Soy una convencida de que los resultados en el trabajo son tu mejor carta de presentación. Se supone que en un sistema perfecto todos deberían darse cuenta de tu labor y no habría ninguna necesidad extra de hacer más ruido para que sea evidente lo bueno que haces.
El problema es que no siempre funciona así. Mejor dicho, los sistemas humanos, las organizaciones formadas por seres ‘imperfectos’, tienen fallos, así que les tengo una noticia a todos los que no se saben vender, estén atentos o seguros de que alguien que sí sabe cacarear sus huevos les quitará la luz central.
En mis procesos de coaching y en algunos talleres que he hecho de liderazgo, encuentro que muchas personas suelen decir que hacen su trabajo y que debería ser suficiente para que las noten, pero que muchas veces no ocurre. Lo más simpático es que se sienten culpables de querer mostrarse, les parece mal querer que los vean, como si no lo merecieran.
La experiencia me ha mostrado que muchas veces sí es necesario resaltar lo que se hace. No se trata de sobrevender las cosas, sino más bien de hacer algo de justicia en los procesos.
Conozco una amiga que tiene un cargo de vicepresidenta en una farmacéutica. Ella es muy buena, pero no le gusta hablar mucho de lo que hace. Hasta ahora había sido su propia decisión, pero se dio cuenta de que lo que no hacía, es decir amplificar su trabajo, estaba afectando a su equipo.
Todos se alinearon en pasar con un perfil más bajo de manera implícita, así que no hacían mucho ruido ante la junta directiva. Se daba por descontado que el trabajo estaba bien hecho y que este era el deber ser. El equipo no solía vender mucho sus logros. En algunas reuniones de junta, mi amiga, líder del equipo, notó que se les exigía más a ellos que a otros grupos de sus colegas.
El tema a simple vista era bastante injusto. Ellos trabajaban bastante, lo hacían de manera responsable, el compromiso era increíble y sus resultados muy buenos. Pero para la junta siempre hacia falta algo más.
Mi amiga reflexionó y se dio cuenta de que su equipo salía desmotivado de esas presentaciones. Aunque trataba de dar ánimo a su gente, las presentaciones en junta muchas veces terminaban siendo un desastre de motivación. Ellos se esforzaban por hacer las cosas muy bien y llegaban con toda la fuerza, pero al final el mensaje nunca era completo. Como si el balón siempre pegara en el palo.
La líder de la historia de hoy decidió cambiar su estrategia. Empezó una campaña de endomarketing, es decir, hacer una buena comunicación de sus logros, contarle a más gente cada cosa buena que pasaba, involucrar a algunos colegas en sus historias de reconocimiento para amplificar más la voz de su equipo.
El cambio fue sustancial y su equipo empezó a tener una visibilidad diferente frente a los directivos. Esto le permitió no solo visibilizar el trabajo, sino a cada uno de los miembros del grupo, que hacían un gran esfuerzo por lograr sus resultados.
Así las cosas, esta historia (versión bastante resumida) tiene un mensaje claro. El endomarketing, esa amplificación interna de las voces del equipo que deben sonar más alto, ese cacareo de los huevos, debe ser parte de la narrativa de un equipo.
Puede ser que no te guste el tema y que pienses que tarde o temprano la vida se encargará de hacer justicia. Y puede ser así, pero también es cierto que si no decido, la vida decide por mí y que no tengo que dejar al destino variables que puedo controlar.
Si no te gusta el endomarketing, no lo hagas por ti, hazlo por el equipo. Al final el brillo de tu gente siempre se reflejará también en ti. A cacarear los huevos para que te vean más, visibilices a tu equipo y de alguna manera seas parte de las decisiones del destino para tu gente.