Si una pintura te produce un choque psicológico, cómprala. Es buena”. Sergei Shchukin sabía de lo que hablaba cuando le dijo esta frase a su hija. Este coleccionista de arte, especialmente de cuadros impresionistas y modernistas, nació en Moscú el 7 de mayo de 1854. De su vida personal se desconocen muchos detalles, sin embargo, su historia puede reconstruirse a través de la invaluable colección de obras: 250 pinturas que reunió tras sus frecuentes viajes a París.Shchukin provenía de una familia numerosa, 11 hermanos, y acomodada –sus padres hicieron fortuna en la industria manufacturera que tuvo su auge en el siglo XIX, comparada incluso con los Rockefeller–. A sus 40 años heredó la empresa familiar y comenzó su interés por el arte. Y todo comenzó con un Monet. En 1897 viajó a Francia y su primera compra fue una pintura del que sería reconocido como el creador del impresionismo. A partir de ese momento, sus visitas a París se hicieron más frecuentes y en algunos de sus tantos viajes conoció a Paul Durand- Ruel y Ambroise Vollard, comerciantes de arte a quienes les compraba obras de los más importantes artistas del momento.Así, durante 17 años, sumó cuatro pinturas de Van Gogh, ocho de Cézanne, 13 de Monet, 38 de Matisse y 51 de Picasso. Su reputación trascendió y hoy es considerado el más importante coleccionista del siglo XX.Justo cuando se cumplen 80 años de su muerte, 130 piezas de su colección privada salen por primera vez de Rusia y pueden ser apreciadas por visitantes de todo el mundo en la exhibición Icons of Modern Art. The Shchukin Collection, que estará abierta en la Fundación Louis Vuitton de París, hasta el 20 de febrero de 2017. Sus datos biográficos también indican que aprendió de su afición gracias a contemporáneos suyos como Gertrude Stein, y sus hermanos Leo y Michael, quienes coleccionaban obras de los artistas más radicales del momento. Sobre este punto, la curadora de la exhibición, Anne Baldassari, cuenta en un artículo de la revista del Financial Times, que “Leo Stein generaba polémicas con los trabajos de los impresionistas y los modernistas. Él insistía en que las obras, más que bienes que se compraban o se vendían, tenían un valor artístico y sentimental. Shchukin les dio la misma magnitud y consideró que eran muy importantes para la sociedad y debían estar al alcance de todos. Su casa se convirtió en un museo”.No era extraño que una persona pudiente de la época invirtiera su dinero en coleccionar obras de arte. Sin embargo, como lo menciona un artículo publicado por The New York Times, en 1983, “la aristocracia de la época desdeñaba a personajes como Schukin y catalogaban su gusto por el arte modernista francés como una prueba de mal gusto”. Por eso es curioso que un miembro de la clase comerciante, conservadora y de provincia se convirtiera en el mecenas de pintores tan excéntricos y rechazados para la época como Henry Matisse, a quien conoció en 1907, durante el Salón de Otoño, una exposición de arte que aún se realiza.El empresario y el artista entablarían una larga amistad. Después, a través de Matisse, Shchukin conoció el estudio de Pablo Picasso: y en su primer encuentro el ruso le compró dos pinturas. Woman with a Fan, una de ellas. En una entrevista para la plataforma informativa Russia Beyond The Headlines, la directora del museo Pushkin de Moscú, Marina Loshak, asegura que Shchukin era un hombre sumamente talentoso con un excelente gusto, que nunca renunció a las propuestas novedosas sin importar que le costaba aceptar las expresiones modernistas. “¿Quién más en ese momento podía permitirse el cubismo de Picasso? Nadie. Y pasaba lo mismo –asegura Loshak– con una de las obras más famosas de Matisse, ‘La danza’. Sabemos que este coleccionista vivía en constantes críticas, primero se rehusaba a los nuevos trabajos y después le escribía al artista pidiéndole perdón por demostrar debilidad”.Ella cuenta, además, una anécdota sobre cómo el primer lienzo que Shchukin le compró a Picasso no fue colgado con el resto de su colección en los cuartos, sino en el corredor de su casa. Él caminaba cerca al cuadro, tratando de acostumbrarse, y describía que siempre lo miraba primero de reojo, y luego lo estudiaba, después sentía su influencia, su vitalidad y se daba cuenta de lo imposible que era vivir sin la obra. Según investigaciones posteriores, como el libro All the Empty Palaces: The Merchant Patrons of Modern Art in Pre-Revolutionary Russia, de Beverly Whitney Kean, Sergei Shchukin siempre tuvo la fuerte convicción de que la colección que había atesorado de manera privada debía estar abierta para la sociedad moscovita. Así, en 1909, decidió abrir el palacio de Trubetskoy, su casa, para que estudiantes y artistas jóvenes de escasos recursos pudieran apreciar las obras que había reunido.En los cinco años siguientes concentró su atención en otros artistas como André Derain. Para el verano de 1914 tenía la colección más grande de Picasso en el mundo: 51 pinturas que fueron colgadas en un espacio de su palacio conocido como el cuarto Picasso. La vida de Shchukin se vio interrumpida por la revolución bolchevique, en octubre de 1917, y un año después salió de Rusia en busca de un refugio. Sin embargo, su amplia colección de arte –que para ese momento estaba valorada en 30 millones de rublos– se quedó en Moscú donde fue nacionalizada por mandato de Lenin. El palacio de Trubetskoy se transformó en el Museo Estatal del Nuevo Arte Occidental y así permaneció hasta 1948 cuando el régimen soviético, en cabeza de Stalin, decretó su clausura por considerarlo un espacio con carácter burgués. Y se decidió que sus obras fueran distribuidas, al azar, entre el museo Pushkin y el Hermitage en San Petersburgo. Sergei Shchukin murió el 10 de enero de 1936, en París. Hasta sus últimas horas siempre estuvo dispuesto a pagar cualquier precio por una pintura que, como él solía decir, “inspirara un fuerte sentimiento en el alma”.