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Erick Behar Villegas

Estudiar de noche: hablemos de héroes discretos

La academia es un mundo real, y cuanto más se pueda aprender de la combinación de la academia con la vida laboral en las empresas y el Estado termina generando una masa crítica que se traduce en criterio propio, independencia y, ojalá, creatividad para hacer algo por el entorno.
30 de abril de 2019 a las 12:01 a. m.

Hay héroes y heroínas que van más allá de las películas y nuestro imaginario del entretenimiento aspiracional; viven en el día a día y se parecen a los héroes discretos de los que nos habló Vargas Llosa. En este caso me refiero a aquellas personas admirables que toman la decisión de estudiar en la noche mientras trabajan de día y viceversa.

La mujer que trabaja y luego atraviesa la barahúnda de la ciudad para llegar a clase, teniendo obligaciones y preocupaciones; el estudiante que sale cansado de trabajar a clase, se trasnocha haciendo un trabajo y años después dice, ‘soy ingeniero’, ‘soy técnico’, ‘soy biólogo…”. Para mí estos esfuerzos son de las personas que realmente quieren sacar adelante este país, mientras otros por ahí andan empecinados en frenarlo.

Dedicar largos ratos nocturnos a estudiar es un reto que puede ser algo extenuante; genera una aceleración del tiempo que corta las posibilidades de aspirar así sea a ver una película o salir a algún lado. Pero una cosa es estudiar en la casa y quedarse dormido sobre un computador y otra es ir a clase hasta las 10 p.m. para luego seguir estudiando.

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El primer caso lo viví frente a un computador en casa, pero el segundo es el que despierta toda mi admiración. Tener la capacidad de concentrarse en unas integrales a las 9 p.m., en los escritos de Hegel a las 8 p.m., o en unas fórmulas químicas a las 7:30 p.m., inclusive un viernes, mientras los amigos están en la casa o apenas llegan, realmente es algo que merece mucho respeto. Y esta vida pasa muy rápido como para no hacer un alto en el camino y decir que uno admira a alguien.

¿Cómo se puede optimizar el estudio en la noche? En Aweita, un canal peruano, dan seis consejos: tener actitud positiva, sentarse en las primeras filas, aprovechar la tranquilidad de la noche, usar buena luz para leer, evitar comer mucho por aquello de la somnolencia y la lenta digestión, y finalmente, manejar muy bien el tiempo, incluyendo el del sueño. Ciudades complejas como Bogotá suponen aún más retos, pero realmente lo esencial está en la actitud, en aprovechar el simple hecho de que uno está aprendiendo algo y no solo fijarse en el título como tal, sino en el proceso. Como lo decía el escritor suizo Carl Hilty, la educación no viene de la lectura, sino de pensar en lo que hemos leído.

Pero aquí hay un reto muy importante para la sociedad, y digo en especial para los empleadores que tienen el honor de contar con personas que trabajan en su organización y estudian. Es fundamental tener empatía y entender lo valioso que es que un empleado se preocupe porque llegará tarde a clase. La empresa no es la vida de la persona, tampoco lo es el estudio; es todo en su conjunto con aquello que falta en esta lista. Por eso también es esencial acabar con esa absurda cultura de antaño cuando un profesor cerraba las puertas a las 00’ para dar lecciones extrañas de vida. Hay soluciones más creativas y motivantes, y la felicidad de los estudiantes de la noche puede verse motivada en la empatía de empleadores y profesores.

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Además, estudiar y trabajar tiene una gran ventaja algo silenciosa. El hecho de estar trabajando en paralelo permite el contraste dinámico de lo aprendido con lo vivido, rompiendo el antiguo esquema que vertía teoría y ayudaba a procrastinar ‘lo real’. La academia es un mundo real, y cuanto más se pueda aprender de la combinación de la academia con la vida laboral en las empresas y el Estado termina generando una masa crítica que se traduce en criterio propio, independencia y, ojalá, creatividad para hacer algo por el entorno. Esto puede traerle soluciones al empleador sin que sea consciente de esta ventaja. Como lo escribió Chejov, la sabiduría no viene de la edad, sino de la educación y el aprendizaje.

La vida es muy corta y a veces algunos de sus momentos deben significar en nosotros una autosuperación que podrá llevar a una superación colectiva, a buscar más, pero no con ambiciones destructivas, sino con deseos de mejora personal y social. Hoy, las altas horas de la noche en la que muchos están sentados aprendiendo pueden simbolizar un esfuerzo complejo, pero yo lo llamo una inversión en el futuro y una manera eficiente de aprovechar la vida.

Lograr trabajar y en paralelo estudiar es honorable. Mientras algunos pelean por redes sociales desde la comodidad de la casa al terminar su trabajo, otros están aprendiendo; lo hacen para aplicarlo, para no dejarse llevar por discursos absurdos para los cuales el conocimiento no tiene tiempo; lo hacen porque se fijaron rumbos de transformación en sus vidas. Quizá uno de los múltiples pasos que debemos dar para tratar de arreglar esta entropía social que tenemos en Colombia, es empezar a sentir algo de empatía y admiración por los esfuerzos de los demás. Por eso, estudiantes de la noche, chapeau.

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