AL igual que en la novela, el coronel (Fernando Luján) visita todos los viernes el correo con la esperanza de que por fin llegue la pensión que ha esperado durante años luego de combatir en una guerra de la que muy pocos se acuerdan y de la que él aún se siente orgulloso. También, como en el libro, el coronel se aferra a su gallo de pelea como la única tabla de salvación para que ni él ni su esposa (Marisa Paredes) mueran de hambre. Habla con él como si fuera una persona y lo cuida en medio de una resignación total en la que no sólo predomina la desolación sino el luto por su hijo. Los personajes principales de la novela también están presentes, como don Sabas (Ernesto Yáñez), mientras que el papel de la novia del hijo del coronel, interpretada por Salma Hayek, adquiere en la cinta una dimensión especial a pesar de que conserva su rol secundario. Si algo se ha criticado a los directores que se han aventurado en adaptaciones de la obra del Nobel colombiano es el afán de recrear a Macondo. Pero esta vez Arturo Ripstein deja esa preocupación en un segundo lugar. La historia se ciñe al texto original pero no necesariamente con la intención de dar una visión concreta de los escenarios que dibujó García Márquez y que muchos lectores tildan como intocables. Por ello gran parte del filme transcurre en interiores. Se sabe que llueve mucho, que hace calor, que el pueblo está cerca a un gran río, del cual proviene cada semana la pequeña embarcación que trae el correo, pero Ripstein, quien hace 32 años adaptó el texto del Nobel Tiempo de morir, no insinúa si se está en Colombia, México u otro país. Ni siquiera cuando el coronel rememora su participación en la guerra habla del mítico Aureliano Buendía, como sí pasa en el libro. En la película la relación del coronel y su esposa conmueve por la unión incondicional de los dos ante las adversidades que conlleva la crítica situación. Y, como en la novela, el final es contundente. Además queda clara la sensación de un hombre que se niega a desfallecer. Al fin y al cabo, como él dice, "ser coronel me tiene que servir para algo". Todo sobre mi madre En apariencia, la más reciente película de Pedro Almodóvar es la historia de Manuela (Cecilia Roth), quien ha ocultado siempre a su hijo de 17 años la identidad de su padre con la excusa de que ya está muerto. Pero una trágica situación la hace caer en cuenta sobre la injusticia que ha cometido y decide buscar al padre en Barcelona para contarle, de paso, que tuvo un hijo hace muchos años. Sin embargo, y como ha sido costumbre en las producciones del director español, hay mucho más detrás de la historia. Las primeras ideas de la cinta le surgieron con la imagen de varias mujeres hablando en un camerino de teatro pues, para él, no hay mejor origen de la ficción en medio de una escena cotidiana. Tal vez por ello en la cinta son frecuentes estas escenas: mujeres y actrices hablando en el camerino. "Mi idea al principio fue hacer una película sobre la capacidad de actuar de determinadas personas que no son actores", comentó Almodóvar poco después del rodaje. Y en este propósito acude a varios personajes, entre ellos Agrado (Antonia San Juan), un travesti que no oculta su condición: "Una mujer es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma". Pero él no es el único travesti ni el único pretexto para hallar al actor que es cada persona. Con Todo sobre mi madre Almodóvar obtuvo el premio a mejor director en el pasado festival de Cannes y el filme sirvió para su reencuentro, después de 13 años cuando se filmó Qué he hecho yo para merecer esto, con Cecilia Roth, conocida en Colombia por su participación en Un lugar en el mundo y Martín Hache. Como suele pasar con Almodóvar, es posible que el espectador ría y llore a la vez, pues nunca se sabe si tomarlo en serio. Pero es posible que halla una reflexión, no sólo sobre el amor maternal sino también del anhelo oculto, para muchos, de ser padres.