En los cien años del nacimiento del novelista Carlos Esguerra Flórez (Ubaté, 17 de enero de 1922), se lanza la segunda edición de su novela Los cuervos tienen hambre, considerada un relato fundamental sobre la violencia que tuvo lugar en Colombia a mediados del siglo XX. El evento tendrá lugar el lunes 17 de enero, en el auditorio Germán Arciniegas de la Biblioteca Nacional de Colombia.
Fallecido en 1980, Esguerra Flórez publicó cinco novelas, la primera de ellas, esta, publicada en Bogotá por Editorial Mattos, en 1954. Su segunda edición, que hoy ve la luz, es publicada por la editorial El libro total y cuenta con un prólogo del escritor Enrique Santos Molano, quien la distiguió dentro de una lista de los ‘Cien novelas del siglo XX en Colombia’, publicada en enero del 2006 por Credencial Historia.
La segunda edición de Los cuervos tienen hambre obedece al deseo de la familia del autor por sacar de nuevo a la luz pública esta reconocida novela, para que sea leída por las nuevas generaciones. Esta edición incluye los códigos QR de sus otras novelas publicadas, en editorial Iqueima: Satanás se idiotiza (1955); Un hijo del hombre (1955); De cara a la vida (1956) y Tierra verde (1957).
E l prólogo de Enrique Santos Molano
Cuando cursaba mi último año de bachillerato (a mediados de 1960) encontré en la biblioteca de mi padre cinco novelas de un autor colombiano del que no tenía noticia. Carlos Esguerra Flórez las había publicado entre 1954 y 1957, cuatro de ellas en Editorial Iqueima, del escritor y editor español inolvidable, radicado en nuestro país, Clemente Airó, y la otra, ‘Los cuervos tienen hambre’, en la Editorial Mattos, del periodista, no menos recordable, Juan Mattos Ordóñez.
En aquella época de comienzos de los sesenta se discutía sobre la violencia que azotó a Colombia en los 15 años anteriores, e incluso se aguardaba con expectativa el trabajo anunciado por los sociólogos Monseñor Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna sobre aquellos años terribles. Comencé a leer con cierta curiosidad ‘Los cuervos tienen hambre’, pensando que era una más de las pocas novelas que se habían escrito acerca de la violencia. Me la leí de un tirón por lo ameno del relato, la corrección y elegancia del estilo, y pensé que era y creo que sigue siendo la mejor novela que se ha escrito al respecto.
Después leí el resto de las novelas de Esguerra Flórez que me convencieron de tener en mis manos a uno de los grandes escritores de esa generación que se crió en medio de la violencia. Esguerra no volvió a publicar, que yo sepa, más libros después de 1957, tal vez por la poca atención que la crítica y el público les prestaron a sus excelentes novelas. Falleció prematuramente en 1980.
Con motivo de cumplirse el próximo 17 de enero el centenario del nacimiento de este escritor, que no por olvidado deja de ser uno de los buenos que han honrado nuestra literatura, su hija la periodista Viviana Esguerra me ha pedido una nota breve de presentación para esta segunda edición de Los Cuervos tienen hambre.
Hay mucho que decir sobre la obra novelística de Carlos Esguerra Flórez y no dudo que esta segunda edición de su citada novela, atraerá la atención de los lectores del nuevo siglo, especialmente de los jóvenes que deseen tener una visión intelectual y acertada de los sucesos sangrientos que sacudieron a Colombia en las décadas de los 40 y los 50.
Por ahora quiero decir que Los cuervos tienen hambre sigue vigente como literatura, y también, por desgracia, en lo político, porque hoy los cuervos siguen hambrientos.
Enrique Santos Molano.
Bogotá, 12 de diciembre de 2021.
Primera parte. Un poco antes del incendio
A mi hija Oskalia.
Capítulo I . Palmarito
El lugar donde se desarrolla esta historia se encuentra entre las breñas de una región nortesantandereana. La carretera Central lo deja a usted en “Puente Unión”, un sitio de paso a orillas del río Pamplonita, y ahí lo recoge un carricoche cualquiera y lo lleva en diez minutos a Bochalema, un pueblo humilde, pintoresco y sosegado. Su urbanismo lo constituyen ocho o diez manzanas delimitadas por calles graciosamente empedradas, formando un cuadrilátero irregular cuyo centro es un bonito parque enmarcado de palmeras, con eras de diversidad de flores, donde hay dispuestos apenas con alguna simetría corriente varios bancos de cemento para los paseantes, un surtidor incapaz de llamar la atención del turista, unos pasillos concéntricos a una glorieta levantada a la sombra de un samán centenario, en la cual la banda del pueblo toca sus retretas semanales. Al costado occidental de este parque –en el cual los días domingos, a un lado, vendedores y marchantes hacen su mercado–, se levanta la iglesia vetusta de estilo criollo, actualmente en obra aspirando a una mejor arquitectura. Contiguo a ella hay un edificio en tapia pisada de dos pisos, que es el colegio de Hermanas. Al costado norte, a un extremo y naciendo esquina, aparece recién terminado el palacio de gobierno, en ladrillo y cemento, de estilo moderno. Este edificio y el de las escuelas, colocado en una de las manzanas occidentales del pueblo, es lo mejor a este, respecto. Las casas de los ciudadanos tienen sus frentes aseados, son casi todas de una sola planta, se cubren con teja de barro ostentando varias el musgo vetusto y legendario. Estas edificaciones particulares acusan una absoluta uniformidad en sus líneas principales: una puerta de entrada en medio de cuatro, tres o dos ventanas. En las dos calles centrales del pueblo es fácil encontrar a cada diez pasos un comercio miscelanesco, apenas en algún orden elemental, donde se hacinan las mercancías de toda especie corrientes en el ¡lugar, ostentando casi todos estos comercios sacos de café y montoneras de panela, los productos especiales de la región. Las pocas personas que se encuentran entre semana por las calles son despaciosas, absolutamente, sencillas e indiferentes de ordinario mientras no haya nada nuevo, mostrando así la familiaridad doméstica que viven en su pueblo, donde, todas se conocen íntimamente. Se ven muchos perros en los andenes durmiendo desprevenidos; por las calles de trecho en trecho una que otra ave de corral; y en casi todos los tejados palomas domésticas ostentando su plumaje irisante.
