pasar fijándose

La curiosidad, los derechos, la autora muerta

Por: Carolina Sanín

"La disputa sobre la publicación de 'El tiempo de las amazonas' nos ha llevado a pensar en días recientes sobre viejos temas".


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Las hijas de la escritora colombiana Marvel Moreno accedieron finalmente, según dice la prensa, a que un lector contratado por una editorial específica lea El tiempo de las amazonas, la novela inédita de su madre, y dé su opinión sobre ella, para saber si es conveniente o no que se publique. Unos días antes, ante la protesta de un grupo de lectoras en la Feria del Libro de Barranquilla, el exesposo de la escritora muerta contó que la novela, según las hijas, había sido escrita “precipitadamente”, que no tenía “claridad ni profundidad en los personajes” y que “no valía la pena” publicarla porque le “dañaría” a Marvel Moreno “su reputación de escritora”. El problema viene de hace décadas: una y otra vez se ha reclamado la publicación de El tiempo de las amazonas, y para ello se ha aducido que la voluntad expresa de su autora fue que se publicara.

Hay en el caso varios presupuestos problemáticos: primero, la noción de que la calidad de una obra literaria debe o puede ser juzgada –antes que por nadie más– por las personas “cercanas” (los familiares, los amigos) a la autora de la obra. Segundo, la noción de que la calidad de una obra depende de la velocidad con que fue escrita o la “profundidad” de sus personajes. Tercero, la presunción de que la calidad es el único criterio con el que se resuelve que una obra deba ser conocida o no por el público. Cuarto, la idea de la afectación de la “reputación” de un muerto como argumento para que no salga a la luz algo que el muerto efectivamente hizo, y la idea contradictoria (y bastante cínica) de que la reputación literaria de alguien deba cuidarse por encima de (y defenderse de) las obras que supuestamente construyen tal reputación. Y quinto, la idea de que la pretérita voluntad de su autora, que ya no está viva, deba ser determinante a la hora de publicar póstumamente una obra literaria.

La razón por la que debería publicarse la novela de Moreno no es porque ella lo haya querido (si los vivos obedecieran la voluntad de silencio o elocuencia de los que ya no viven, entonces no debería haberse publicado la obra de Franz Kafka, que manifestó su deseo de que se quemase). Tampoco debe publicarse la obra de Moreno solo si es buena. Quizá El tiempo de las amazonas tenga un gran valor estético, o quizás su valor sea principalmente documental o biográfico; la cosa es que el público quiere leerla, para en ella buscar el mundo y buscarse a sí mismos. Antes que ninguna otra consideración (histórica, patriótica, política, estética o de género) debe considerarse esa de la curiosidad: si unas personas quieren ver algo que en el momento está oculto y ese algo puede mostrarse, entonces debe mostrarse. Puedo concebir algo así como una obligación general, primordial, a la visibilización.

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La disputa sobre la publicación de El tiempo de las amazonas nos ha llevado a pensar en días recientes sobre viejos temas. Por una parte está la oposición entre el interés privado (de la familia) y el público (digamos, de los lectores de la nación); derivada de esa cuestión, está la pregunta sobre qué hace que un autor sea considerado de interés nacional y otro no. Luego, tenemos la discusión acerca de si es razonable que los derechos de autor sean hereditarios. ¿No sería más sensato que a la muerte de un autor, su obra pasara inmediatamente a ser de dominio público? ¿O podría encontrarse una solución intermedia, que garantizara ciertos derechos patrimoniales para la viuda y los huérfanos, pero impidiera que estos controlaran la obra y la memoria de la muerta?

El caso sugiere también otros problemas de índole más poética –o filosófica, que es o debería ser lo mismo–. ¿Son más parientes de una autora muerta su viudo o sus hijas que su lectora? ¿La persona muerta llamada Marvel Moreno (madre de unas personas, ciudadana de determinado país, etc.) es la misma autora de El tiempo de las amazonas? En otras palabras, ¿hay alguien que realmente pueda decir que es heredero (hijo, viudo) de la autora de una novela, o la autora es un personaje distinto, que solo en el texto puede haber vivido y podría seguir viviendo? ¿Puede alguien hablar por un muerto que, en tanto autor de un libro, escribió para nunca estar muerto en ese libro, y para nunca estar vivo más que en él? Y, por último, ¿qué derechos tiene una obra –no ya su autor–?

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