Mi última columna la terminé con la siguiente pregunta: ¿cómo debemos replantear la educación en Colombia dentro del marco del cambio climático? Ahora vamos a buscar respuestas.
Para ello busqué apoyo en la opinión de Luis Camargo de OpEPA, un colega que como yo y muchas otras personas, buscamos entender cómo lograr de una vez por todas que las instituciones públicas, privadas y en el sistema educativo se tome más en serio la educación para conservar nuestros ecosistemas y afrontar retos ambientales, sociales y económicos como lo son el cambio climático o la pérdida de la biodiversidad.
A continuación exponemos algunas sugerencias para que este tipo de educación sea más efectiva en los hogares, empresas, colegios, universidades y en la calle.
Una cosa es “saber” y otra es “actuar”: Las personas piensan una cosa y hacen otra totalmente diferente. El hecho de que alguien sepa y reconozca que es necesario, por ejemplo, ahorrar agua o electricidad, no significa que lo vaya a hacer. Es por ello que necesitamos enseñar menos teoría y empoderar más a las personas a partir de las experiencias para que ellas mismas repiensen desde su ser (las emociones) y entorno, qué y cómo generar un hábito de consumo más responsable de acuerdo a sus posibilidades y no a lo que les impongan.
El medioambiente no es solo el agua, el bosque o la biodiversidad: Recuerdo cuando estaba en el colegio y mis clases de medioambiente giraban en torno a la protección de los recursos naturales. Lo explicaban como si yo pudiera a mis 12 años ir al Tayrona o a la Amazonía a proteger esta “Magia Salvaje” que existe en nuestro territorio. Pero, ¿con qué dinero, cómo y cuándo? Es indudable que con una sociedad cada vez más urbanizada, hemos perdido la conexión con la naturaleza y todo lo que en ella suceda (ejemplo, la deforestación), sucede allá, bien lejos y eso termina haciendo que sigamos viendo a los ecosistemas como recursos útiles para las personas y no como sistemas de los cuales depende el ser humano.
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¿Qué tan útil es la foto del oso polar?: Una de las imágenes icónicas del cambio climático es la del oso polar parado en un témpano de hielo debido a que su ecosistema se derrite. Otras imágenes son las de las sequías, las inundaciones, los huracanes, la contaminación, la basura, etc. En los últimos años he hecho el ejercicio de preguntarle a las personas qué sienten al ver este tipo de imágenes y responden: “pena, culpa, lástima, vergüenza e impotencia por el hecho de ser algo muy alejado a la realidad de la persona”.
Lo curioso es que hasta el momento ninguna persona me ha dicho: ¡Acción o Cambio! Eso lo lleva a uno a pensar que es necesario educar con mensajes más cercanos a la realidad de las personas. Mensajes que se relacionen con su diario vivir. El oso polar muriendo es un hecho que no hay que desconocer, que se puede mostrar, pero no es el único ni debe ser el elemento central de la educación para abordar el cambio climático.
Las órdenes y los imperativos desmotivan: Es muy común que cuando se trata de “motivar” a las personas a poner nuestro granito de arena para salvar el planeta, nos comuniquen de la siguiente manera: “recicla”, “reusa”, “cierra la llave”, “apaga la luz”, “no arrojes basura”, “cuida el agua”, etc., Este tipo de mensajes comparten algo en común: utilizan imperativos y/o dan órdenes. Con el tiempo voy entendiendo que las personas no actúan cuando se les pide que hagan o que dejen de hacer una u otra cosa.
Cada persona tiene su propia respuesta y tiene la capacidad de autoregularse. Me explico, cada quien sabrá cuándo apagar la luz y lo hará si y solo si, de una manera autónoma y proactiva logra identificar que lo correcto es apagar la luz. Por tal motivo, lo más acertado es llevar a la persona a la autoreflexión. El día en el que la persona identifique por medio de su propio entendimiento lo que se puede hacer mejor, ese día empieza a generarse un hábito de consumo sostenible.
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Aceptémoslo, lo que mueve a las personas es: el bolsillo, la salud, el sexo, el humor, el morbo, los deportes y la moda.
Entender los retos ambientales y las oportunidades para mantenerlo en buenas condiciones implica dejar de enseñar teorías y pasar a inspirar actitudes. La pregunta entonces es: ¿Qué le gusta y llama la atención de las personas para que logremos inspirar a la acción? Transmitir el mensaje de no talar el árbol es válido y casi todos estamos de acuerdo con ello. Pero no es totalmente inspiracional porque el mensaje no genera un chispazo emocional que nos haga querer cuidar el árbol.
Cuando se logra hacer un puente entre los retos ambientales y elementos que nos atañen las emociones y la curiosidad, la probabilidad de lograr proactividad para querer cuidar el medio ambiente, aumenta.
Espero que esta columna haya contribuido en algo: motivar a la acción para hacer algo para conservar nuestros ecosistemas y dejar el letargo que nos consume o por lo menos enriquecer el debate medioambiental.
¡Hasta el próximo jueves!

