"Se vende esta finca", dice un letrero que se ve desde la carretera que de Manizales lleva a Chinchiná. Es uno de los muchos avisos que abundan por estos días en el Eje Cafetero, pues los bajísimos precios empujan todos los días a miles de empresarios del grano a salir de sus propiedades para responder por sus deudas o, simplemente, para tener con qué vivir. Son tan tristes las perspectivas del negocio cafetero, tantas las fincas en venta y tan pocos los compradores interesados que junto al letrero de "Se vende" en la vía a Chinchiná alguien ha escrito "A que no". Félix Octavio Corrales es un caficultor mediano que tiene su finca en Palestina, Caldas, una de las zonas más productivas del país. "Antes nos endeudábamos, pagábamos la cosecha y nos quedaba platica", dice este asesor de seguros que hace 20 años decidió convertirse también en empresario cafetero. Pero cuenta que el negocio se empezó a dañar. Comenzó a colgarse con las cuotas, y -como muchos otros- terminó por endeudarse por fuera -con particulares- para no quedarle mal al banco. "Ahora la finca se le traga a usted la plata suya, la de los amigos y la de los bancos", afirma. Felipe Hoyos vende su cosecha en una cooperativa de caficultores en Chinchiná. Prefiere dejarla unos días en consignación con la esperanza de que el precio suba aunque sea un poquito y así ganarse unos pesitos. Maneja una producción grande, organizada y tecnificada. Este año, a diferencia de los dos anteriores, el clima le ayudó. La cosecha, que empezó a principios de octubre, ha estado buena y planea sacar unas 38.000 arrobas de café. El problema es que se lo están pagando a 25.100 pesos, cuando producirlo le cuesta 27.000. El año pasado, cuando sacó poco café, se lo pagaban a 34.000 pesos. Pero ahora está trabajando a pérdida. "Así estamos todos", dice este cafetero, que se cuenta entre los más eficientes y productivos, y emplea a 360 personas en tiempos de recolección.La historia no es muy distinta para los pequeños productores, que son la mayoría. Albeiro Duque es un caficultor de la vereda El Cuchillal, en cercanías de Manizales, donde hay otros 170 campesinos que, al igual que él, ocupan terrenos de una -o máximo dos- hectáreas. A sus 36 años Albeiro trabaja con dedicación para sostener a su familia, pero a pesar de sus esfuerzos "la tierra no le da". Vende su café a 12.000 pesos la arroba -la mitad del precio oficial-, pues el grano de esa zona no es de buena calidad y eso reduce el valor. "Estamos muy asustados", dice con una cara de preocupación que vuelve redundantes sus palabras. Tiene cerrado el acceso al crédito pues el fondo rotatorio del Fondo Nacional del Café, que era la mano derecha de productores como él, se acabó porque la gente no volvió a pagar. Y no encuentra otro cultivo que le pueda dar para vivir en un terreno tan pequeño.Por estos días testimonios como estos se escuchan en todas partes en las zonas productoras de café. En las fincas y en las ciudades el tema de conversación no es otro que esta crisis cafetera, que ya nadie duda en calificar como la peor en la historia. Una crisis que ya no es como las de antes, cuando los caprichos del clima en Brasil podían hacer bajar el precio del grano un año, pero subir al siguiente. El mundo cafetero ahora es otro, y ni las heladas en el país vecino ni los esfuerzos de las naciones productoras por recortar la oferta sirven ya para aliviar la situación.Otro mundo Las cosas empezaron a cambiar en 1989, cuando se rompió el acuerdo que regulaba mediante un sistema de cuotas el comercio internacional del grano y garantizaba a los países productores un precio mínimo de 1,2 dólares por libra. Los países consumidores perdieron el interés en este pacto que antes habían impulsado por razones principalmente geopolíticas, en el contexto de la guerra fría. Roto el acuerdo de cuotas, el café quedó sometido al libre mercado y desde entonces los precios no han parado de caer. Tanto que 1,2 dólares que en 1989 se consideraban un 'mínimo' hoy en día serían una bonanza, pues en la actualidad el café colombiano se está vendiendo a 62 centavos de dólar en los mercados internacionales. Después apareció Vietnam y puso patas arriba la caficultura mundial. Este país, que tiene un ingreso per cápita siete veces inferior al de Colombia y unos salarios mucho más bajos, empezó a sembrar café como una estrategia para combatir la pobreza. Con un financiamiento externo muy barato -proveniente, entre parte, del Banco Mundial- Vietnam multiplicó su producción del grano, que ahora alcanza los 14 millones de sacos anuales, y supera ya a Colombia, que produce entre 10 y 11 millones. Pero lo más grave es que mientras los colombianos exportan a pérdida con un precio de 62 centavos de dólar por libra los vietnamitas han llegado a vender el grano a 16 centavos. De ese tamaño es el problema. Más allá de esto, la tecnología también ha jugado en contra del café nacional. Ocurre que mientras Colombia -y otros países latinoamericanos- producen el café suave, que es de mejor calidad y se paga mejor, los asiáticos producen el llamado café 'robusta', que es más amargo y más barato. Pero ahora en Alemania han desarrollado una tecnología que permite desamargar el robusta. Así, los consumidores alemanes, que tradicionalmente