Por Gonzalo Alberto Pérez Rojas, Presidente Grupo SURA Con la propagación del covid-19 y las diversas medidas de gobiernos, autoridades sanitarias, empresas y familias para contenerlo, vivimos tiempos de cambio en paradigmas, hábitos y formas de relacionarnos y de entender el mundo. Monitorear, evaluar, replantear, esperar, posponer… se han vuelto verbos comunes por estos días. La pandemia global nos ha recordado la relevancia de actuar y decidir con la conciencia de vivir en un entorno interdependiente y determinado por la volatilidad y la incertidumbre permanentes –sin remedio o con él–, que nos traen dificultades y desafíos, pero también aprendizajes y nuevas maneras de pensar y obrar. Por eso, un primer aprendizaje derivado de este momento se define por lo que podríamos llamar “el arte de anticiparse”.

Hoy nos planteamos preguntas que, por obvias, no son menos profundas: ¿cómo estamos afrontando este problema común como sociedad? ¿Cuál es el desafío individual y colectivo que se desprende de esta situación, cuya dimensión es nueva para todos? ¿Podríamos habernos preparado? Las respuestas no las hallaremos hurgando en metáforas y simbolismos literarios, muy de moda por estos días, por lo escrito a mitad del siglo pasado por Camus en La Peste, o por Gabo en su cuento Un día después del sábado. Muy positivo que se relean, pero, al final del día, escuché en una canción de salsa: “somos la suma de todo lo que nos ha pasado”. Por eso, considero que la respuesta parte de reconocernos y hacernos cargo como colectivo. No es suficiente establecer la responsabilidad de cada uno de nosotros, seamos ciudadanos, empresa, entidad, autoridad, gobierno. Hay que trascender y, en una situación extraordinaria, comprendernos y aceptar que solo desde la corresponsabilidad podemos enfrentar problemas que, así como las soluciones, no están aislados. La manera de contener o superar esta pandemia, no solo pasa por lo que hagan o dejen de hacer el Gobierno, los entes territoriales, las empresas o cada persona desde el aislamiento preventivo. Pasa por comprender que todos los colombianos somos Estado, por reconocernos como parte de la solución. Esto implica habilitar espacios de interlocución de amplia representación, con sentido incluyente, desde la diversidad, pero reconociendo objetivos comunes, que superan los particulares. Una primera vacuna frente a esta realidad es que debemos desarrollar la capacidad de escucharnos más, para concertar, para emprender acciones articuladas, para coordinarnos y construir lo que en el mundo empresarial y la gestión de riesgos llamamos “plan de continuidad”. Es el resultado de una observación estructurada del entorno que nos permite advertir señales, para identificar y correlacionar riesgos, y así anticiparnos en diseñar soluciones y respuestas efectivas para garantizar la sostenibilidad de todos, no solo de unos u otros sectores. En esta línea de pensamiento, resulta necesario avanzar con mayor velocidad en un diálogo productivo, convocado y concertado desde el mismo presidente de la República. Esto se convierte, además, en un llamado a fortalecer nuestra institucionalidad en tiempos en que se pone a prueba nuestra capacidad resiliencia. Si leemos bien el momento, esta posibilidad y la hoja de ruta que derive, permitirá concitar voluntades, priorizar necesidades, definir focos de gestión, reconocer fortalezas y, con criterios claros y comunes, asignar de forma óptima los recursos, siempre escasos ante emergencias como la actual. Un ejemplo claro de esta urgencia lo evidenciamos en Estados Unidos que, a pesar de ser potencia económica, ha demostrado su poca preparación para enfrentar oportunamente este escenario improbable hasta hace poco. Creo que por la vía de la anticipación concertada y de la gestión de las tendencias que determinan riesgos futuros, podemos mitigar impactos e, incluso, identificar oportunidades. Esto cobra más relevancia cuando la historia nos ha demostrado que la población más vulnerable suele ser, desafortunadamente, la que más ve afectada sus condiciones de vida. Aquí vale la pena anotar que hacer el máximo esfuerzo por conservar el empleo de los colombianos es uno de los más importantes aportes posibles de la empresa privada, para que los ciudadanos puedan gestionar con autonomía esta coyuntura.

No hay que esperar a superar la pandemia para aprender de ella. Hacerlo desde ya nos permitirá identificar y anticiparnos a efectos colaterales y sucedáneos de acciones que, sin una adecuada evaluación de riesgos, pueden conllevar un cúmulo de problemas que resultará aún más complejo resolver después. Medidas como exenciones puntuales o sectoriales, si bien se entienden en la excepcionalidad, pueden ser remedio de corto plazo, pero más adelante una larga enfermedad. En ese contexto emergen oportunidades de fortalecer herramientas de gestión como el Sisben, para que nos aseguremos de que los recursos lleguen con total transparencia y trazabilidad a quienes realmente más los necesitan. Otra posibilidad es afianzar el Sistema de Subsidio Familiar, con su capacidad de asistir a sectores sociales de alta sensibilidad a situaciones como la actual, mediante acciones conjuntas de las cajas de compensación en plena coordinación con el Gobierno y el sector privado. Para que el aprendizaje no sea después del examen –ya estamos en él–, debemos preservar y fortalecer la credibilidad en nuestras instituciones. Una vez más, construir confianza es determinante para enfrentar conjuntamente desafíos comunes en un escenario democrático: es en las situaciones de crisis cuando debemos respaldar a las instituciones para que avancemos, insisto, juntos. Por eso, más allá de señalar responsables, hagámonos cargo.