un reemplazo de tres meses al congresista titular) con cuyo voto se enfiló la reforma a la Constitución. La yidispolítica no existiría y ni Sabas Pretelt ni Diego Palacio habrían sido condenados por acciones que eran habituales y permitidas a sus predecesores.

Sin las ansias de la reelección de Santos, tal vez la mermelada no sería sinónimo de corrupción, sino de dulzura. Y cuando escucháramos acerca de los Noños, pensaríamos en unos amigos del barrio y no en la politiquería. Sus votos serían menos importantes; su capacidad de chantaje limitada a sus justas proporciones.

Muy pocos abogan que se incluya de nuevo la posibilidad para que los presidentes puedan quedarse más de un cuatrienio en el poder.  Parecería haber un consenso en que la experiencia de los segundos periodos de Uribe y Santos no fue la mejor. En fin, que sus reelecciones fueron un error. Una posición que sostienen los mayores adeptos de sus grupos de rabiosos contradictores. No sé quiénes son más fanáticos: los antiuribistas o los antisantistas. Expulsan bilis. Ninguno es capaz de reconocer que sin los ocho años de Uribe y los ocho de Santos -sí, los dos- seguiríamos azotados por la plaga de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Ambas reelecciones fueron necesarias para derrotar militar y políticamente a esa guerrilla.

Las Farc nunca se imaginaron que un país político antireeleccionista en su esencia –ni Carlos Lleras Restrepo ni Alfonso López Michelsen pudieron cumplir su sueño de volver a despachar desde Palacio– le daría el sí a Álvaro Uribe. La apuesta fariana, la que les había favorecido siempre, era que la seguridad democrática moriría el 7 de agosto de 2006. Que era cuestión de aguantar la embestida. Que el tiempo seguía a su favor. Fue un error estratégico del cual nunca se recuperaron. Con Uribe de presidente y Santos, primero de ministro de Defensa y luego como su sucesor, se rompió el mito del todopoderoso secretariado. Esto no hubiera sido posible sin un Uribe reelegido. Para las Farc, fue su cisne negro (la teoría de eventos inesperados expuesta por el libanés Nassim Nicholas Taleb).

La reelección de Santos en 2014 es más polémica, en parte porque el santismo nunca tuvo el fervor popular uribista. Pero fue igualmente crítica. Empezar de cero las negociaciones con las Farc era un salto al vacío. Por eso, millones de colombianos no santistas le dieron su voto a Santos en la segunda vuelta. Quizás Óscar Iván Zuluaga hubiera negociado mejor. Tal vez hubiera salido un acuerdo menos criticable. O también es posible, como toda suposición, que las Farc hubieran optado por abandonar la mesa en La Habana y volver al monte. Mas es llover sobre mojado. Gracias a Uribe y Santos, las temibles Farc son retazos del pasado. Y el tenebroso comandante máximo de la guerrilla más antigua y poderosa del continente, alias Timochenko, debe aguantar, sin inmutarse, insultos y tomates de colombianos enardecidos.

El tiempo le dio la razón a Noemí. La reelección era necesaria.