Uno piensa en lo mucho que le harían falta los amigos, la mamá, la pareja, la mascota o la internet, pero ¿se ha detenido usted a pensar cómo expresaríamos nuestra rabia, emoción, dolor, satisfacción o terror si no existieran las groserías?
Píntese la siguiente situación: El reloj despertador no lo despertó porque el celular se descargó, ya que la luz se fue toda la noche y no cargó, entonces usted no tiene cómo llamar a su trabajo para excusarse, así que, calmadamente, dice: ¡Diantres! Me cogió la infernal tardecirijilla; entonces se levanta, se viste sin bañarse, se cepilla con el dedo y empaca el desayuno para comerlo en el camino. Se monta al bus, lleno, y se le cae la devuelta, toda en monedas, de un billete de 10 000. Empieza a sudar y a sentir cómo el hedor de los otros se le pega, así que piensa: Qué contrariedad, de no haber sido por el celular del indebido averno, estaría ya desayunando en la oficina. ¿Les parece verosímil?
Las groserías se nos volvieron cotidianas, casi todos tenemos groserías que se nos convirtieron en muletillas. El marica es la coma más común de hoy en día: “Uy, marica, nos varamos, nos dejó tirados este gran marica carro, qué maricada, yo sí le había dicho a ese otro marica que lo pillara”, ¿o ustedes se lo imaginan diferente? “Oh, vaya suerte la nuestra, nuestro vehículo automotor ha empezado a presentar fallas, debimos revisarlo antes”. ¡NO! La grosería es importante, es parte del lenguaje por razones válidas, pero debe aislarse su uso sólo a esos casos donde se convierte en un medio transmisor de ira, rabia y frustración. El insulto es el polo a tierra del ser humano, así sea considerado indebido y vulgar.
Se calcula que su invención se remonta a la época de los trogloditas, cuando se empezaron a desarrollar las cuerdas vocales y los primeros fonemas surgieron. Se presume que en ese tiempo, así las groserías fueran cosas como “Ugaaa, ugaaa, pal, pal”, tuvieron que nacer con el lenguaje hablado, puesto que son la respuesta a un impulso humano de expresar el dolor, la rabia, la frustración o cualquier sentimiento de contrariedad o mala suerte.
Si se ponen a imaginar qué gritó el primero que se dio en el dedito del pie con la pata de la cama o el nochero, no fue: "¡Oh, desgraciado, vil armatoste fabricado en carne de árbol que esperas en el camino, solo y seco, a por tu próxima e infortunada víctima; maldito sean tú y los tuyos!" No, es que no me lo termino de imaginar. En un momento como ese, con permiso de los presentes, uno toma aire, cierra los ojos, paraliza todo el cuerpo y grita: _ U E _ U _ A.
El problema es que se nos ha vuelto común y corriente el uso de las groserías; para saludar, para despedir, para celebrar, llorar, renegar o para regañar utilizamos palabras vulgares (vulgar, de vulgo, que significa el pueblo. Es lo que somos nosotros) y se nos volvió volviendo, poco a poco, un acto tan común y corriente que no nos detenemos a examinarlo.
Somos una sociedad grosera, malhablada, indebida e impertinente, como por mencionar lo primero que se me ocurre ¿Qué pasa que no podemos dejar esas palabras para tener el gustico de decírselas a alguien que se las merezca? Porque pocas cosas habrán más satisfactorias que soltar un insulto cuando la situación lo amerita, incluso sin dedicárselo a alguien; pero es eso, cuando sea necesario, no por deporte.
Es feo escuchar la gente en la calle, en el colegio, en la universidad, cambiándole a uno el nombre por marica o por güe.... Para aquellos que quizá tengan más mala memoria, que no puedan recordar con facilidad nombres, muy práctico que las llame amor u osito a todos; pero mientras no se trate de una situación así, a mí llámenme por el nombre, que para eso lo tengo.
Y, finalmente, como respuesta al título, sin groserías seríamos todos como esas señoras pelimoradas, generalmente, que se ríen con la repetición silábica oyoyoyoy para no arrugarse y se aplican cuánto truquito escuchan para retener la edad escuchan. Todos pudorosos de mostrar nuestros miedos, nuestras emociones, nuestras pasiones y sobre todo nuestras intensiones, como los políticos.
Caricatura: Stiven Acuña.