A las seis las calles se vaciaban y aún antes de la noche
venía el murmullo de la sombra,
y no sé ya si era verano o invierno, pero el frío
venía desde todos los sitios y se metía en las gargantas
y nos hacía hablar más bajo, con temor,
como lo haríamos solo para nosotros mismos.
En la tarde jugábamos al fútbol o al béisbol.
Por la noche lo único que podíamos hacer era jugar al escondite,
en la penumbra, buscando en el silencio la salvación.
El cerro en esos años era un sitio de cuevas:
alguien o algo se escondía ahí. Cerca de medianoche
me levantaba y caminaba entre los cuerpos que dormían
tirados en el piso, salía hasta la sala, abría la ventana,
y asomaba mi único ojo con valor hacia la oscuridad,
entonces podía ver lo que había bajado desde el cerro,
esa niebla donde habitaban hombres.
El brillo de sus fusiles y sus cuchillos era solo un murmullo.
El sonido de su respiración era el eco del mar que apenas recordaba
y lo que murmuraban los árboles era también una plegaria.
Nadie podía verme, pero no me atrevía a estar de pie.
Arrodillado, miraba mucho tiempo, hasta que volvía una mentira
todo aquello que pasaba ante mí, algo irreal como el recuerdo
de un sueño despiadado sucedido hacía mucho.