fueron importantes clientes del café colombiano, han dejado de serlo. Ahora consumen más café del barato y menos del fino. Con el mercado libre, la aparición de Vietnam y los cambios en la forma de consumir el café desde hace varios años estaban dadas las condiciones para una crisis de grandes proporciones, no sólo en Colombia sino en todos los demás países productores (ver recuadro). Los efectos de la misma, sin embargo, no se sintieron de inmediato. A los productores colombianos la crisis les llegó poco a poco, después de una década de empobrecimiento progresivo. Lenta agoniaPara la gran mayoría de las 560.000 familias productoras de café que hay en el país la de los 90 fue la década de las deudas. Los cultivadores pequeños, de menos de cinco hectáreas, que son el 80 por ciento de los productores, se endeudaron con el fondo rotatorio que manejaba el Fondo Nacional del Café. Los medianos y grandes, que son el restante 20 por ciento de los empresarios cafeteros pero dan cuenta del 75 de la producción del grano, lo hicieron con el sector financiero. En un principio los cafeteros pidieron prestado para renovar sus cultivos y pasarse a la 'variedad Colombia', que es resistente a la roya, la plaga que tantos estragos causó a fines de los 80. Después vino la revaluación del peso a principios de los 90. "El peor cáncer que ha tenido la caficultura colombiana", opina Mario Gómez Estrada, representante de Caldas en el Comité Nacional de Cafeteros, quien calcula que por cuenta de la tasa de cambio desfavorable los productores en esos años dejaron de recibir ingresos equivalentes a dos cosechas.Al verse colgados en los créditos empezaron las refinanciaciones, que a la postre no sirvieron sino para aplazar y agravar el problema pues, salvo unas subidas temporales, la cotización internacional del grano nunca volvió a los niveles de antes. Ya para 1998 los cafeteros estaban muy endeudados y los intereses astronómicos que ese año se llevaron por delante a medio país arrastraron también con sus finanzas.En enero de 2001 al Fondo Nacional del Café se le acabó la plata para subsidiar el precio interno del grano. De los 330.000 pesos por carga que, como mínimo, se les garantizaban a los productores el precio pasó a flotar libremente. Desde entonces el descenso ha sido de 25 por ciento. Este nuevo golpe cogió a los cafeteros debilitados y en la actual cosecha casi todos los caficultores, incluso los más eficientes, están perdiendo plata en el giro normal de su negocio, sin contar las deudas acumuladas que tienen por amortizar.El dramaSegún estudios de la Federación Nacional de Cafeteros producir una arroba de café en el país cuesta, en promedio, 33.000 pesos, mientras que el precio actual es de 25.000. Sin embargo, hay grandes diferencias en productividad y en costos entre cafeteros grandes y pequeños. Todos van a sufrir, pero unos más que otros. Los productores más pequeños poseen los cafetales de menor rendimiento. Sin embargo tienen unas ventajas que compensan su menor productividad. Son cafeteros que viven en la finca y por lo general utilizan mano de obra familiar, a la que no hay que pagarle un salario fijo. También pueden complementar su ingreso al ofrecerse temporalmente como asalariados cuando hacen falta brazos en campos vecinos. Y se ayudan con cultivos de pancoger que suelen tener en sus parcelas. Los cafeteros grandes, por su parte, incurren en mayores costos, pues tienen sus fincas tecnificadas y gastan más en fertilizantes y agroquímicos. Pero al mismo tiempo obtienen los mayores rendimientos y por tanto mejores ingresos. Por lo general están involucrados en otras actividades productivas y disponen de fuentes alternativas de ingreso. De manera que tanto los pequeños con su agricultura de subsistencia como los grandes con otras fuentes de ingreso por lo menos tienen algunas maneras de defenderse en esta crisis."Los que más van a sufrir, en cambio, son los que pertenecen a la clase 'sandwich'", la de los cafeteros medianos", afirma Jorge Manrique, miembro del comité de cafeteros de Caldas. Se trata de familias de larga tradición cafetera, que en las épocas buenas se hicieron a un patrimonio y cierto estatus. Viven en la ciudad y ahora se encuentran con que su tren de vida es insostenible pues sus fincas sólo producen deudas y problemas y difícilmente van a sobrevivir en esta crisis que va para largo.Pero las consecuencias sociales de la actual crisis van mucho más allá del medio millón de productores, pues además están los asalariados. El café es una de las actividades económicas más intensivas en mano de obra, entre otras razones porque en Colombia no es posible mecanizar la recolección por el clima y la geografía. En los departamentos del Eje Cafetero este cultivo genera el 30 por ciento de los puestos de trabajo -en las áreas rurales esta proporción es de 70 por ciento-. Y, además de la gente que vive directamente del cultivo, están los empleos indirectos que se generan en el comercio y otras actividades gracias a los ingresos que genera el café.De ahí que en los últimos tres años el número de desocupados en las zonas rurales del Eje Cafetero haya aumentado más de 30 por ciento. Infortunadamente este podría ser apenas el comienzo. El 23 por ciento de los productores