En una de las primeras secuencias de la película Anna Scott, una archipopular y hermosa estrella de cine, le dice a William, un humilde y tímido librero londinense con el que acaba de tropezarse en la calle: "No le cuentes a nadie lo que acaba de suceder". Y William le contesta: "Pierde cuidado. Sólo me lo voy a contar a mí de vez en cuando, pero no te preocupes, no me lo voy a creer". Y es que lo que acaba de suceder no es de poca monta. William no sólo ha vaciado un jugo de naranja en la blusa de la más grande diva del momento sino que ha recibido como recompensa por prestar su casa para que se cambie el atuendo un sorpresivo beso en la boca. Es, ni más ni menos, el comienzo de un cuento de hadas que sólo el cine es capaz de hacer realidad con tanta intensidad. Todo gracias a la inteligencia del escritor Richard Curtis _autor de Cuatro matrimonios y un entierro_, la pericia del director, Roger Michell, y sobre todo al extraordinario trabajo de Julia Roberts y Hugh Grant, dos actores que han sabido explotar la química que los une en su primer trabajo juntos pero que puede ser similar a la que se produjo en su momento entre Tom Hanks y Meg Ryan. Partiendo de la base de que la cinta es ante todo eso _un cuento de hadas_ Curtis y Michell amalgaman diálogos, gestos, reacciones, desilusiones y esperanzas de tal manera que todo cuadre a la perfección _y en el mejor estilo de la comedia romántica_ en ese imposible argumental: que un anónimo parroquiano logre enamorar a una estrella del celuloide. A partir del furtivo encuentro entre Anna y William (Roberts y Grant, respectivamente) todo está servido para el divertimento: la espléndida secuencia en la que William se hace pasar por un periodista de la publicación Caballos y sabuesos para lograr entrevistarse con la diva; la presentación de la actriz ante la familia de William; las esporádicas pero enérgicas apariciones del compañero de habitación de William, y por último _no podía faltar_ la ruptura del hechizo, que sucede cuando William se da cuenta de que Anna tiene novio, un antipático y presumido galán de cine. Salvo el _a veces_ exagerado histrionismo de Rhys Ifans (el compañero de cuarto), la película está medida para que la ilusión se manifieste en todo su encanto y sirva de paso para reivindicar un género al que le hacían falta ganchos tan poderosos como los generados por Roberts y Grant compartiendo escena. n Instinto uizás la más popular de las leyendas sobre hombres salvajes sea la de Tarzán. Sin embargo el director Jon Turteltaub ha revaluado el mito desde otra perspectiva en Instinto. La película narra la transformación sufrida por un obsesivo biólogo quien, luego de vivir entre gorilas en Africa durante más de dos años, logra ser aceptado entre ellos. Sólo que las cosas no ocurren como él esperaba y de pronto se ve privado de su libertad luego de ser acusado de asesinar a tres hombres. Su traslado a una prisión de máxima seguridad en Miami da inicio a la cinta. Melenudo, cabizbajo y agresivo, el biólogo no ha pronunciado una palabra en años, un caso demasiado interesante para que un joven y ambicioso siquiatra lo deje pasar. A partir de ese momento comienza una terapia que llevará al biólogo a recordar con dolor su pasado y su travesía por la remota Africa y al siquiatra por un viaje al interior de sí mismo para descubrir su esencia como humano. A pesar del interés que suscita el argumento, la película es más bien irregular. Está dividida en dos partes: la primera se concentra en la transformación del biólogo gracias a los cuestionamientos del siquiatra; la segunda en la redención del científico. Y es aquí donde todo se desbarata. La sugerente propuesta de imaginar a un hombre decidido a regresar miles de años en el tiempo hasta situarse en un estado primitivo como su mejor alternativa vivencial tropieza con los delirios panfletarios del director en relación con las condiciones de hacinamiento en una cárcel. Todo esto alimentado, además, por la impostura y la melosería del siquiatra. El director ha elaborado una encopetada ficción sin tener argumentos para desarrollarla. Una lástima cuando contaba con la participación de un maestro : Anthony Hopkins.