Yves Klein era un místico mistificador. Así lo describe Éduard Adam, el célebre fabricante de colores que a finales de los 50 lo ayudó a crear el azul con el que soñaba: uno tan profundo, tan hipnotizante y tan liberador como el cielo y el mar de su natal Niza.
Éduard Adam era conocido por ser el fabricante de colores al que recurrían artistas como Bacon y Picasso.
El joven Klein se presentó en su taller de París y le contó su problema: los pigmentos azules cambiaban de color y perdían parte de su particular brillo, al mezclarse con el aceite que solía utilizarse para convertiros en pintura.
Él andaba buscando un azul que les permitiera a los espectadores de su obra trascender, que los hiciera olvidar del mundo alrededor y los llevara a pensar, a intuir ese más allá que a él lo tenía fascinado.
Adam le resolvió el problema inventando un líquido transparente que llamó medium, para guardar su secreto.
Años después, en entrevista con la BBC, dijo que aún recordaba la expresión de alegría pura de Klein cuando le mostró su azul. “Era azul; no era más. Y, sin embargo, para él lo era todo,” explicó.
Sus famosos Blue Monochrome no son sólo lienzos azules. Son pinturas sobre el azul. Él las llamaba ventanas a la libertad, y eran una especie de invitación a explorar un infinito azul que desaparece el espacio y el tiempo.
Según el curador Kerry Brougher -especialista en la obra de Klein-, para el francés, el color puro era una “forma de crear una experiencia espiritual, casi alquímica, que se acerca a lo inmaterial.”
“De todos los colores que usó, el azul ultramarino fue el más importante. A diferencia de los otros, que crean bloqueos opacos, el ultramarino brilla y resplandece, abriéndose aparentemente a reinos inmateriales. Los Blue Monochrome de Klein no son pinturas sino experiencias, paisajes que conducen al vacío”.
Klein murió en junio de 1962 de un fulminante paro cardiaco. Tenía 34 años.
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