está teniendo pérdidas -aun sin contar los costos financieros y de mano de obra-, según un estudio del Centro Regional de Estudios Cafeteros y Empresariales (Crece), con sede en Manizales. Es un cálculo hecho con los precios de abril pasado, que eran un poco más altos que los actuales, de manera que al día de hoy la proporción seguramente es mayor. Si los caficultores que están perdiendo plata dejan de producir -algo que ocurrirá tarde o temprano pues no les queda más remedio- el efecto sobre el empleo será devastador. Sumando los empleos directos e indirectos el Crece calcula que la tasa de desocupación se incrementaría en cerca de 5 por ciento en los departamentos productores y en 1,5 por ciento en el país. Socialmente esto es una verdadera calamidad. Más aún en las circunstancias actuales que vive Colombia y tratándose de una región que históricamente ha gozado de un mayor bienestar social, una distribución más equitativa del ingreso y una relativa paz en comparación con otras partes del país. Es una tranquilidad que ya empieza a perturbarse con la incursión reciente de grupos armados en algunas zonas y la aparición -todavía incipiente- de cultivos de coca y amapola intercalados con el café en las montañas más lejanas.El retoCada uno de los cafeteros que está trabajando a pérdida no hacen otra cosa que comerse el patrimonio. Pero lo mismo que les ocurre individualmente les pasa a nivel colectivo con los recursos del Fondo Nacional del Café, que era el gran colchón que tenían para protegerse en tiempos de vacas flacas. De los 1.600 millones de dólares de patrimonio que tenía el Fondo en 1989 hoy quedan 500 millones -que están representados básicamente en inventarios del grano-. La situación se tornó tan precaria que, en medio de la estrechez actual de las finanzas públicas, el gobierno se metió la mano al bolsillo y diseñó un paquete de ayuda por 350.000 millones de pesos para aliviar la situación de los cultivadores del grano.El pasado 27 de septiembre el Presidente de la República, al anunciar en Armenia el paquete de ayuda a los cafeteros, habló de frente sobre la necesidad de renovar la dirigencia cafetera, en un comentario que fue interpretado como una petición de renuncia a Jorge Cárdenas Gutiérrez. Los rumores sobre la sucesión del actual gerente de la Federación y la preferencia del presidente Pastrana por uno de los candidatos a reemplazarlo ocuparon toda la atención de la opinión pública por un tiempo. Ahora ha quedado claro que Jorge Cárdenas no se va a ir en el futuro inmediato y los cafeteros se tomarán su tiempo para organizar la sucesión. Pero más allá del relevo en la gerencia de la Federación, que al fin y al cabo es algo circunstancial, existe un viejo debate sobre el papel que han cumplido las instituciones cafeteras en los últimos años y el que deben cumplir hacia adelante. Los detractores de la Federación Nacional de Cafeteros, que administra el Fondo Nacional del Café, señalan que se ha ido mucha plata en financiar una burocracia excesiva y costosa o en inversiones que terminaron por perderse, como la Flota Mercante Grancolombiana y el Banco Cafetero. También hay quienes afirman que la Federación ha sido paquidérmica para adaptarse al nuevo entorno económico mundial y ha perpetuado una serie de regulaciones y prácticas que riñen con los tiempos actuales de libre mercado.Los representantes de la Federación responden que la plata no se ha ido en burocracia sino en inversión social en las zonas productoras. "La plata del café financió el desarrollo del país", afirma Jorge Cárdenas. Por el lado de los esquemas de comercialización del grano, el principal argumento del gremio es que el café colombiano se paga a mejor precio que el de otros países gracias al mercadeo y la imagen de seriedad que tiene la Federación a nivel internacional.En todo caso la caficultura nacional ya no da para sostener unas instituciones gremiales costosas. El recorte, que ya empezó, se deberá sostener y posiblemente profundizar. La crisis se va a prolongar por lo menos unos tres años más y, una vez finalice, no volverá a haber bonanzas. Ya fallaron los intentos de los países productores por restringir la oferta y ahora el mercado se ajustará a la brava. En Colombia sobrevivirán algunos productores y seguirá habiendo café, pero no en las cantidades ni con la preponderancia económica de antes.El reto, entonces, será preservar únicamente aquellos servicios de apoyo al caficultor que son esenciales, pues lo que está en juego es más que la viabilidad de un sector de la economía. Hace 20 ó 30 años el desplome del café habría precipitado una devaluación y arrastrado al país entero hacia una recesión. Puede que ya no sea el caso, pero no por eso el tema deja de tener la mayor trascendencia. La caficultura colombiana tiene la particularidad de estar compuesta mayoritariamente por pequeños y medianos empresarios. Esto, unido a la gran cantidad de empleo que genera, hace que el asunto sea socialmente crucial, sobretodo en un país donde el conflicto armado se alimenta de la falta de oportunidades para la gente en el campo. Por eso el mayor reto de este gobierno y el próximo, así como del gremio cafetero, es minimizar los dolores y garantizar el éxito de la próxima transición cafetera.