PAN
Es difícil tomar distancia de la cercanía que tenemos con las relaciones de mercado y pensar que es sólo una posibilidad de vida humana. La dificultad se aumenta por la gran cantidad de información a nuestro alrededor que habla del mercado como un modelo ideal y deseable de relaciones humanas. Incluso nos cuesta reconocer que nuestras vidas están en gran medida definidas por relaciones que no son de mercado, incluso en sitios como el trabajo en sociedades capitalistas y las tiendas donde compramos cosas para vivir. Asimismo, los humanos que se comportan con una lógica de transacciones y cálculos propia del mercado son a menudo representados como los normales. Es por esto que el punto de partida será preguntarnos cómo llegamos a pensar así y cuál sería una visión sobre el mercado que en realidad represente la diversidad de formas que toma en la historia y la amplitud del planeta.
Los analistas del cambio histórico reciente divergen sobre el momento en el cual se puede hablar de una “gran transformación” en la historia humana en la que empezamos a hablar de los mercados como el contenedor de nuestras vidas. La “gran transformación” es una expresión que viene del economista y antropólogo Karl Polanyi, quien argumentó que hacia el siglo xviii se crearon en definitiva las condiciones para que la forma de vida que muchos describiríamos como “la actual” emergiera. Esto implica un modo de vida en el cual las personas que trabajan no poseen las herramientas con las que producen, viven alrededor de los lugares de trabajo en aglomeraciones urbanas, no consumen lo que producen, pero consumen mucho en una parte de sus vidas que se empezó a llamar “económica” en ese momento. Para que todo esto fuera posible fue necesario imaginarse una parte de la vida humana como un “mercado”, separada de otras relaciones sociales. Curiosamente, muy pocos elementos de la historia humana nos enseñan cómo ocurrió este proceso como el pan. Sí, el alimento que rodea nuestras vidas, y este es, de alguna manera, el desayuno de nuestra pregunta por los experimentos sobre economía moral.
¿QUIÉN ACAPARÓ EL TRIGO?
El pan parece un hecho dado del universo. Es difícil imaginarse la vida humana sin él y, en consecuencia, rara vez nos preguntamos por su origen y, menos aún, una vida en la que este se vuelve invisible e inaccesible. En este capítulo analizamos un conflicto de valor alrededor de este alimento. Como caso, es fundamental en varios sentidos. Su análisis fue central para que los antropólogos e historiadores le diéramos importancia al concepto de economía moral e hiciéramos evidente la multiplicidad del valor en el seno de la vida moderna. Quien realizó este análisis por primera vez fue E. P. Thompson (1924-1993), un historiador social británico. Él situó su análisis en la Inglaterra del siglo xviii y el centro del argumento tiene que ver con la imposibilidad de separar la moralidad de lo económico en ciertas circunstancias sociales. En otro sentido más amplio, el análisis sobre los precios y protestas del pan demostró que la separación del valor económico fue un proceso que se logró sólo después de que las poblaciones se movilizaran y las élites impusieran un orden social. De esta manera, este análisis demuestra lo artificioso que resulta pensar en el valor como algo puramente económico.
Históricamente, si el precio del pan sube inesperada e inexplicablemente (al menos para los consumidores), se esperan grandes protestas. ¿Qué es lo que causa la reacción pública que suele ocurrir? Una opción es pensar que las personas protestan porque tienen hambre. Esta es la que Thompson llama “la tesis espasmódica” de la protesta y se opone a ella radicalmente porque borra toda crítica política, todo comentario moral de parte de quienes protestan.