Aparte del brazo de carretera que lo comunica con la Central, proporcionándole el contacto indispensable con la vida moderna, el pueblo de Bochalema allega caminos por todos sus puntos cardinales, provenientes de las veredas vecinas. Son caminos de herradura distendidos en la tierra desde siempre, conduciendo al campesinismo en su peregrinación natural. Por el norte del trazo urbano se sale al camino que conduce a Durania, pueblo que dista unas cuatro leguas de Bochalema por esta vía. Huelga decir que este es un camino importante, no sólo por ser de unión entre los dos pueblos, sino más especialmente por las veredas ricas que atraviesa.
No bien se sale del pueblo se. vadea la quebrada La Chiracoca y comienza el camino a costear un terreno asaz quebrado, pendiente, abundante en los más pintorescos y variados paisajes, propios de un clima medio y una tierra feraz.
El viandante tiene que tomar este camino para ir a la hacienda denominada Palmarito, en cuya casa tiene lugar el desarrollo de gran parte de los acontecimientos de esta historia. Seguramente a lo largo de ella tengamos que movernos bastante en la región, por lo cual tendremos las oportunidades de descubrirla en cuanto nos sea posible y necesario.
Más o menos a la hora de jomada en buena bestia, se deja el camino a Durania para virar hacia la izquierda y tomar uno más angosto y difícil, pero igualmente distractivo. Antes a vera y vera veníanse, viendo cafetales y cañaduzales, y ahora por un trecho no muy largo se transita un terreno de pasturanzas que cubren todo el espinazo de una loma, hasta bajar, ahora en sentido paralelo al del camino real, a la quebrada Suárez, cuyas riberas están majestuosamente cubiertas de una fronda espesa y alta, y luégo volver a subir esta vez un sector muy pedregoso, quebrado y pendiente, quizá media hora más para llegar a una área despejada destinada a los ganados, pasada la cual ya se alcanza a notar a pocos centenares de metros y en un sector deliciosamente sombreado y adornado de gruesos árboles, la alquería de Palmarito.
Desde el pueblo de Bochalema hasta este lugar el viandante observador no ha hecho sino solazarse en la variabilidad y la hermosura del paisaje. Pero no bien se acerca a Palmarito comienza a notar todavía más interés en el color y la vegetación, sencillamente porque a estas alturas sobre Bochalema la tierra es más fértil y el clima la socorre aún mejor.
La casa de la hacienda ha sido levantada en un terreno plano no de mucha superficie, pues es raro en la región encontrarlos, regado por la parte posterior de una corriente cristalina y rápida, aprisionado en cierta forma de lado y lado por densos cafetales, y abierto en pendiente por el lado frontal, por donde entra el camino que allega allí, y el cual sigue por entre dos hileras de naranjos frondosos desde pocos metros antes de llegar al portón de campo.
La edificación ha sido levantada con muy buen gusto. Está constituida en líneas generales de cuatro pabellones juiciosamente relacionados: la casa de la familia, una casa de la mayordomía y obreros, establo y caballerizas, y por último una enramada alta y espaciosa donde están las maquinarias de la industria de la panela y el café. La casa de la familia esta ser parada de las otras edificaciones por un jardín bien cuidado. Esta, como los otros pabellones, ha empleado especialmente la tapia pisada y el eternit. Ciertas maderas apenas labradas nos dan la idea de que son maderas sacadas de los mismos terrenos de la hacienda. Es de dos plantas la casa. Abajo y frontalmente un salón de recibo embarandado en ladrillo y cemento, espacioso y a primera vista muy amañador, con buenos campos de vista y amueblado muellemente. De él se desprenden hacia el fondo de la casa corredores laterales igualmente embarandados. El de la derecha da acceso a dos piezas de huéspedes, a una pieza biblioteca, a un comedor holgado y muy gracioso, y a una especie de bar que el dueño tiene en su hacienda; y el de la izquierda recibe las ventanas de las piezas que hemos señalado y mira hacia un segundo jardín, pequeño y muy doméstico, donde hay cuidadosamente dispuestos un palomar, unos abejales, un estanque con patos y ganzos, y un cenador muy bonito y llamativo. En la planta alta de la casa, encuadrada también en corredores embarandados ya no en ladrillo sino en madera, están las alcobas espaciosas, un salón íntimo de la familia, y un mirador. Estas dependencias como las de abajo, tienen sus puertas hacia un costado y sus ventanales hacia el otro. La casa así más o menos descrita, habíamos dicho que se separa de los otros pabellones de la hacienda por un primer jardín. Y además está como recogida a la sombra de frondosos y viejos árboles.
