Genuino y veraz en su testimonio sobre los complejos eventos en los que participó, aunque reconociendo la validez de otras opiniones; riguroso en la defensa de las opciones que decidió defender en una negociación compleja frente a un adversario aguerrido y talentoso; claro en la exposición, que es virtud que siempre ha sido suya; y leal con Santos a pesar de que lo dejó colgado de la brocha cuando decidió mandar a La Habana a los denominados “juristas” para que destrabaran la negociación en el punto complejo de la justicia transicional. Todos estos son atributos del libro de nuestro jefe negociador en La Habana, el cual será referente necesario para entender unos hechos que mucho incidieron en nuestra historia reciente y cuyos efectos se han de prolongar por años.
El libro explica bien las razones para haber aceptado que, en ciertos casos, pueda haber sanciones “restrictivas pero no privativas de la libertad” en beneficio de los antiguos alzados en armas; el otorgamiento a ellos de derechos políticos, incluidos la garantía de unas curules en el Congreso durante varios periodos, sea cual fueren los votos que obtengan; el tratamiento, en ciertas circunstancias, de los delitos de narcotráfico como delitos políticos y, por lo tanto, merecedores de un tratamiento punitivo benévolo; el privilegio de no extradición por los delitos cometidos antes del fin del conflicto.
Tales estipulaciones, que este columnista comparte, son razonables si se admite que las antiguas Farc no eran meramente un grupo delincuencial, sino que seguían siendo actores armados inspirados en un ideario político, y que, aunque debilitadas, no habían sido vencidas en el plano militar. Sin embargo, en las elecciones de 2002 y 2006 una mayoría abrumadora del electorado se movilizó en contra de cualquier concesión a “esos bandidos y terroristas”. Los comicios plebiscitarios del 2016 y presidenciales del año pasado confirmaron ese rechazo. Esa es la tragedia en la que estamos sumidos. Le corresponde a Duque implementar unos compromisos que la Colombia profunda rechaza, incluido su propio partido, el cual, siendo mayoritario, no cuenta con mayorías parlamentarias.
A pesar del título elegido para su libro, De la Calle omite dar explicaciones de por qué denomina el conflicto colombiano “una guerra”. Esta es una extraña omisión. Primero, por cuanto de su adecuada caracterización depende la estrategia para resolverlo. Y segundo, porque esa expresión, que fue usada con idéntica laxitud por Santos y los integrantes del equipo negociador, dio pie para que se creyera que Colombia estuvo inmersa, durante media centuria, en una guerra civil con las Farc. Si eso fuera verdad, Colombia habría sido un Estado fallido durante un largo periodo de su historia reciente, condición que ningún historiador reconocido le atribuye. Las guerras civiles suponen una amplia movilización de la sociedad civil en torno a dos modelos antagónicos, y un amplio despliegue de acciones armadas por parte de ambos bandos, teniendo, uno y otro, grados importantes, aunque no necesariamente simétricos, de control territorial. De otro lado, el armisticio con nuestra contraparte en “la guerra”, nos habría debido conducir a lo que se denominó “el posconflicto”, comienzo este a su vez de “una paz estable y duradera”. Nada de eso sucedió, lastimosamente. Lo que si pasó fue que el presidente Santos ganó el Nobel de Paz del 2016 -según se lee en el comunicado oficial- "por sus denodados esfuerzos por finalizar una guerra civil de más de cincuenta años”. Gran logro de la diplomacia colombiana.
Un notable novelista -Juan Gabriel Vásquez- en el prólogo desliza la tesis según la cual el fracaso del plebiscito obedeció a una mezquina conjura de los voceros del No contra una noble iniciativa de la que habría de resultar la paz de nuestro país. Maniqueísmo puro. Directa consecuencia de la tesis de un gobierno que nos dividió entre amigos y enemigos de un proyecto redentor. Vásquez no hubiere incurrido en esta ligereza si hubiere tenido en cuenta sus propias palabras a propósito de Miguel de Cervantes: “En medio del dogma y de los absolutismos reinantes, logrará construir un sistema de pensamiento que es un rechazo de toda visión monolítica: que nos permitirá, ya para siempre, la tarea dificilísima (…) de mirar al mundo desde varios lugares a la vez”. Como lector riguroso que es, podrá corroborar su tesis sobre la multiplicidad de los puntos de vista releyendo “El Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell, obra cumbre de la literatura del siglo XX.
No defenderé las exageraciones o, si se quiere, “mentiras” de los adversarios del Acuerdo, pero lo que se hizo desde el Gobierno es reprochable. Si el plebiscito hubiere triunfado habríamos quedado sumidos en una confrontación por la legitimidad de imprevisibles consecuencias. La infortunada referencia de Vásquez, e indirecta del autor del libro (nadie le escogió el prologuista), me obliga a decir que fue inaudito colocarnos en esas categorías antagónicas; que la ostentosa firma del Acuerdo en frente de la comunidad internacional, antes de que el Pueblo se pronunciara en las urnas, fue un abuso; que el Gobierno hizo propaganda con recursos públicos que no existieron para la oposición. (Pobre De la Calle, un hombre decente, metido, quizás sin querer, en este juego turbio).
A pesar de esas fallas, hoy acompaño la implementación del texto del Teatro Colón. Estas son, de nuevo, mis razones: (I) la renegociación del texto habanero resolvió varias objeciones graves; (II) en el llamado proceso de implementación, el Congreso continuó la tarea de corregir aspectos inconvenientes; (III) la Corte Constitucional, mediante decisiones que, en parte, no comparto, le dio una jerarquía supralegal al Acuerdo; (IV) y, finalmente, así hayamos pagado costos elevados y de que la desmovilización fue incompleta, ese pacto le ha servido al país. Hay, pues, que doblar esa página y proyectarnos hacia un futuro que, en materia de seguridad, plantea elevados riesgos.
Briznas poéticas. De Wislawa Szymborska, gran voz de Polonia. “Después de la guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo. / Alguien debe echar los escombros a la cuneta / para que puedan pasar / los carros llenos de cadáveres.
