Isaiah Berlin le hubiera gustado ser recordado como un hombre que, en un siglo oscuro, defendió la vida escéptica, irónica, desapasionada y libre. O dicho en sus términos: no fue un zorro que sabía muchas cosas sino un erizo que sabía una sola cosa grande. Esa cosa grande era que los seres humanos siempre disentirán sobre los fines últimos, y por eso el mejor sistema político será el que les permita dilucidar dichos conflictos. No pretendía ser original. En realidad su pensamiento es una síntesis de muchos pensadores y, sobre todo, es el producto de una vida que, como pocas, estuvo cercana a los acontecimientos y a las personalidades que marcaron el siglo XX. Su familia, judíos comerciantes de Riga, Letonia, tiene que huir de la guerra ruso-alemana hacia San Petersburgo. Allí el hostigamiento y la amenaza permanente de la policía comunista los hace emigrar a Inglaterra. Como dijera otro ruso exiliado, Vladimir Nabokov, había recibido la 'patada sincopal' que le arrojó fuera de la infancia. Las huellas del exilio permanecieron en él durante toda su vida. De ahí su sionismo, como un deseo de pertenecer a algo, y su conflictivo anhelo de encajar en la nueva sociedad sin perder la dignidad. Ingresa a Oxford y obtiene una matrícula de honor en estudios clásicos; muy pronto es profesor en el New College, lo cual le aburre profundamente. Tenía claro que no le interesaba la filosofía académica sino una disciplina que todavía no tenía cabida en Oxford: las ideas políticas en la historia. Además ya tenía una inclinación por la compañía, la conversación, el chisme, el interés en la vida, en fin, "por comprender que había motivos indignos que movían al mundo". Intuía algo que se llama 'mundanidad' y que para él era 'sentido de la realidad', algo de lo cual carecen los intelectuales y los catedráticos. Esa oportunidad se la va a dar su aceptación como fellow en el exclusivo All Souls College: "Este colegio representaba el Parnaso mismo de la vida académica inglesa: era una institución ancestral y rica en donde no había docencia de ninguna clase, ni estudiantes graduados o por graduar, y que tenía fama de seleccionar a las personalidades más brillantes de Inglaterra". Amistades, buenas relaciones, que le permitirán siempre acceder a los círculos de poder y tener influencia en ellos Así empezará a trabajar para el Ministerio de Información Británico en Washington como analista. Sus informes e interpretaciones sobre la posición de Estados Unidos respecto a la creación del Estado judío son tenidas en cuenta por el gobierno inglés, que tenía el control de Palestina. Un duro aprendizaje para Berlin, que debe sortear el difícil camino entre sus obligaciones como servidor de la corona y sus lealtades como judío. Vendrán luego los servicios en el Moscú de la guerra fría y un encuentro fundamental en su vida: la poeta Ana Ajmátova, quien seguía resistiendo y escribiendo a pesar del ostracismo, la censura y la tortura de sus seres más cercanos por parte del régimen de Stalin. Con ella Berlin aprenderá imperecederas lecciones sobre el determinismo histórico y la libertad. El hombre que desconfiaba de "las soluciones finales", que nos enseñó el camino trágico pero civilizado de los valores enfrentados y del pluralismo, fraguaba sus ideas _nunca aspiraron a ser una 'teoría'_ en conferencias, en charlas radiofónicas, en borradores apresurados escritos entre las bambalinas palaciegas y los peores crímenes del siglo. Novedades Jorge Luis Borges Borges en Sur 1931-1980 Emecepp, 1999 358 páginas $ 40.500 Borges fue un asiduo colaborador de la legendaria revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo. Entre 1931 y 1970 publicó más de 170 textos. Setenta y cinco ya habían sido editados por Emecé en sus Obras completas. Este libro, entonces, reúne el resto, de los cuales 33 habían sido recogidos en diversas antologías y 65 estaban inéditos en forma de libro. La relación de Borges con Victoria Ocampo no fue tan armoniosa como aquél dice en su Homenaje a Victoria Ocampo. A Borges, como él nos enseñó, siempre habrá que leerlo entre líneas. En realidad Victoria Ocampo, que era bastante snob y dominante, lo consideraba un niño terrible de las letras pero le interesaban más los escritores del momento, los que estaban a la moda de la época, hoy ilustres olvidados: "No siempre estábamos de acuerdo... Pero nuestras discusiones eran gratas". El lector podrá encontrar en este libro algunas joyas, como sus palabras a la muerte de Macedonio Fernández. Si es cierto, como dicen algunos, que Borges inventó a Macedonio, este es el texto en el que nace la mitificación. Otra es su demoledora e implacable crítica a la traducción de León Felipe de Canto a mí mismo de Whitman: "La transformación es notoria, de la larga voz sálmica hemos pasado a los engreídos grititos del cante jondo". Guillermo Cabrera Infante El libro de las ciudades Alfaguara, 1999 267 páginas $ 30.000 Un nuevo libro (es verdad: no son refritos) de Guillermo Cabrera Infante. Diferentes artículos sobre ciudades que le interesan: Londres, por supuesto ("no es una ciudad eterna pero dura"); San Sebastián ("como Rio, era una ciudad hecha por la naturaleza, no por el hombre: un espectáculo para volver a ver, para volver"); Nueva York ((un prosista en Nueva York"); París ("París estaba ocupada. Pero para mí no había ciudad más libre. Era de noche..."). Hay otras más, pero no importa, porque no se trata de turismo aconsejable sino, como saben los lectores de Cabrera Infante, de jugar con las palabras, de hablar de cine, de gente de cine, de parodiar autores.