En 1998 Carlos Sánchez, de 13 años, era el baluarte del equipo que el profesor Plinio Hurtado había conformado para representar a Quibdó en un torneo departamental en Andagoya. El día en que comenzaban los partidos tenían que reunirse muy temprano. Pero llegó la hora y Sánchez no aparecía y nadie daba razón de él. El profesor y sus dirigidos se montaron al bus y se fueron para el barrio El Bosque, humilde como casi todos los de Quibdó.Pararon frente a la casa de Sánchez y el profesor se encontró a su jugador, quien se negaba a jugar, aunque, en el fondo, era lo que más deseaba. La razón: no tenía guayos. En medio de la resistencia, lo convenció con la promesa de que le conseguirían los zapatos.Vea aquí el especial multimedia El valor del fútbol de SEMANA y Canal CapitalJugaron tan bien los primeros partidos, con Sánchez como la clave, que tuvieron que abandonar Andagoya antes de disputar las finales para evitar que sus rivales los molieran a golpes. “Carlos Sánchez tenía el cuerpo de Goliat y la mente de David”, dice Nelson Palacios, su primer entrenador. Dos años después, tomó rumbo a Medellín para mantenerse ante los ojos de los grandes clubes de la región y participar en la liga de Antioquia. Sin embargo, pese a que era figura en el entorno local, ningún equipo se decidía a ficharlo.Así, terminó en Uruguay. El adolescente llegó a abrirse paso en uno de los países más futboleros, donde en la cancha el respeto se conquista más con sudor que con goles. Un fútbol hecho a la medida de su carácter. Recaló en Danubio, en el que la historia de Medellín empezó a repetirse. Entrenaba, jugaba e insistía, pero habían pasado 2 años y aún no debutaba en el fútbol profesional. El club, por asuntos de dinero, no quería quedarse con él. Corría el riesgo de volver a Colombia, con 18 años y un sueño tambaleante.
Foto: JEISON RIASCOSSánchez estaba relegado al torneo sub-19, y en uno de esos partidos contra River de Uruguay, el técnico de ese equipo quedó prendado de su despliegue físico y su agresividad. Se lo llevó y, en 2005 y con 19 años, Sánchez por fin debutó en la categoría máxima, lejos de su tierra. En su primera temporada disputó 14 partidos. En la siguiente ya era un titular inamovible. Se volvió un ídolo de la afición.En 2007, unos veedores franceses empezaron a negociar el salto a Europa, y su carrera estaba encarrilada. Por esos mismos días Jorge Luis Pinto, técnico de la Selección Colombia, buscaba jóvenes para perfilar la nueva generación tricolor con miras al Mundial de Sudáfrica 2010. “Era un biotipo hecho para el fútbol, un jugador fibroso, bien dotado muscularmente, de buena capacidad aeróbica y de buen nivel técnico”, cuenta el entrenador.El 14 de octubre lo alineó en la selección absoluta. Eso sí, recuerda el técnico, le llovieron críticas. La prensa deportiva cuestionaba la titularidad de un desconocido que nunca había jugado en Colombia. A eso se sumaba la presión del rival en ese primer duelo de eliminatoria, el Brasil de Ronaldinho y Kaká, al que le sacaron un empate.
Desde entonces Sánchez no suelta la camiseta de la selección, con la que ha disputado 85 partidos. Y tampoco abandona la élite de las ligas europeas. De hecho, es el único colombiano que ha jugado en las tres grandes ligas del fútbol: de Valenciennes, en Francia, pasó al Elche, en España; luego al Aston Villa, en Inglaterra y a la Fiorentina, en Italia, de donde volvió a España, con el Espanyol. Ya acumula 378 partidos profesionales, algunos de ellos en estadios legendarios como el Santiago Bernabéu, el Old Trafford y el San Siro.En Quibdó la cancha Chipi Chipi, donde jugó sus primeros partidos, sigue siendo la misma. Una explanada de tierra y piedras que se convierte en pantano cuando llueve, con dos arcos de mallas metálicas rotas. Cada tarde, cientos de muchachos llegan corriendo a conseguir un turno para jugar fútbol en ese mismo lugar, donde, hace más de 20 años, ocurrió el milagro: un niño se convirtió en roca.