10 años de política pública lgbti en bogotá

La visibilidad como apuesta política

Por: Sandra Liliana Montealegre

"En muchos caminos, poner nuestro cuerpo ha sido el significado de nuestro andar político, y hemos invertido bastante tiempo en defender la vida como derecho". Testimonio.


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Hace diecinueve años decidí jugármela por darles la cara a mis apuestas políticas. Lo hice siendo una mujer lesbiana orgullosa de serlo, creyendo en la potencia del amor libre como acto político y articulando la idea de que amarnos es fundamental: no solo para nuestro deseo, sino para que este sea un país mejor para todos y todas. Esto me llevó, entre otras cosas, a formar parte, como mujer lesbiana, del proceso de paz y de la lucha por la despenalización total del aborto. Pero entonces no era fácil ser lesbiana; no había tanta apertura ni visibilidad. Ser mujer, lesbiana y joven eran condiciones que, más allá de poder considerarse una acción afirmativa, significaban estar en un lugar de vulnerabilidad particular, que podía poner en peligro hasta tu vida.

La visibilidad fue una apuesta de las mujeres. Nosotras nos quitamos la máscara en la Corte Constitucional y exigimos que el Estado eliminara del Estatuto Docente la homosexualidad como una causal de despido; nosotras salimos a marchar para reivindicar los derechos humanos de las mujeres; a nosotras se nos atravesaba el género por todos los lados de las discriminaciones y la desigualdad y, a pesar de ello, nos mantuvimos en la apuesta de gritarle al mundo que nos sentíamos orgullosas de ser lesbianas y que para nosotras era importante poder vivir en un mejor país.

Recuerdo la voz de mi padre la primera vez que ocupé una primera plana en un diario nacional después de haber defendido la ley de parejas del mismo sexo: “Siempre tienes que ser la mejor y la más valiente, ya para mí eso es orgullo”. Su mensaje era algo así como: si vas a ser zapatera, tienes que ser la mejor. Y así fue. A pesar de lo que implica ser una lesbiana visible, le entregué todo a esta primera apuesta: a hablar sin tapujos de mi opción por el amor entre mujeres, a salir sin máscara y dejar saber que lo político pasa también por el cuerpo, el “primer territorio de paz”.

Mi primer nicho político fue Triángulo Negro, un espacio de encuentro en que confluíamos semanalmente. Allá dimos muchos debates alrededor de lo que significa ser una mujer lesbiana en Bogotá, de los aconteceres cotidianos y las luchas diarias que se viven en tu cuerpo cuando no eres la mujer promedio o cuando siéndolo tienes que ocultar que tu pareja es una mujer o que tu apuesta no es el molde, sino la disidencia.

En 2001 había apenas unos pocos grupos de mujeres; pero ya había una voz de las mujeres lesbianas, y esto fue fundamental en la construcción de una paz negociada que reconociera a las víctimas. Nos llamaron a formar parte de Planeta Paz, un proyecto que buscaba agrupar a los sectores sociales en torno a la búsqueda negociada y con justicia para todas las víctimas. Allá, en medio de numerosas discusiones, decidimos ponernos la sigla LGBT; con la L de primera porque era necesaria una acción afirmativa hacia la mujer. Le contamos al país historias de gays, lesbianas, bisexuales y trans; nos atrevimos a explicar que también habíamos sido víctimas, que a muchos y muchas nos asesinaron por el hecho de amarnos y que sí existía un fenómeno de violación correctiva a mujeres lesbianas.

El diálogo de paz entre el gobierno y las Farc en 2001 puso en evidencia la necesidad de generar encuentros alrededor de los movimientos sociales víctimas del conflicto. También llevó al escenario la necesidad de reconstruir una Colombia sobre la base del protagonismo de la sociedad civil, pues esta ha sentido el dolor de la guerra con especial intensidad. En ese proceso de reconocer la diversidad de las víctimas aparecieron para el país las personas trans, las lesbianas, los gays y las personas bisexuales, que también padecieron los horrores de la guerra y tenían derecho a ser reparadas.

En ese momento se configuró la historia de un movimiento social que gira en torno a lo que nos une –decidimos, lo digo de nuevo, ser LGBT, con la L primero– y le exigimos al país ser ciudadanos y ciudadanas de primera clase. Este movimiento, sin embargo, siguió en deuda con las mujeres, y por ello resolvimos seguir caminando juntas.

Un día de buena conversa decidimos, entonces, apostar por la visibilidad ya no individual, sino colectiva. Nos juntamos a hacer música y a tomarnos lo público desde otros lugares, siendo el toque lésbico la primera batucada de mujeres en el país. Nuestras tonadas hicieron que la toma de lo público ya no fuera la misma de antes. Por primera vez, las organizadoras de la marcha del 25 de noviembre nos invitaron a encabezarla; los 8 de marzo nos convocaron a gritar que las lesbianas también somos mujeres y que nos cruza el hecho de serlo en una sociedad patriarcal y desigual; los 1 de mayo salimos con nuestra tocada –cada quien que pasa por nuestro lado prefiere bailar en vez de combatir–; así mismo, salimos a tocarle a Alejandro Ordóñez porque en vez de procurador era monseñor, y caminamos juntas con las mujeres que le apuestan a la despenalización del aborto.

En muchos caminos, poner nuestro cuerpo ha sido el significado de nuestro andar político, y hemos invertido bastante tiempo en defender la vida como derecho. Y lo seguiremos haciendo hasta que no haya una injusticia en el mundo; hasta que no haya una sola mujer víctima de violencia; hasta que a igual trabajo, igual salario; hasta que, por fin, este lugar que habitamos sea feliz para todos y todas. La felicidad y el amor son, y seguirán siendo, mi apuesta política.