Se tiene noticia de que el dueño de la hacienda (heredad de sus mayores), don Esteban Barón, en muchos años pudo, a esa distancia del pueblo y en terrenos tan difíciles, levantarle a su propiedad una mansión tan completa y bien dispuesta. Después en sus conversaciones, este respecto iría a serle motivo apasionado narrando una verdadera heroicidad de paciencia y tesón, conduciendo materiales, edificando despaciosamente sin forzar los ingresos, dirigiendo él mismo a maestros de obra apenas expertos en edificaciones vulgares.
Además, nos falta decir que Palmarito tiene como renglones principales los cultivos del café y la panela y la cría de ganado. Su extensión llega a las doscientas cincuenta hectáreas, todas cultivadas y bien regadas. Sus terrenos ondulados, cayendo suavemente hacia la quebrada Suárez, están en medio de dos hileras de montaña; la del sureste que llega hasta Sucre y la del noroeste que delimita los municipios de Durania y Bochalema.
Pues bien. Don Esteban Barón, casado con una muy distinguida dama pamplonesa, es padre de una familia muy pequeña, apenas de dos hijos, hembra y varón, éste a la sazón haciendo sus estudios en la vecina ciudad de Pamplona. Hace dieciocho años tomó estado, y desde su más tierna infancia es conocido en la región, a donde llegara su padre el siglo pasado de tierras del interior, y donde hiciera hacienda, hogar y muriera.
Don Esteban Barón para los tiempos de esta historia cifra un poco más de la cuarentena, y su esposa que debió ser muy bella en sus tiempos de juventud, demuestra los treinta y pico de años. Emilia Gutiérrez de Barón es una dama de modales distinguidos y de hermosura que sabe brillar muy bien en las casas de campo, dando razón al mismo tiempo de su carácter cortés y doméstico en los salones de la ciudad. Ambos han vivido una eterna felicidad en la consagración del matrimonio, y su tiempo no lo han ocupado sino en el mejor desempeño del destino que les ha correspondido.
Pedro Esteban, el hijo, como hemos dicho, está terminando sus estudios del bachillerato en la ciudad de Pamplona. Y Margarita, la hija, apenas en los quince años, es la irreemplazable compañía de los padres y la más completa hermosura de aquellos campos. Hizo sus estudios secundarios en Pamplona también sin alcanzar a terminarlos, pues los padres cada año no veían la hora de llevarla con ellos a la hacienda, lugar habitual de vida de aquella familia desde hacía muchos años. Ahora Margarita en la hacienda seguía ganando en educación al lado de su madre y en la holgura agreste, para lo cual los padres no habían escatimado detalle por insignificante que fuera, pues hasta un piano habían logrado ponerle en casa, después de innumerables peripecias en su transporte.
Esteban Barón, como es natural, era un hombre conocido en toda la región. No solamente conocido sino que también altamente estimado en todo el departamento, habiendo algunas veces sonado su nombre además en otros lugares del país y quizás fuera del mismo, pues hemos de decir que aparte de su comportamiento doméstico y campesino, también ocupaba su tiempo en faenas intelectuales. Varias veces habíanle sido ofrecidas representaciones políticas que jamás quiso aceptar alegando no poder descuidar su propiedad. Y especialmente en la prensa importante y en dos o cuatro libros suyos, había dejado ya impresos su carácter especialmente científico-filosófico. Era miembro en Bogotá de la Academia de Historia, y en la culta ciudad de Pamplona, a donde con más frecuencia salía, tenía un círculo muy querido y apreciado de amigos.
Si nos interesa su físico, digamos que era de estatura mediana y robusta, sin ser obeso. Esforzado no tanto por sus ejercicios campesinos como por sus costumbres sobrias y sanas, exceptuándole unos pocos años de su juventud en Bogotá mientras estudiaba, durante los cuales dió rienda suelta a un temperamento abierto, muy amical y simpático, y a una naturaleza bohemia mientras aprendió esa faz de la vida del hombre. Su rostro ovalado vestía una barba obscura bien cultivada, tenía una frente amplia y hermosa y una nariz noble de línea clásica expresaba la delicadeza y calidad de su pensamiento. Su hablar era reposado y asaz sencillo en su claridad aleccionadora, movido en un tono grueso. Esteban Barón fumaba deliciosamente y su porte siempre era reposado, no habiendo sido empero jamás un hombre pacato.