COLUMNISTAS

Sergio Guzmán

La inseguridad se esconde detrás de placas

El Túnel de la Línea es un esfuerzo para conectar a Colombia entre sí y con el mundo. A pesar de eso, el presidente Duque y su partido han hecho pocos esfuerzos para unir a los colombianos frente un propósito común.
8 de septiembre de 2020 a las 12:01 a. m.

La inauguración del Túnel de la Línea -con bombos, platillos y una enorme placa- revela la inseguridad del Gobierno en cuanto a sus logros. Sin embargo, todos los gobiernos hacen una versión de lo mismo con los logros de sus antecesores.

El Túnel de la Línea es, quizás, la obra de infraestructura más importante que inaugurará el Gobierno del presidente Iván Duque. No es para menos: se trata de un gigantesco paso para cerrar una brecha clave de conectividad entre el centro y el occidente del país. Puede ser que sólo sea de un trayecto, pero por algo se empieza.

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En su Twitter, el Invías mostró una foto de la inauguración del túnel en la que aparece una placa conmemorativa de gran tamaño. El enorme despliegue de propaganda que empleó el Gobierno para asumir el crédito por la terminación del túnel es sugestivo de algo más importante. Parecería ser que el tamaño de la placa es inversamente proporcional a la seguridad del gobierno sobre su gestión.

La práctica de cortar la cinta en obras entregadas ha sido considerada una actividad política tradicional. A pesar de ser una obra que fue administrada por tres presidentes distintos y un importante número de ministros de Transporte, asesores y gobernadores de Tolima y Quindío, son los últimos quienes se llevan el crédito de haberlo completado. Es como si en una carrera de relevos, solamente saliera premiado quién cruzó la línea final.

Esto es un desincentivo para que exista colaboración entre las distintas administraciones y logremos encontrar un rumbo común. El país requiere no sólo obras de infraestructura, sino cambios sustanciales cuyos cronogramas trasciendan un solo periodo de gobierno (sea este a nivel local o a nivel nacional).

Faltan acuerdos políticos sobre lo sustancial. Existen aún visiones de país radicalmente distintas en temas como paz, pobreza, equidad social, desarrollo rural, generación energética y modelo económico. Una parte importante del problema es que los candidatos se hacen elegir presentando similitudes o contrastes con la administración de turno, lo que genera una presión importante para cumplir con una agenda determinada.

Y no es un problema exclusivamente criollo: el mismo dilema se presenta en EE. UU. durante la próxima elección. Pero es un asunto que en Colombia nos ha mantenido estancados por más de una generación, entre godos y cachiporros entonces, y entre uribistas y antiuribistas ahora.

Durante los próximos dos años, con seguridad, Duque iniciará obras que serán completadas e inauguradas por sus sucesores. Ellos, seguramente bajo distintas banderas, también las utilizarán para demostrar su gestión y validar su plan de gobierno. En ese sentido, vemos que el país es segunda prioridad ante las ambiciones políticas de quien ocupa temporalmente el solio de Bolívar.

Dependiendo de quién sea el próximo presidente o presidenta, Duque y su equipo buscarán atribuirse el crédito por cualquier acierto o inauguración. Esto, luego, terminará en el papelón que los colombianos ya vimos entre Uribe y Santos o entre Peñalosa y Petro. Con mucha seguridad se repetirá.

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A falta de un propósito común sobre los temas fundamentales, Duque no pasará a la historia como un presidente que le dio un rumbo definitivo al país. En cambio, será recordado como el mandatario que sucedió a Santos, buscó darle seguridad jurídica a Uribe, gestionó el Coronavirus e inauguró el Túnel de la Línea.

Por más grande que sea la placa que coloque el presidente Duque a las obras que inaugure de aquí en adelante, es poco probable que su gestión sobresalga por la capacidad de generar unión entre los colombianos. ¿Querrá o podrá obrar distinto Duque?