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Autor, personaje, protagonista

Por: Carolina Vegas

Una reseña de 'Descubrí que estaba muerto' de J. P. Cuenca.

En tiempos de redes sociales, en los que la fama es más importante que la obra, en los que la opinión va más allá de los hechos y todos quieren ser oídos y vistos, y en los que la vida y la ficción se unen en el afán por la hiperedición, J. P. Cuenca se lanza a contar una historia en la que no solo es escritor, narrador y protagonista, sino que además está muerto. O eso es lo que señala un folio de la policía, que asegura que en 2008 su cadáver fue reconocido y que él, en efecto, murió en un edificio tomado en una zona periférica de la inmensa ciudad de Río de Janeiro. Esta historia, real, es el punto de partida de la novela y del largometraje A morte de J. P. Cuenca (2016), que se une a esta narración a manera de performance.

Cuenca se lanza a un relato metaficcional en el que no solo da un panorama de la ciudad Carioca –que se prepara a recibir los juegos olímpicos, y con ello a un esfuerzo inmenso por “limpiar la urbe”–, sino que da cuenta de una generación de brasileños de clase media y alta que, ante el crecimiento económico, viven su vida de oligarcas clasistas en un país cada día más desigual, corrupto y hundido en la criminalidad desde todos los frentes. El texto también es la confesión de un escritor que promete una gran novela a sus editores, pero sabe que logra hacer mejores ingresos como vedette del mundo intelectual y se resigna a ganar su sustento en charlas, congresos, ferias y festivales, en donde repite un monólogo grandilocuente que ni él se cree, mientras crece el bloqueo, la soledad, el tedio y un desagrado profundo hacia su ciudad, su sociedad y sus amigos. João Paulo Cuenca, el personaje (¿el autor?), es un misántropo consumado que busca huir de todo. Por eso, la información de su propia muerte es al final también un salvavidas que le impide hundirse en su propio desprecio y narcisismo. O como tantos le repiten (a él y a casi todos los que escriben), una excelente historia para una novela.

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Descubrí que estaba muerto no es solo una muestra de la vida de quien se dedica a escribir en el siglo XXI y logra cierto reconocimiento, sino también una crítica furiosa a una generación de niños consentidos que todo lo tuvieron y que hoy carecen de profundidad, autocrítica y empatía. Con una prosa fluida y sencilla, el autor logra crear una atmósfera que se vuelve cada vez más asfixiante. Cuando siente que ha logrado agarrar el hilo de trama y develar la historia, el lector descubre que, aunque lo que cuenta Cuenca es gracioso, acertado y verosímil, por ahí no es.

El autor, escogido por la revista Granta como uno de los 20 mejores escritores de Brasil y miembro de la primera camada de Bogotá 39, logra construir una narración en la que también busca destruirse; en la que quiere desaparecer y mostrar asimismo su lado más macabro, escabroso y desagradable. Ficción o realidad, quién sabe. La figura que presenta a partir de sí mismo dista del personaje que ha creado en el libro: precisamente las charlas que ha presentado en ferias, festivales y congresos, da muestra de un hombre afable, con gran sentido del humor.

Esta es una novela que pasa por todos los estadios: de lo light a lo profundo, de lo claro a lo bizarro, del sentido al sinsentido, pero que en sus poco más de 200 páginas mantiene al lector pegado a las páginas de una narración que enaltece y envilece a Río de Janeiro, pero la mantiene protagónica en sus líneas.