En la Inglaterra del siglo xviii los precios del trigo y del pan estaban, en efecto, subiendo porque la venta del cereal y sus derivados estaban llenándose de intermediarios. Estos intermediarios y comerciantes de pan y trigo eran los mayores proponentes de la tesis sobre el hambre como motor del descontento. De acuerdo con la tesis espasmódica de la protesta, los motines en el siglo xviii eran causados porque los precios del pan subían de forma vertiginosa, y frente al hambre que esto producía los pobres se veían forzados a salir a las calles a tomar el alimento por las vías de hecho. Esto resulta muy simplista, porque lo que los motines mostraban eran aspectos más ricos y diversos de la vida social y de las nociones de justicia de lo que la tesis espasmódica deja vernos. Estas no son personas que sencillamente sienten hambre y roban, sino que tienen conceptos de lo que es debido y lo que no que atraviesan la visión sobre lo que debería ser intercambiado y lo que no. A estas personas les resultaba por completo inadecuado separar lo que el pan significaba, lo que valía y lo que representaba moralmente. En concreto, el pan condensaba aspectos de estatus, de buena vida, de moralidad y de subsistencia. No era un impulso individualista de hambre, sino una visión del colectivo en el que estaban involucrados. Los pobres estaban a veces dispuestos a amenazar al molinero del trigo, a veces a destruir su maquinaria, pero rara vez a robar el pan. Más allá de una visión del pan había una filosofía de lo que es bueno para vivir.
Para analizar el fenómeno de los frecuentes motines por los precios del pan, es necesario preguntarse cómo eran estas protestas. En la Inglaterra del siglo xviii había una sensación creciente de indignación por las relaciones que estaban emergiendo en la comercialización de un producto de subsistencia. Desde el punto de vista de los consumidores más pobres, el comercio que pusiera en riesgo la subsistencia era antinatural. Las personas afectadas y parte de las élites se opusieron a estas relaciones como una contravención de los principios de la vida en común. Por tanto, es necesario hacer visible el sustrato de valores morales y consideraciones sociológicas que presentaban estas protestas alrededor del pan. Al hacerlo, no sólo se genera una teoría completamente distinta a la espasmódica sobre la razón detrás de las protestas. También termina explicando de manera brillante la transición histórica entre una economía moral, en la cual hay una compenetración de valores morales y valor económico, y una economía del libre mercado, en la cual domina el precio como indicador del valor, como el que tuvo lugar y fue experimentada por las personas a través de la escasez del pan.
La demanda por los bienes de subsistencia tiende a ser inflexible: cuando faltan es difícil reemplazarlos. Si falta o está muy costosa el agua, por ejemplo, no podemos cambiarla por gasolina, porque esté más abundante o barata. Para el caso particular que discutimos aquí, esto quiere decir que si la gente no comía pan, no podía encontrar muy fácilmente un reemplazo para este alimento. El resultado es que las personas terminaban gastando una mayor parte de sus ingresos en adquirirlo a expensas de otros alimentos, a veces tan esenciales, como las fuentes de proteína. Y esto era lo que estaba pasando. Algunos años, los precios consumían los ingresos, representando una disminución de la calidad de vida de manera general. Por esta razón, la indignación de las personas más afectadas por los precios venía de la convicción de que este tipo de alimentos debía estar sometido a unas reglas morales, sociales y jurídicas distintas a las de los otros bienes.
Asimismo, las personas que estaban involucradas con la circulación de bienes de subsistencia debían estar sometidas a demandas de responsabilidad mayor a las de otras personas (algo parecido pasa con profesiones contemporáneas, como la medicina, como veremos más adelante). Para Thompson es muy claro que, en oposición a la idea de una economía del libre mercado, la economía moral implica formas de circulación relacionadas con la subsistencia en las cuales no se pueden distinguir los valores económicos, los morales y los significados. Esto es importante reconocerlo porque fue Thomson quien acuñó el término “economía moral” en las ciencias sociales y nos dejó un legado importante: en casos como los que él analiza, lo que hay es una economía mediada por un bien común, donde la justicia está involucrada en la circulación económica. En el momento histórico que nos ocupa, no es que sea malo ser rico (las clases comerciantes eran ya cosa del diario vivir para los europeos de ese siglo), sino serlo a través del comercio de bienes de los cuales depende la vida de gran cantidad de la población. Pero ¿cuál era el origen cotidiano de la indignación? ¿Qué era lo que estaba pasando en los campos y las ciudades para que los precios subieran de repente? La experiencia generalizada era que el pan estaba cada vez menos visible para las personas que vivían de él.