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| 12/7/2002 12:00:00 AM

Solo y feliz

Ser hijo único no es tan malo como se dice. Un nuevo libro muestra que ellos crecen tan felices como los demás.

Laura es hija unica. Tiene 15 años y disfruta cada minuto de su vida. No sabe qué son las peleas con los hermanos por un juguete o por ver quién tiene el turno del Playstation. No se imagina cómo son las competencias por el cariño y la atención de los padres en familias numerosas pues ella siempre lo ha tenido todo a pedir de boca. La crianza ha sido hasta el momento tranquila pues sus padres son muy calmados, incluso cuando se hacen inevitables los regaños, y por eso su vida ha transcurrido en un ambiente de paz. No como sucede en otras casas, como la de sus primos, donde hay tres niños y una constante algarabía por los regaños de la mamá y las peleas de los pequeños. Aunque algunas veces extrañó un hermanito siente que ser hija única fue una experiencia positiva que le ayudó a sentirse cómoda en la soledad y a entretenerse por sí misma.

Con testimonios como este y con las inquietudes que a diario llegan a su consulta las sicólogas María Elena López y María Teresa Arango escribieron el libro El hijo único, en el que tratan de desmitificar la idea de que son niños problemáticos, rebeldes, dependientes y caprichosos por el simple hecho de no tener hermanos. El tema ha cobrado importancia en el país debido a que cada vez más parejas deciden quedarse con un solo hijo. Muchos lo hacen por problemas de fertilidad. Pero también se debe a factores culturales, pues hombres y mujeres están posponiendo la fecha del matrimonio y la concepción de los hijos. De hecho, muchas madres dan a luz por primera vez después de los 30 y cuando tienen que decidir sobre el segundo bebé sienten miedo del parto o de tener que asumir una nueva responsabilidad y prefieren dejar la familia de ese tamaño. Otro grupo lo conforman quienes se separan después de tener el primer hijo y se quedan con un solo muchachito, ya sea por decisión o porque se les pasa el tiempo mientras encuentran de nuevo una pareja estable. Pero un grupo especial -que cada vez es más grande- lo conforman quienes deciden en forma consciente tener sólo un hijo para poder darle toda la atención que se merece y ofrecerle privilegios económicos que con más hijos no podrían sostener. También está el deseo de muchas mujeres de poder desarrollar sus carreras profesionales, cosa que sería más difícil con dos y casi imposible con tres o más niños en la casa.

Ni mejor ni peor

Pero si bien en el pasado no tener más que un hijo era visto como una desgracia hoy los sicólogos lo ven como una situación normal que no es mejor ni peor que otras. Sólo es diferente. "Existen más riesgos de sobreprotección y dependencia y por eso hay que estar atentos para detectar estas situaciones, dice María Elena López, una de las autoras. Pero lo curioso es que los niños ven esta experiencia de manera positiva".

Las expertas también encontraron que existe una curiosidad permanente de los papás por saber cómo proceder en determinadas situaciones propias de la crianza de un hijo único. "Los padres de estos niños no quieren embarrarla y están más atentos a la educación que otros", dice ella. Esto asegura que se hagan los ajustes necesarios en el camino y que los efectos negativos de esta situación se minimicen.

Entre las dudas más frecuentes de los padres están, por ejemplo, cómo no sobreprotegerlo, cómo darle libertades sin sentir que lo están abandonando, cómo quitarse la culpa por no haberle dado un hermanito o cómo ahuyentar los temores de que a alguno de los dos le pase algo y se queden solos. Para las autoras la clave está en la actitud que los padres asuman. En lugar de sentir complejo de culpa se deben reforzar todas las ventajas que los hijos únicos traen: que les prestan más atención, que reciben todo el afecto, que les dedican más tiempo que a otros niños, que pueden ser mejores estudiantes porque están más estimulados y que son más tranquilos pues todos los posibles conflictos se solucionan en armonía debido a que los padres no tienen la presión de la crianza de otros hijos y a su vez los niños no están disputándose ningún lugar dentro del hogar. Algunos también creen que ser hijo único les ayudó a tener una mejor autoestima pues nunca fueron comparados con otros sino aceptados tal y como eran.

Todo esto no significa que el hijo único no sea vulnerable a ciertos problemas. Paradójicamente, muchas de las cosas que los hijos únicos ven como buenas los padres las consideran desventajas. "Mientras ellos ven la soledad como algo bueno los papás la ven dramática", dice María Elena. Aunque estas preocupaciones son válidas, pues estos niños son más vulnerables a ser egoístas, autosuficientes o poco sociables, hay mucho por hacer. Lo primero es pensar que estos rasgos no son exclusivos de hijos únicos (ver recuadro). Lo segundo es promover situaciones en las que el niño aprenda a compartir con otros, ya sea en la guardería o invitando a otros amigos a la casa para que desarrollen sus destrezas sociales. Un énfasis especial se debe hacer en la independencia pues es muy frecuente que los padres quieran sobreproteger a su único hijo. Como el pequeño establece una relación muy estrecha con ellos es necesario estimularlo para que haga cosas solo y adquiera ciertas responsabilidades a medida que crece.

Pero lo más importante -y tal vez ese es el mensaje del libro- es que los hijos únicos no son bichos raros por el simple hecho de no tener hermanos. Los problemas en la crianza son inherentes a los niños sin importar si vienen de una familia numerosa o no. Como dice María Elena, la idea es que "los padres se sientan tranquilos frente a los temores que puedan surgir y ayudarles a que descubran que esta puede ser una experiencia gratificante si saben potenciar sus ventajas y manejar apropiadamente los inconvenientes".

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