Porque guías prácticas hay muchas, y buenas y malas _dice Bryce_, pero que yo sepa no existen guías tristes, y mucho menos de París". Una guía triste de París, de peruanos en París. Triste pero, como lo de Bryce, encantadoramente triste. El ya conocido 'tono' Bryce, en el cual el lector se divierte todo el tiempo y termina llorando gracias a una mezcla de burla y de ternura, de infinita compasión hacia sus personajes. Remigio González llegó a París en el otoño de 1964 a estudiar francés y cooperativismo. Previamente había sido advertido por su padre del peligro de las casquivanas francesas: "Y créeme que un invierno en París es cosa seria y que con gonorrea el asunto se pone ya de necesidad mortal". Advertencia inútil puesto que Remigio será un latin lover, un seductor 'Made in Perú' bastante anacrónico. Completamente desfasado en un París cosmopolita y ya politizado. Tres años más tarde Remigio regresa al Perú y Bryce "hubiera pagado por asistir a aquella conversación de hombre a hombre entre un padre de 1925 y un hijo que regresó del frente de batalla en 1966, sin una sola condecoración y sin haber aprendido absolutamente nada sobre cooperativismo". No mejor fortuna tendrá el alegre y vital Luis Antonio Vera, alias 'Verita', decidido a conquistar con su entusiasmo indestructible a la Ciudad Luz: "Puchica hermanito. Ponme tú al cholo Vallejo delante y le meto tal inyección de desahuevina que lo convierto en Walt Whitman. A ese hombre seguro que le faltaba una buena hembrita y uno de esos vinos cuyos secretos sólo posee este pechito". Bryce goza con el habla peruana. De hecho, uno de los secretos de su arte es esa oralidad que hace verosímiles sus relatos hasta el punto _qué mejor cumplido quiere un escritor_ de siempre estar aclarando que lo que escribe no es biográfico, es inventado, sólo literatura. La oralidad, las disgresiones ("permanentemente hablamos y hablamos pero ya me estoy acercando a lo que quería contar") y un sentimentalismo exagerado. Bryce, como a los boleros, lo tiene sin cuidado bordear los límites de la cursilería. Sabe que es el precio a pagar para, a veces, poder decir: "Mi próximo destino eres tú", o "Esas lágrimas cayeron para siempre, quiero decir, y como que me arroparon por dentro todo lo referente al amor, ya para el resto de mis días...". Vivir en París para entender mejor su ser peruano fue su aprendizaje. Por eso su óptica permanece en el París de empleados de embajada, de porteras, de pianistas decadentes y eternos estudiantes de alemán. Y sin embargo el otro París, el prestigioso, el de las barricadas al alba, las primeras canciones de Brassens, "las caminatas bordeando el Sena y sintiendo lo poquita cosa que era uno ante esos muelles que tanta agua vieron pasar ya...", ese París se siente como una tenue música de fondo. Un profesor de una universidad norteamericana tenía el proyecto de realizar una recopilación sobre París y la literatura latinoamericana. Proyecto ambicioso que nunca se realizó quizá por el abundante material _París ha sido una obsesión de los intelectuales latinoamericanos_ que rebasa la capacidad de trabajo de cualquier disciplinado investigador. De todas maneras habría que incluir en esa antología de las cosas que nunca existieron muchos de estos cuentos, otros tantos de Ribeyro, ciertos pasajes de Rayuela. "París, ciudad divertida, de placeres, donde cuatro quintas partes de sus habitantes mueren de pena", decía en forma muy bella Nicolás de Chamfort. Pero tal vez Bryce prefiera decir: "Pobre gente de París No la pasa muy feliz...".n Novedades Antología Cuentos de fin de siglo Seix Barral 1999 266 páginas $ 26.500 De acuerdo con el análisis de Luz Mary Giraldo los cuentos colombianos de finales de siglo se encuentran marcados por una serie de características comunes: primero, un regreso al oficio de narrar, una fe en el poder del relato y una exploración de la vida y el pensamiento en el tiempo; después, pero no menos importante, una ruptura con "lo ruralista, lo regionalista y criollista y la literatura sobre la violencia partidista", y una superación del "macondismo y el garciamarquismo" y de la terca e inútil búsqueda de esa escritura, consciente de ella misma, que produjo textos tan inteligentes y astutos que terminaron suicidándose por aburrimiento. Ramón Illán Bacca, Juan Carlos Botero, Roberto Burgos, Antonio Caballero, Germán Espinosa, Andrés Hoyos, Julio César Londoño, Julio Paredes, Germán Pinzón, Roberto Rubiano, Daniel Samper y Enrique Serrano, los autores incluidos en Cuentos de fin de siglo, pertenecen a esta antología porque han elegido el oficio de narradores. Porque ya no pelean con nadie. Porque su trabajo es contar. Y, lejos de pensar en sus lugares en la historia, han construido estas historias. Salvador Spriu Semana Santa Norma, 1999 125 páginas $ 19.800 La Semana Santa de Salvador Spriu, una cadena de poemas precisos, duros y casi muy tristes, debería estar construida a partir del último verso del Cristo en la cruz de Jorge Luis Borges: "¿de qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido si yo sufro ahora?". Aquí se actualiza el viacrucis del Hijo de Dios. Se pide perdón al Creador. "Y chillamos a coro hartos de aguantar hambre en escenas de convite, siendo sólo comparsas, privados de sueldo y sueño en las farsas de los grandes teatros de la noche". Y al final, al leer los 40 poemas de Spriu, sólo queda buscarle sentido a los simulacros, aceptar que "yo mismo soy mi pesadilla" y recordar que la historia de Cristo es la de aquel que se atrevió a arrojar esperanzas, "esbeltos, luminosos, inconsistentes veleros de mentiras surcando serenos mares de olvido".