En estas fechas, en que las autoridades proclaman a todos los vientos que van a llevar a cabo una reforma agraria a las buenas o a las malas, puede ser oportuno señalar algo que este columnista ha destacado en múltiples ocasiones y en diversos medios: la tierra no se come, ni las vacas dan leche. La tierra si no se labra, abona y riega, no produce comida. Sin vías, acceso al crédito, tecnología, maquinaria, semillas, abonos ni fertilizantes, no puede haber producción agrícola. La tierra, durante el ciclo del cultivo, hay que asegurarse que tenga la suficiente agua para su desarrollo; y en el caso de tener exceso de agua, que exista la infraestructura para poder evacuar los excesos de agua. Las vacas tampoco dan leche: a las 4 de la mañana hay que caminar por el potrero o corral lleno de boñiga, atar la cola y las patas de la vaca, sentarse en el banquito, colocar el balde y saber ordeñarla, o no se tiene leche. Es esencial entender que la vaca da leche en la medida que tenga la alimentación adecuada: con poca o deficiente alimentación, es casi una certeza que por más veces que se ordeñe la vaca, será muy poca la leche que produzca.

El entregarle a un campesino tierra o vacas, sin entregarle los medios para explotarlos, incluyendo el capital de trabajo para poder explotar la tierra y el ganado, es una farsa y una burla contra aquellos que no están en posición de reír. Los burócratas, agrónomos y ganaderos de escritorio, poco entienden que no es el número de hectáreas o de vacas las que importen, sino las características del fundo y tipo de ganado el que importa. Para un campesino, el poder explotar la cuarta parte de una hectárea (2.500 metros cuadrados) en arándanos, puede ser mucho más rentable que el que le entreguen 100 hectáreas para desarrollar una ganadería de carne. Igualmente, un campesino ordeñando cinco excelentes vacas puede llegar a tener un ingreso sustancialmente mayor que a que le entreguen 100 reses de inferior calidad para su engorde.

Además, hay que tener en cuenta que haciendo caso omiso de la realidad, los burócratas no son conscientes que el campesinado colombiano envejece a pasos agigantados. Como señalábamos en un artículo reciente, “Según el Dane, los campesinos tienen una edad entre 41 y 64 años, y hay departamentos en los que la edad promedio supera los 57. Dentro de pocos lustros, en Colombia no habrá quién siembre comida u ordeñe una vaca…en el campo difícilmente habita el 15 % de la población, cifra que incluye los comerciantes rurales… ¿Quién va a trabajar la tierra, si no hay mano de obra? Tres millones de hectáreas en zonas fértiles, para producir alimentos, implican darles por lo menos 15 hectáreas a los campesinos; serían 200.000 familias campesinas. Para trabajar eficazmente su parcela productiva, en la mejor tierra, hoy ganadera, se necesitarán mínimo 4 personas para trabajar con ellos; son 1.000.000 de trabajadores del campo nuevos, ¿dónde están?”.

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Apostilla: La agricultura moderna, para mantener los costos a raya y cumplir con las obligaciones ambientales e hídricas, cada vez va a requerir más tecnología y menos manos de obra. Pretender que el campo va a ser un gran generador de empleo, es un error.