Una fortuita confrontación de medios. as relaciones entre la pintura y la fotografía han variado continuamente desde la invención del daguerrotipo en 1839. En un principio casi todos los fotógrafos fueron pintores, pero poco después la fotografía comenzó a utilizarse como base para las representaciones sobre lienzo lo que fue duramente impugnado por la crítica. Más tarde la fotografía sería descalificada como arte por algunos pensadores debido a su ejecución a través de instrumentos mecánicos, en tanto que la pintura cedía gran parte de sus dominios para dedicarse a confrontar aquellos aspectos de la realidad que no podían registrarse con la cámara, iniciando así una ingeniosa evolución que culminaría en la abstracción y el conceptualismo. En estos tiempos de posmodernidad, cuando el énfasis artístico ha variado de la producción a la reproducción, y cuando muchas obras de arte se apoyan en una imaginería existente y convencional, las relaciones entre la pintura y la fotografía han tomado un rumbo aún más paradójico, entre adyacente y divergente. Las anteriores reflexiones surgen al apreciar las exposiciones de dos fotógrafos _Eugenia Cárdenas y Santiago Harker_ y un pintor _Gustavo Vejarano_ que se llevan a cabo en la Galería Diners, puesto que, a pesar de que nada tienen en común, la circunstancia de hallarse bajo el mismo techo hace inevitable una comparación de sus recursos y propósitos. La pintura de Gustavo Vejarano, por ejemplo, no tiene mucho que ver con la fotografía por cuanto se concentra en la comunicación de energía, a través de unos juegos cromáticos abstractos, los cuales propugnan por una respuesta del observador no sólo como planteamiento estético sino como vehículo de comunicación espiritual. Aunque en ocasiones se vislumbran elementos reconocibles entre las transparencias, su obra, lejos de buscar la objetividad que equivocadamente se le ha adjudicado a la fotografía, intenta revelar el universo interior del artista y la particular orientación de sus símbolos. Las fotografías de Santiago Harker, en cambio, sí se acercan un poco a la pintura en lo relativo al color y la composición. Podría decirse que su trabajo patentiza cierto clasicismo, pero sin que el término implique una referencia histórica precisa, sino más bien una fe inexpugnable en la eternidad de algunos valores como orden, balance y armonía. Aunque parezca contradictorio, sus imágenes permitirían hablar de una modernidad clásica, no sólo por sus logros formales sino por esa aura poética de infinita soledad que las circunda, a pesar del sentido del humor que aflora en muchas de ellas y de sus fuertes contrastes cromáticos. Las fotografías de Eugenia Cárdenas también tienen cierta conexión con el clasicismo, o mejor, con el neoclasicismo puesto que en ellas se incluyen algunas esculturas del cementerio de La Habana. Su trabajo hace manifiesto además un afán de involucrar sus producciones con la vida y una continua indagación sobre el medio mismo la cual la ha llevado a utilizar la legendaria técnica del cianotipo. En su obra se reproducen imágenes de otros artistas, pero para producir nuevas imágenes en un proceso no muy diferente al de las apropiaciones, tan en boga no sólo en la pintura sino, en general, en el arte más reciente. n Para el ojo y el oído n la galería La Cometa tiene lugar una estimulante exposición en la cual se mezclan la música y la plástica. No sobra recordar que la relación entre ambas artes ha sido constante a través de la historia, y que en Colombia se inició a comienzos del siglo XVII con los espléndidos libros corales de la Catedral de Bogotá dibujados por el refinado miniaturista Francisco de Páramo. Ya en tiempos modernos la primera artista en aportarle sonido a sus obras fue Feliza Bursztyn, quien trabajó algunas de sus piezas en colaboración con la compositora Jacqueline Nova. La muestra incluye artistas de vertientes tan variadas como la música que acompaña sus trabajos. En el caso de Nadín Ospina y Víctor Laignelet se trata de música oriental que ambienta la temática del primero y la espiritualidad del segundo. Carlos Salas, Gustavo Zalamea y Juan Jaramillo se inclinaron en cambio por la música clásica _Bach, Vaughan Williams y Fauré_ para introducir al observador en la atmósfera propicia para la evaluación de sus obras, en tanto que Luis Luna reitera con los tangos de Gardel el sentido entre romántico y lúdico de sus grafitos. La música que acompaña los ensamblajes de Ana María Rueda fue compuesta a propósito para su apreciación; la que utiliza Gabriel Silva incrementa las sugerencias de su pintura con las memorias de una película; y la seleccionada por Carlos Jacanamijoy añade a sus visiones de la selva los sonidos de un ritual indígena. Complementado este mosaico visual y auditivo, Delcy Morelos y Gabriel Sierra, al igual que María Fernanda Zuloaga, se orientaron hacia la música más reciente, el trip hop, cuyo carácter experimental coincide con las metas y frescura de sus propuestas plásticas.