ALGUNA VEZ Rafael Alberti confesó que terminó siendo poeta por accidente, pues su verda- dera pasión era la pintura. Nunca dudó en expresar su afición por el Museo del Prado e incluso en sus obras de teatro lanzaba constantes referencias a sus pinturas preferidas. En su poesía dejó entrever su permanente búsqueda como artista: "Pintar la poesía con el pincel de la pintura". Siempre dejó claro que lo suyo cra sólo cuestión de sensibilidad, tanto en lo escrito como en lo pictórico y en sus memorias, La arboleda perdida, da cuenta de su estrecha relación con los vanguardistas de su país.Su verdadero reconocimiento como poeta se consolidó en la década de los 40, luego de obtener galardones como el Premio Nacional de Literatura gracias a los versos comprendidos en el libro Marinero en tierra. Según la crítica su período creativo más brillante estuvo comprendido entre los años 1923 y 1936 con títulos como La amante, El alba de alheli y Sernones y moradas. Su pertenencia a la llamada generación del 27 también ayudó a que su nombre alcanzara amplio reconocimiento internacional y con su muerte se puede decir que se ha ido el último exponente de ese movimiento literario que se fundó en Sevilla en 1927, con motivo del aniversario de la muerte de Luis de Góngora, y al que pertenecieron escritores de la talla de Dámaso Alonso, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Luis Buñuel y Aleixandre.Su adhesión al comunismo y su abierta posición antifascista lo llevaron a un exilio de casi 30 años, que culminó con la muerte de Franco. Su vida estuvo en peligro en mas de una ocaslon, como en el momento en que se desató la guerra civil. En ese instante se encontraba en la isla de Ibiza con su primera esposa, María Teresa León, y allí tuvieron que ocultarse en una cueva para huir de la rebelión militar. Años después Alberti diría en uno de sus versos: "Una isla es una porción de tierra rodeada de agua y de guardias por todas partes ".Sin embargo fueron muchos los que pusieron en tela de juicio su compromiso político. El escritor Agustín de Foxá fue uno de ellos y tildó sus escritos como "poemas de laboratorio, sin fuerza ni hermosura, equívocos, cobardes, llorones". Durante el exilio entabló amistad con intelectuales comunistas como Gorki, Eisenstein y Malraux. También fundó la revista Octubre dedicada a difundir los postulados de izquierda. Sus amigos más cercanos dicen que poco le importaba llevarse el premio Nobel, pero sí el premio Lenin de la paz. Su libro de poemas La primavera de los pueblos condensa su visión política.Cuando regresó a España sus declaraciones se convirtieron en todo un lema de reconciliación: "Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta como símbolo de paz y fraternidad entre los españoles". Murió agradecido por hacerlo en el mismo lugar donde nació, en el puerto de Santa María, y convencido de que su vejez no le impedía seguir siendo joven. Su compañera María Asunción Mateo es testigo de ello. Murió feliz pues siempre quiso hacerlo en su ciudad natal, cerca del mar, lo que más quiso: "El mar. La mar. El mar. Sólo la mar".